De la legión de noticias que me asaltan a diario me llama la atención una por su rancia novedad: un alcalde balear identificado con la corriente soberanista catalana y, por extensión, con el independentismo, que cree que la anexión de las islas al universo paralelo catalán es necesaria y sólo cuestión de tiempo.

¿Me sorprende?, desde luego que no.

CAMINO DE SANTIAGO

Apasionado diletante como soy del marketing político y empleadas como llevo ya muchas horas en su estudio, la maniobra de este muchacho no se aleja en absoluto de las hojas de ruta que, en cuestiones de propaganda, dictan los que de esto entienden (o creen entender) en la mal llamada nueva política.

La aseveración del alcalde carece de contenido político racional y de calado intelectual, no nos engañemos, pero eso es lo de menos.

Este mozo, guineano para más señas, sabe y entiende de historia española y catalana lo justo que ha aprendido en asambleas y telediarios, o sea, lo que le han querido contar y él ha tenido a bien creerse, pero eso no importa. Lo realmente importante es la estrategia del globo y el bombo.

Una estrategia integral aplicable con suma facilidad a cada caso y a cada lugar que se resume en ir soltando disparates como quien siembra, lanzando al aire, tonterías como si de semillas se tratara, a sabiendas que algunas se perderán, pero otras acabarán germinando.

Pero lo importante es ir proponiendo, cada día, cada minuto, un rosario de sandeces, que, a modo de bombo, hagan el mayor ruido posible mientras se elevan junto al resto de globos sonda locales.

Vistoso y poco más.

Así van sondeando al personal, generando astracanadas para luego pergeñar una estrategia alrededor de las que vayan cuajando, dándoles la apariencia de sesudas iniciativas que no son más que ocurrencias de asamblea oportunamente regadas por botellines —de quinto— de la bebida del pueblo.

Cerveza.

Todo, como digo, forma parte de esa estrategia global de una política que nos intentan vender como nueva pero que, a estas alturas, lift the veil como diría un anglosajón, todos sabemos que no es más que un lavado –somero– de cara, de otra, vieja, rancia, fracasada.

La cosa consiste en la búsqueda incansable de un problema y su rápida solución. A la pobreza, más gasto público; a las hipotecas, impagos; a los desahucios, prohibiciones, al desempleo, más funcionarios; a la escasez económica, más dinero en circulación. Así todo, muy social, muy fácil, muy chapucero.

Porque no hay base intelectual más allá del grito, el berrido y la consigna, tampoco base política innovadora, todo son anhelos seculares puestos en práctica una y otra vez, fracasando siempre y siempre dejando un reguero de confrontación, hambre y muerte tras añejas banderas de rosa, hoz y martillo. Disfrazadas bajo otros colores, otras tipografías, otros logos, pero siempre las mismas ideas, los mismos disparates lanzados desde una pretendida superioridad, moral y general, que ni es tal ni resiste el menor de los análisis.

Y como no hay base, las contradicciones entre sus propuestas y sus reacciones no tardan en surgir, más gasto público, sí, pero sin pagar más impuestos; impago hipotecario, sí, pero sin que el chorreo de hipotecas disminuya, si puede ser, al contrario.

¿Qué falta trabajo?, pues a fabricar más funcionarios; cómo se les pague ya es harina de otro costal, y —repetimos—sin subir los impuestos, ¿eh?, que os estamos vigilando…

Y como el vil metal tiene la mala costumbre de escasear, pues se fabrica más y punto. Política monetaria lo llaman y el no haberse puesto en circulación hace tiempo sólo se explica por la caterva de políticos inútiles que nos gobiernan.

¿Qué de esa práctica de regar —a manta— con dinero se genera una inflación desmesurada?, pues se le echa la culpa otra vez a la caterva de políticos inútiles que nos gobiernan y punto.

Simple, ¿no?

Simplismo en estado puro, que es como mejor lo entiende la gente esa gente que nos vota, nos apoya y nos rodea, que nos mima y nos jalea, siempre y cuando les demos —que les damos—soluciones fáciles a problemas difíciles, simplismo activo, cuando proponemos, más simple aun cuando negamos.

¿Qué Venezuela es un país rico empobrecido porque se ha prestado como laboratorio para nuestros disparates políticos y económicos, convirtiendo la abundancia en escasez, inflación, impagos y fractura social?

Coño, pues se niega y punto.

Al fin y al cabo, gobernar así es fácil; f-á-c-i-l.

¿O no?

 

 

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