Hace unos meses, en una tertulia radiofónica en una emisora de Huesca, un tertuliano se lamentaba de que no hubiera un banco público y añadió que “Yo no tengo derecho a tener mi dinero en un banco público…”

En un principio pensé que las cajas de ahorros habían sido manejadas por políticos, tenían el cariz de públicas y el roto que hicieron a nuestra economía fue considerable, pero no suficiente para que  aún queden nostálgicos de aquel dislate. Quizás porque el rescate a las cajas lo llamaron “rescate a la banca”, pese a que ningún banco privado fue rescatado.

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Al oírle me pregunté si ese derecho existe, y en tal caso: ¿tengo derecho a cortarme el pelo en una peluquería pública? ¿Tengo derecho a comprarme el coche en un concesionario público? Con mayor razón, por afectar a nuestra salud: ¿tengo derecho a comprar mis medicinas en una farmacia pública?

Creo que estamos confundiendo nuestras apetencias y caprichos con el Derecho. El nacimiento de éste en la Roma antigua fue para solucionar los problemas y ahora parece que se usa para crear un caos normativo que todo lo dificulta. El primer problema que se quiso solucionar (según estudié en Derecho Romano con el extraordinario profesor Arcas) fue el de la bellota caída en un fundo vecino del de la carrasca: Actio glande legenda, le llamaron, osea acción de la bellota caída. Y como no había jueces, ni abogados, dejaron que gente sensata y sabia (Ulpiano, Papiniano, Gayo…) emitieran su opinión, que eran respetadísimas y se cumplían. Pero con el transcurso de los siglos, con el progreso de la ciencia, parece que anhelamos nuevos derechos que corran parejos con el desarrollo tecnológico y desprovistos de toda moral, como ocurre con la ciencia.

En una reciente entrevista televisada a Arnaldo Otegui, ex dirigente de ETA, pidió disculpas “si hemos generado más dolor a las víctimas del necesario o del que teníamos derecho a hacer”. Para Otegui existe un derecho, aunque limitado, a ocasionar dolor y se disculpa cuando ese derecho se extralimita; por ello no pide perdón sino disculpas…  “Señora perdone que no me levante”, reza la lápida de Groucho Marx, más educado que Otegui.

El Derecho, que nació con la bellota caída, para algunos alcanza  al enemigo caído, incluso al enemigo caído-muerto…

En unas declaraciones publicadas por El Mundo el pasado junio Joaquín Torra, presidente de la Generalidad, ponía su broche intelectual a esta disertación sobre los nuevos derechos y sus perfiles: “Al conflicto siempre se llega como consecuencia de poner límites”. Aunque meses antes, en septiembre de 2018, puso otro huevo en la moderna Filosofía del Derecho: “Mi único límite es el parlamento de Cataluña…” . En todo este vaivén de ocurrencias se aprecia una confusión mental y un caos moral de personas caprichosas, soberbias y muy ignorantes.

Todo golpe militar se relaciona con la desaparición del Derecho y la irrupción del capricho arbitrario. (Aunque ha habido casos contrarios como el que hubo en Honduras hace unos años, y alguno más). Pero nunca sospeché que políticos elegidos en una democracia para gobernarnos con sujeción a las normas que nos damos, tuvieran ese mismo rechazo  a la Ley, y piensen que el Derecho equivale a sus caprichos personales: nuevos dictadores.

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