RENOVE MARIÑO

En el artículo anterior, ‘El porqué del cambio climático‘, se mencionaban las causas naturales en el cambio climático. En general, desde tiempos inmemoriales, antes de que existiesen las Agencias de Meteorología, mucha gente, sobre todo los agricultores, tenían un particular sexto sentido para interpretar los cambios que se producían en lo que ellos podían percibir: cambios de temperatura, de humedad, de la fuerza y dirección del viento, etc. Los refranes que hacen referencia al clima y lo predicen son bien conocidos.

Que había causas naturales era algo evidente. Los rayos en las tormentas no los enviaba Júpiter. Y nadie se planteaba provocar o evitar un determinado fenómeno climatológico. Lo cual era perfectamente compatible con que no se pudiese llegar a una explicación científica inasequible. Paradójicamente, la introducción en el léxico ordinario de términos especializados: véase ciclogénesis explosiva, ha introducido un algo sobrehumano únicamente comprensible por algunos iniciados.

Vamos pues a enumerar algunas de esas causas naturales que nuestros antepasados no podían conocer, aunque experimentasen sus efectos.

En primer lugar hay influencias comprobadas que proceden del exterior de la Tierra. La principal es la referente a las variaciones solares.

Se sabe -desde el S. XIX- que el Sol presenta ciclos de actividad de once años reflejados en su superficie por el número de manchas. Desde 1978 se tienen observaciones directas de esta actividad solar[1]. Con respecto al calentamiento global del último siglo, hay estudios estadísticos que encuentran influencia solar en la primera mitad del siglo XX, pero no en la segunda, lo cual es coherente con la constancia de la radiación solar después de 1980 [2].

Science and more. Signos del lugar del impacto en Chicxulub

Conviene, no obstante, puntualizar sobre mencionada constancia de la radiación solar. Se sabe que esta abarca todo el rango del espectro, aunque el 50% de la energía se emite en el visible e infrarrojo. La parte alta de la atmósfera terrestre recibe una radiación de 1.361 watios/m² que, apenas varía a corto plazo. Por eso se conoce históricamente como constante solar. Considerado constante ese aporte de energía, no se piensa que sea una contribución importante para la variabilidad climática a corto plazo, en comparación con otros factores como la influencia de los gases de efecto invernadero. En la práctica ninguno podríamos decir en que fase de actividad de solar nos encontramos.

En segundo lugar, otro hecho natural que también se tiene en cuenta y que nos pasa inadvertido, es la variación de la órbita terrestre. Ésta oscila periódicamente y en consecuencia la cantidad media de radiación solar que recibe cada hemisferio fluctúa a lo largo del tiempo. Estas variaciones provocan a modo de veranos e inviernos de largo período. Son los llamados períodos glaciares e interglaciares.

Esto interesa mucho a los científicos pero carece de relevancia para el común de los mortales. La variación de los parámetros orbitales indica que el final del interglaciar actual sucedería dentro de los próximos 10.000 años pero con el aumento de emisiones industriales, la terminación del interglaciar no se producirá muy probablemente al menos dentro de los próximos 50.000 años. Son medidas de tiempo que se escapan a nuestros esquemas vitales.

En tercer lugar, entre estas causas externas, se encontrarían hechos que suceden rara vez. Son acontecimientos de tipo catastrófico que cambian la faz de la Tierra, como podrían ser los impactos de meteoritos de gran tamaño[3]. El último de tales acontecimientos globalmente catastrófico, estudiado entre 1980 y 1995 y bien documentado, es el suceso de Chicxulub (en Yucatán, México) que se produjo hace 66 millones de años y provocó una extinción masiva que acabó con muchas especies [4]. Fue el impacto de un bólido de unos 80 km de diámetro que dejó, en buena parte bajo el mar, un crater que tiene 150 km de diámetro y unos 20 km de profundidad. Queda visible un sumidero con forma de anillo, que coincidiría con el lugar del impacto. Un acontecimiento de esta clase realmente supondría un cataclismo planetario. Se contempla esta hipótesis, aunque no es lugar para extendernos considerando qué medios se podrían poner para evitar tal apocalipsis.

 

[1] Kopp, Greg (2014). «An assessment of the solar irradiance record for climate studies» (https://www.sw

sc-journal.org/articles/swsc/abs/2014/01/swsc130036/swsc130036.html). Journal of Space Weather and Space Climate

[2] Gray, L. J.; Beer, J.; Geller, M.; Haigh, J. D.;Lockwood, M.; Matthes, K.; Cubasch, U.; Fleitmann,D. et al. (30 de octubre de 2010). «SOLAR INFLUENCES ON CLIMATE» (http://dx.doi.org/10.1029/2009rg000282).

[3] Cfr. Impactos sobre la tierra. Pablo de Vicente Abad. Anuario Astronómico del Observatorio de Madrid. 2013.

[4] 77. Smit, Jan; Mundil, Roland; Morgan, Leah E.; Mitchell, William S.; Mark, Darren F.; Kuiper, Klaudia F.;Hilgen, Frederik J.; Deino, Alan L. et al. (8 de febrerode 2013). «Time Scales of Critical Events Around theCretaceous-Paleogene Boundary» (http://science.sciencemag.org/content/339/6120/684).

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