Ya se ha acabado el año de senderismo infantil. Lo hemos terminado de la mejor manera, como si fuera un banquete navideño: -grupo multitudinario, -el mejor escenario como mesa y mantel y las burbujas de aventura para brindar tras un buen año montañero.

Con puntualidad y bajo la niebla salíamos de Barbastro por carretera. Todos ansiábamos superar las brumas y por fin, antes de llegar a Colungo comenzábamos a ver brillar un sol intenso. Era el ingrediente necesario para caldear los espíritus que iban a explotar nada más entrar en el bosquecillo por el sendero de campo Royo.

Un olor intenso a humedades y setas hacía presagiar entre los huecos de los pinos unas grietas muy hondas y rocosas del río Vero y el Fornocal allá en el horizonte más cercano.

Como si fuera una etapa del Tour, el camino devenía en infinitos dientes de sierra que se iban poco a poco asomando a precipicios y gorgas donde el calor tibio del sol conjugaba vistoso con el azul del cielo. De reojo vigilábamos el mar amenazante de nieblas sobre el que nos aupábamos sobre el reino del Fornocal y su castillo de la Cunarda.

No se sabía qué hacíamos, si bajar o subir y casi sin darnos cuenta, en un recodo, apareció el majestuoso Portal. Sería un escenario faraónico cualquier año donde poner un Belén. Y los pastores sin duda serían los abundantes buitres que se desperezaban en el dormidero de un espolón calcáreo.

Pronto explotaron las puntillas y burbujas de adrenalina mientras trepábamos por las pendientes rocosas bajo la estructura. Es un monumental arco de roca que se erige cual puente celestial dando protección al variopinto grupito de montañeros. En esta despedida del año, la fiesta no ha tenido una edad definida. Lo principal, había muchos niños, los verdaderos protagonistas, pero tutelados por gentes de todas las edades que disfrutábamos al saber que estos cachorros van aprendiendo a husmear las mejores veredas de montaña que existen tan sólo a media hora de su casa en coche.

Estos increíbles paraísos están tan cerca de casa que, sorprendidos, las chavalas y chavales sabrán siempre apreciar los matices genuinos del Somontano más salvaje.

Mientras comíamos algo no pararon de salir prismáticos de las mochilas. Allá enfrente tres nidos, arriba un buitre descarado tomaba el sol sin inmutarse…

En fin, ha sido una mañana inolvidable para soñar y llenar de buenos recuerdos la memoria.

Ojalá nunca se acaben las ganas de salir a explorar estos rincones únicos de la sierra de Guara. ¡Será que aún estamos vivos y queriendo vivir juntos las mejores experiencias…!

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