Cuando hice la “mili”,  en Madrid, era muy complicado llegar a casa los fines de semana en que tenía permiso; los soldados del Noreste de España debíamos ir a la glorieta de Embajadores, y allí tomar uno de los muchos autobuses  que salían para Barcelona: algunos paraban en Zaragoza, a donde llegábamos pasadas las nueve de la noche.

Uno de los chóferes era un temerario, con el pelo ligeramente largo; con él llegábamos bastante antes  pero a costa de pasar temor en muchas curvas…  (En la radio del autobús gustaba de oír a un periodista argentino  creador de  un estilo gritón y vocinglero que aún perdura; ¡¡¡Gooooooolll! ¡¡Gologologolgol!)

Llegados a Zaragoza la odisea era alcanzar cada uno su pueblo. A veces en la estación del Portillo veías a algún conocido, como me ocurrió  con Santiago Marraco, con quien llegué a Huesca. Pero las más de las veces tocaba hacer autoestop, cerca del puente de Santiago,  vestido de soldado y con el petate de la ropa al hombro.

Una noche cerrada y oscura de invierno me vi haciendo autoestop frente a la gasolinera Niágara, de Huesca. Serían las once de la noche, hacía mucho frío,  y caía agua nieve… Apenas pasaba nadie y la gasolinera no funcionaba. En la carretera no había  iluminación y  los faros de los pocos  coches que pasaban  apenas  alumbraban lo suficiente  la figura oscura y siniestra de un soldado cubierto por su  “tres cuartos”. Me preocupé: a esas horas…, nevando…  Desde las cuatro de la tarde andaba surcando asfaltos y a cincuenta kilómetros de mi casa parecía todo perdido. La ventisca  no cesaba de herirme la cara…

Un coche que iba despacio pasó frente a mí, y me vio, y paró:

─ ¿A dónde vas?

─A Barbastro.

─¡Monta!

¡Por fin! , pensé. Y al mirar al conductor lo reconocí: era José María Garanto, en su Seat- 127. Hablamos animadamente durante todo el viaje y creo que nunca habíamos hablado antes , aunque nos conocíamos de vista.

Llegué a mi casa sobre las 12 de la noche y desperté a mi madre que me preparó una tortilla francesa para cenar. El frío que había pasado en Huesca todavía  me duraba y sólo tenía ganas de descansar en la cama.  Me quedaba  un último obstáculo para alcanzar mi objetivo: en mi casa no había calefacción y mi habitación estaba helada; para desnudarme y ponerme el pijama rápidamente había desarrollado una método que consistía  en hacer varias cosas a la vez; mientras me desabrochaba los botones de la camisa los pies no estaban quietos y hacían algo que no recuerdo (¿bajar el calcetín contrario? ¿pisar una punta del pantalón para tirar, a la contra, con el otro pie?) El caso es que en menos tiempo del que me cuesta contarlo estaba con el pijama puesto;  me lo tomaba como esos atetas que se pirran por bajar su propia marca…; solo me faltaba entrar aprisa en mi cama plegable, con colchón de lana, y rebozada de  varias capas de lana zamorana.

Aquella noche al entrar en la cama tuve una gratísima sorpresa, inolvidable, placentera…: mi madre me había metido una bolsa de agua caliente, milagrosa, que abracé… Entonces pensé que si algún detalle puede reflejar  el amor de una madre era ese calor que auxiliaba a un cuerpo tan helado. Y me acordé, también ,de José María Garanto que lo había hecho posible.

Muchas veces me lo preguntaba: “¿Te acuerdas aquella noche en Huesca nevando y  haciendo autoestop?”

Me acuerdo y espero no olvidarlo nunca.

DPH BECAS ARTÍSTICAS

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