Abrimos este libro recién reeditado por Vitruvio, con el que Carmen Albert obtuvo en 1988 el premio de poesía Carmen Conde, y la Cenicienta, Jack el de las habichuelas, la sirenita, el flautista de Hamelín, Blancanieves o el príncipe azul  “se salen de los cuentos, con las manos tendiéndose a nosotros”, unas manos y dedos a través de los que tales personajes, mudos, con el empuje anafórico del ritmo de los versos, nos hablan desde el interior de unos poemas merced a los cuales tenemos la impresión de estar siendo interpelados por las ilustraciones de cuentos que nos tienden sus manos, por siempre detenidas en una muda súplica. La infancia es el tema al que Carmen Albert dedica las páginas de este libro. 

Pocas cosas inspiran tanta curiosidad y ternura como ver retratados de niños en las fotografías antiguas a aquellos a los que conocimos ya siendo mayores. Un chavalín tan rapado que se diría que las orejas se le quisieran escapar del cráneo, otro de sonrisa traviesa en pantalones cortos, un niño rubio en chándal, de aspecto extranjero, al que se le adivinan unas pestañas casi blancas, la niña sempiterna de las trenzas y el babi… Nunca he visto una foto de Carmen Albert cuando era niña, pero no me hace falta. Sé que tendría en esa foto la misma cara infantil de ojos soñadores que aún tiene,  y que llevaría el pelo recogido en una gruesa trenza morena, cuya negrura escaparía de las ataduras del cabello para teñir de sombras la imagen completa en blanco y negro:

 HAY UNA NIÑA OSCURA
en alguno de esos pasillos
[…] hay una trenza inmensa
que tejes día a día con tus ojos
[…] hay una niña oscura en algún sitio,
tal vez debajo del mantel
o tal vez en el aire,
casi posada en tu mano (y tú ni te das cuenta).
La niña abraza una trenza infinita
por donde descuellan todos esos nombres
que no pudiste aprender en el colegio […]

“Hay una niña oscura en algún sitio”, reza el título del segundo bloque de poemas de “Os dije que existían”, en el que la infancia irremediablemente perdida se nos muestra como un territorio de núbiles vestales, “un templo triste de mil sacerdotisas asustadas”, pero también como un paraíso poblado por prodigiosos seres diminutos que seducen al vértigo en “circos inventados en el porche de casa alguna noche” que -nuestra autora lo sabe-  no volveremos nunca a poder recuperar en el recuerdo:“Nadie recuerda el nombre de su duende”, nos dice; y por eso “los dioses se burlan de los niños circenses”:

No me pidáis que vuelva
[…] a receder en tanta miopía
como ahora voy sorteando con cristales.
Con la ceguera atroz de la memoria
ya tengo suficiente […]

 

En eso consistía el “oficio de ser niño”: en jugar, inventar cuentos, defender el imperio de la risa entre almanaques y álbumes de juegos a golpes de canicas y guijarros:

[…] Hacíamos de la vida una escalera
y nos parábamos en todos los rellanos
para vernos crecer;
y, sintiéndonos dueños y seguros,
bajábamos de golpe unos peldaños
como robando tiempo a nuestro tiempo,
queriendo ser más niños cada día.
[…] Y subimos la vida tan despacio
como fuimos perdiendo en la memoria los días de la escuela,
aquel latrocinio de las tizas en horas de recreo
y nuestros calendarios
en manos de otros héroes pequeñitos
que hoy juegan a ser magos inmortales
de una infancia que crece
y nos olvida.”

 

A modo de epílogo, el poema “Os dije que existían” cierra este recorrido por fábulas y sueños enumerando a todos esos personajes de los cuentos que nos han hablado con sus manos tendidas desde los versos de Carmen Albert, y termina con la pesadumbre de tener que convocarnos a nuestra triste realidad de adultos:

[…]…y un destino inefable
que nos roba la fe
en algún momento de la infancia
para dejar de inventarnos duenderías
y ser por fin
ridículos mayores
que ya no creen en nada.

Los niños siempre saben por instinto de quién pueden fiarse y de quién no, es el adulto el que levanta muros o establece alianzas por motivos espurios, que nada tienen que ver con la amistad… El niño enjaulado en nuestro pecho, como diría García-Calvo, el niño que, como los personajes de las ilustraciones de los cuentos, nos tiende sus manos desde las fotografías, sabe muy bien con quién quiere juntarse para jugar. Ese niño no miente, y reconoce cuándo se siente a gusto de verdad y cuándo ha de fingir que le va todo bien para parecer un adulto feliz. El rubito que nos mira burlonamente o la niña tímida y delgadita de las trenzas negras están emboscados en estos poemas de Carmen Albert, de quien no tengo fotos cuando niña, pero de la que de seguro “os digo que existía” en alguna foto en blanco y negro; y desde allí, como los personajes de su libro, nos tiende unas manos que saben hablarnos de la infancia, de todas las infancias, que son también la nuestra, para así recordarnos que una vez existimos.

DPH BECAS ARTÍSTICAS

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