La locución “Ora et labora” que expresa la vida monástica se aplica en el convento de las Madres Capuchinas fundado a mediados del siglo XVII y el único que hay en la Diócesis. Ahora más que nunca porque las hermanas rezan a diario sus oraciones y dedican parte del tiempo a la confección de mascarillas para el Hospital de Barbastro según informó la madre Florence, abadesa de la comunidad desde octubre de 2018 aunque lleva en el convento desde el año 2006.

Florence  tiene 35 años está entre las tres jóvenes keniatas que completan la comunidad con tres “hermanas mayores”, Ester Goicoechandía que tiene cerca de 90 años, Josefina y Mercedes con más de 80 años llevan casi toda la vida en el convento. “Es la primera vez que hacemos mascarillas pero desde el Hospital nos dieron instrucciones y hemos mirado mucho en Internet así que dedicamos parte de la jornada para esta tarea y en lo que pueden nos ayudan, las tres hermanas mayores, su presencia y los ánimos ya serían suficientes pero nos acompañan de forma constante” explicó la abadesa Florence.

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“Vamos poco a poco y además dedicamos tiempo a la oración, al trabajo en tareas del convento y elaboración de dulces para la venta. Así que tenemos claro el servicio propio de la vida contemplativa. En esta situación apurada por la crisis del coronavirus apoyamos en la medida de nuestras posibilidades, como todo el mundo y por supuesto, de forma altruista, es lo que podemos aportar desde el convento. Estamos muy  acostumbradas a no salir de casa salvo para compras o determinadas tareas y por tanto no nos cuesta sacrificio como a quienes les toca esta obligación”.

“Hace tres días nos llamaron del Hospital para encargarnos estas tareas y aceptamos enseguida solo que no llevamos, tal vez, la celeridad necesaria porque nunca habíamos hecho pero ya tenemos para entregar una pequeña partida” explicó la madre Florence, consciente de su “pequeña contribución a la causa social que completamos con nuestras oraciones y rezos porque la vida no ha cambiado en el convento. Ahora, las puertas están cerradas para seguir las normas pero aquí somos felices las seis”. 

En la historia del convento fundado a mediados de siglo XVII es la abadesa más joven elegida en el último capítulo y recuerda con afecto a la madre Isabel Abadía (fallecida) que tuvo esa responsabilidad durante 34 años, “de ella aprendí al reto principal de servir a Dios, a mis hermanas y a la Iglesia” y dice con sencillez claustral que “la confección de mascarillas también es servicio a Dios en estos momentos de necesidad social”.

Al mismo tiempo, recuerda que “el obispo Ángel reza mucho por aliviar esta situación y el consiliario José María Ferrer nos acompaña cada día, así que lo demás corre por nuestra cuenta”. De puertas adentro del viejo convento se trabaja con alegría, esperanza y confianza. Las seis religiosas respiran con optimismo.

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