RENOVE MARIÑO

Llamo a mi tío José María, para interesarme por él, y me hace algunas sensatas reflexiones sobre lo que nos está pasando. Él conoció la guerra y la postguerra que dejaron en su generación un grado de sensatez y austeridad que habíamos perdido: “Muchos se creían que con los adelantos teníamos resueltos los problemas, pero nos puede algo que no se ve…”, me dice.

Y hablamos de la gripe de 1918, mal llamada “española”, pese a surgir en Estados Unidos. En todo el mundo murieron más de cincuenta millones de personas. Él no la conoció pero recuerda lo que le contaron. En aquel entonces la sanidad estaba inerme para luchar contra aquellas pandemias de gripes, cóleras y pestes. En Costean, en un día, murieron 6 personas; otro día murió una hermana de mi abuela, y quedóse otra hermana velando el cadáver y fregando, esperando la llegada de la caja; cuando llegaron encontraron ambas hermanas muertas…   El pánico se adueñó de la gente y nadie se atrevía a recoger los cadáveres para meterlos en el ataúd. Mi abuelo Pedro, con veinte años, pensó que si la operación se hacía fumando un cigarro, y envolviendo la cara con el humo, “el mal” no entraría a los pulmones; también pensó que, si entraba, con un trago de coñac se desinfectaría… Y así, con un cigarro y una copa de coñac, Pedro se presentó en las casas del pueblo a recoger los cadáveres de sus vecinos, que morían en racimos.

Cuando en verano estoy en las piscinas del Ariño alguna vez levanto la mirada a unos 300 metros, donde hace siglo y medio estuvo el pueblo de San Quílez, que  la peste arruinó, quedando abandonado, “apestado”. Ahora apenas quedan restos del lugar. Hoy San Quílez es una partida rústica y creo que en alguna etiqueta de botella de vino he leído su mención como procedencia de las excelentes uvas.

El médico sueco Axel Munthe , en su biografía “Historia de san Michelle”, describe cómo fue el ataque de cólera que vivió, como médico, en Nápoles en 1910. El relato es espeluznante y las historias que describe son una mezcla de dramáticas y emocionantes…

De aquel  libro se vendieron muchos millones en todo el Mundo, es uno de los más vendidos de la Historia, y mi padre tenía un ejemplar que conservo (hoy en día, de segunda mano, se puede comprar por muy poco dinero)

Lo sitúo entre los diez libros más fascinantes que he leído, y su título se debe a la torre “San Michele” que Munthe construyó en la isla de Capri, en el Mediterráneo donde siempre quiso vivir. Hoy aquella torre es una residencia veraniega de universitarios suecos ( https://www.youtube.com/watch?v=ZE6nTNSpTzA)

Munthe era un acreditado médico de la alta sociedad parisina, y ganaba mucho dinero; apasionado del arte clásico compraba, o rescataba del fondo marino, obras griegas y romanas para decorar su torre. En París curaba gratis a los pobres emigrantes italianos, recluidos en sucios barrios de las afueras. Recuerdo cómo para curar la tosferina, que ahora se vacuna, ponía un hierro rusiente a través de la boca abierta del niño, para perforar la membrana que le ahogaba… (Cuando se lo comenté a José María Garanto, un lejano día de san Blas, me dijo que recordaba de niño que un vecino de su pueblo había muerto ahogado de tosferina)

Tras leer el libro de Axel Munthe comprendí que algunos pueblos tengan una calle dedicada a la memoria del doctor Fleming (como en Tamarite de Litera, sin ir muy lejos) y no comprendo que en el resto no haya: el escocés Fleming fue el descubridor de la penicilina que cada año salva la vida de muchos millones de personas. Entre otras de quien esto escribe y esto lee.

Son días para recordar al inglés Fleming, el francés Pasteur, al alemán Koch… y tanta buena gente a la que tanto debemos.

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