Coronavirus ¿La hora final?

Por José Luis Mozo

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En mi primera novela, “La Barca del Portugués”, presentaba una España del siglo XXI que se empezaba a transformar en musulmana. No tenía que ser, en principio, una historia de violencia, puesto que se trata de un imparable proceso demográfico  amparado por la legalidad en todos los países europeos y que a todos está afectando. Los entendidos en la materia tienen hasta las fechas calculadas para las diferentes naciones. Cierto que hay organizaciones terroristas islámicas que pretenden acelerar el proceso por procedimientos deleznables, crueles para sus víctimas y absolutamente inútiles para sus planes. Como dijo hace medio siglo el presidente Houari Bumédiène, su fuerza invasora no está en las armas “sino en el vientre de nuestras mujeres”.

Pero lo que no podían sospechar, ni musulmanes ni cristianos ni budistas ni judíos ni los mismísimos seguidores de Zaratustra… nadie, es que el armagedón iba a llegar de súbito y no lo traerían ni cetrinos árabes suicidas ni misiles rusos o americanos, sino que tendría un origen amarillo y un tratamiento blanco o multirracial, supuestamente mesiánico, para sacarnos del infierno.

Nevil Shute, en su novela catastrofista apocalíptica, describía el final de la humanidad por un holocausto atómico que suprime la posibilidad de vida para el hombre en nuestra atmósfera. En 1960, eso de meterse con todo lo que fuera atómico molaba ya cantidad. La última tierra habitable, que no tardará en dejar de serlo, es Australia. Y el mejor lugar de supervivencia, el único submarino americano que aún puede navegar. Con él regresan a las costas occidentales de EEUU, buscando un resto de vida, pero los gobiernos, siempre preocupados por el bienestar de sus pueblos, no han distribuido guantes ni mascarillas, sino monodosis de un veneno de efecto fulminante. Como suele suceder con los gobiernos, cuando se meten a solucionar problemas que no conocen, la distribución deja mucho que desear en cuanto a prontitud y eficacia, y en los centros de distribución se forman largas colas de ciudadanos que esperan su dosis como si fuera la extra de Navidad. No hay nada que hacer en una ciudad sin un solo habitante vivo, pero antes que puedan retirarse, uno de los tripulantes sí tiene algo que hacer. Escapa del barco, respirando el aire radiactivo que terminará matándolo, y se va a su casa por su caña de pescar, y con su caña a la playa.

Este personaje, que se ofrece a la muerte con tal de pasar sus últimos días viendo el cielo y la luz del sol, puede hoy ser paradigmático. ¿Cuánto resistiremos esta prisión involuntaria y, por supuesto, baratísima para las arcas públicas? ¿Aparecerá en la calle la primera caña de pescar? ¿Y cuántas la seguirían? 

Las estadísticas de contagio y mortandad nos empiezan a decir que ya estamos en el buen camino. Las de contagio, en realidad, nos dicen muy poco porque son forzosamente falsas. Hoy, muchos de los contagiados no pasan por centros médicos sino que confían su recuperación al encierro doméstico, con lo cual son imposibles de censar. Las de mortandad deben ser verdaderas, porque los muertos se cuentan triste y fácilmente. Aunque tengo oído que altas voces han ordenado que se distinga entre “con” y “por” coronavirus. Entre rumores falsos y verdades ocultadas, el ciudadano no tiene fácil conseguir información. Pero, al menos, la tan cacareada desaceleración de la epidemia tiene un soporte lógico: la amortización del efecto 8 de marzo. Así, puestos a dudar, es más consolador no dudar de la buena noticia: que el mal está decreciendo.

Y después de creerse esta noticia, ¿cuál viene ahora? Evidentemente, el fin de la prisión, ¿cuándo? ¿Habrá que esperar, según dice en otro bulo el presidente Trump, hasta 2022? El otrora famoso debate sobre sí o no a la cadena perpetua, se ha zanjado a favor de ésta. Ya hay personas, que por supuesto nunca hicieron nada malo, condenadas a cadena perpetua. Gentes que sólo volverán a ver la luz del sol a través de su ventana. Buenas gentes que caerán antes de poder recuperar la libertad, y no necesariamente víctimas del puñetero bichito chino. Para algunos, la hora final llegará sin haber podido abrazar de nuevo a sus nietos, recorrido una feria de libros o mantenido una charla con los vecinos de siempre – ésos que hoy hemos aprendido a odiar a poco que se aproximen -, aunque sea en el ambulatorio del barrio.

Yo creo que, con los defectos de gestión que no han sido pocos, los dirigentes han querido, aunque tardíamente, buscar una salida a la crisis sanitaria. Muchos dirigidos han sufrido de forma ejemplar lo que les ha traído este mal viento: pérdida de seres queridos, pérdida de libertad e incluso pérdida de los medios de supervivencia. En anteriores artículos clamé para que los políticos se apearan de su consustancial vedetismo e hicieran un discreto mutis a fin de dejar la crisis en manos de los profesionales, estos héroes de vanguardia que son los que realmente hacen posible remontar, con escasez de medios, entrega extenuante, alto riesgo de contagio y, a veces, con su propia vida. Pero, repito, acepto que, con más o menos ineptitud, los dirigentes están buscando una salida, ¡ojalá que próxima!, a la crisis sanitaria. La sanitaria. De lo político, lo social y lo económico no hablemos. Algunos se han forrado con esto. Y hay políticos encantados con formar parte de la nomenklatura de un estado totalitario. Veremos si cuando la calle vuelva a ser habitable nos dejan a todos salir a recuperarla. No hay para el hombre sima moral más profunda que el esclavismo ni cadena más gruesa que el miedo. Y los de la nomenklatura lo saben manejar.

Pero, ¡atención!, se está vislumbrando una nueva esperanza. ¡El fútbol! Si me hubieran hecho caso y los políticos hubieran dejado espacio a los profesionales de la salud, a éstos les hubiera importado el fútbol una solemne higa. Pero, felizmente, continuaron pilotando la nave los políticos, y para ellos es una prioridad. Así que no perdamos la esperanza. ¡Astros del balompié, orad por nosotros, vuestros fieles seguidores! Prometo que el mismo día que se reanude el espectáculo estaré allí en la tribuna, aplaudiéndoos. Y si un señor desconocido se sienta a mi lado y tose, en vez de insultarlo, prometo encender un puro y toser yo también, en señal de solidaridad.

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