Nos han hablado de guerras (que vamos a ganar), de batallas (contra el coronavirus), de pelear (contra el virus), de defendernos (contra el invasor) y de otras alusiones más de tipo bélico para justificar el estricto confinamiento al que nos hemos visto sometidos. Y este tipo de lenguaje ha calado hasta tal punto en nosotros que para salir a la calle nos hemos equipado, y nos equipamos, con mascarillas y guantes (chalecos antibalas y cascos de esta guerra) y nuestros hogares los hemos convertido (precipitadamente) en refugios (no antinucleares ni antiaéreos, sino antivíricos) en los que zafarnos de los ataques de este despiadado enemigo. Del estricto cumplimiento de las “leyes de guerra” se han hecho cargo (por tierra, mar y aire) patrullas de casacas de todas las variedades de verde posibles y casacas de todas las variedades de azul posibles. Y todo ha ido bien (para los confinantes). Pero pasado el desconcierto inicial y los primeros miedos, nos hemos ido dando cuenta de que, en realidad, no estábamos inmersos en ninguna contienda, ni en ninguna batalla, ni en ninguna pelea (más allá, de no ser por los muertos, de una esperpéntica guerra de Gila), y que, por consiguiente, no teníamos necesidad de defendernos de enemigo alguno.

Todo podía haber quedado en una anécdota, de no ser porque de estas medidas drásticas no vamos a salir indemnes, ni como individuos ni como pueblo. Las guerras siempre dejan secuelas, que tardan años, a veces siglos, en cauterizar. La libertad, con la aquiescencia de todos (y en algunas ocasiones incluso con la colaboración activa), va a quedar seriamente dañada para el futuro.

Dentro de esta tesitura (bélica), ya no sabemos si somos ciudadanos a proteger o ciudadanos a controlar, pues cada uno de nosotros nos hemos convertido en presuntos terroristas víricos, capaces de expandir el letal alienígena parasitario que podemos llevar dentro. En esta inusual coyuntura (que tan bien hemos asimilado) se entiende que hayamos aceptado el disciplinar confinamiento, que ha afectado incluso a nuestros mayores y a nuestros vectores de transmisión asintomáticos e incontrolables (es decir, a nuestros niños, así denominados por el ministro de sanidad). Iluminados expertos hablan ahora ya incluso de crear un carnet para certificar la “limpieza de sangre” vírica (una vez superadas las pertinentes pruebas y test científicos), de modo que con él podamos identificarnos, las veces que las autoridades tengan a bien pedírnoslo, como miembros no infectados con el mal antipatriótico (algunos tras pasar la “purga” del duro confinamiento hospitalario o domiciliario)… Por favor, señores del poder, basta ya: no más madera; esto no es la guerra. En todo caso, de serlo, será su guerra (por su falta de previsión e inoperancia), no la nuestra.

El miedo se ha apoderado hasta tal punto de nosotros, debido a este lenguaje militarista, que incluso hemos aceptado, con total sumisión, la soledad de nuestros enfermos y de nuestros muertos, y cada tarde (como los esclavos negros en los campos de algodón) cantamos work-songs (en este caso blancos) con el fin de lenificar nuestras almas y confortar nuestros maltrechos espíritus. A la hora estipulada, el “resistiré” sumiso –(¡ahora cantado hasta en aragonés!), el resistiré de tolerar, aguantar o sufrir; no el resistiré de repugnar, contrariar, rechazar o contradecir– recorre nuestras desoladas calles y plazas hasta perderse en el ocaso confundido en el silencio. Y, a la vez, aplaudimos. Aplaudimos arrebatados (a esas mismas horas justas), al parecer, a nuestros soldados, a los verdaderos (y únicos) luchadores contra el “enemigo” (ese diminuto e insignificante organismo de estructura sencillísima, compuesto de proteínas y ácidos nucleicos). Pero tal vez batimos palmas también para no enloquecer y para mantener viva, como Peter Pan, a nuestra Campanilla, esa diminuta hada envenenada por el malvado Garfio (del poder), que representa la inocencia, la fantasía, la esperanza, la ilusión, la libertad de ese niño que cada uno de nosotros llevamos dentro. Aplaudir para sentirnos vivos, para ahuyentar el miedo y la desconfianza que nos atenazan (el peor de los virus) y para liberarnos de ese enemigo emponzoñador que quiere neutralizarnos. Porque sabemos que si ella muere, será como estar vegetativos.

Seguro que esta tarde a las ocho, como yo, en algún lugar cercano, mucho más cercano que el país de Nunca Jamás, habrá un Peter Pan gozando al ver que su hada amiga no muere envenenada por el terrible, mefítico y ponzoñoso tósigo de ningún capitán pirata pérfido, pues desde muchas ventanas y balcones, niños de todas las edades, incluso alguno de más de cien años, estarán aplaudiendo a rabiar y, sin saberlo, salvando a su Campanilla y a cientos, a miles de Campanillas más como la suya.

Y ahora os pregunto: ¿Creéis en las hadas? ¡Pues aplaudid; aplaudid fuerte!

 

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