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Rafael Caballero.

La perplejidad se ha hecho constante hasta el punto de sobrepasarnos. Muchas son las preguntas que nos podemos hacer con toda la información que encontramos en relación al Covid-19 y a la política. Es sorprendente la falta de altura de miras que existe, así como la falta de de sentido de Estado. Se puede comprobar cómo los intereses partidistas han desequilibrado la balanza de PP y Vox. A estas alturas todo el mundo sabemos que esos intereses particulares son su prioridad.

Llevamos muchos días perplejos. Entiendo que, en diferentes circunstancias, puede costar dar respuesta a determinadas cuestiones y por esa razón comprendo que ciertas respuestas puedan suscitar un determinado debate. Pero en esta ocasión, considero que desoír al sentido común es defraudar a la totalidad de la población. La respuesta únicamente podía ser “si”, “no” o “abstención”. En la teoría parece sencillo y en esta ocasión en la práctica también.

Tres posibles respuestas que no determinan únicamente el resultado de una solicitud. Va más allá. Nos encontramos entre dos opciones; el egoísmo o el bien común. Cuesta pensar que en ocasiones solo se actúe para un único beneficio personal. Nadie es el centro del universo y por supuesto nadie debería priorizar el beneficio de unos pocos con respecto al beneficio de la totalidad.

No puedo comprender las dudas existentes con las que llegar a no apoyar la prórroga del estado de alarma. ¿En qué momento se puede preferir dar por terminado el confinamiento y hacer del coronavirus algo pasado e inofensivo? ¿Cómo es posible preferir, la mal llamada, normalidad aún sabiendo que eso supondrá pérdidas humanas? ¿Realmente hay gente que piensa más en una moción de censura que en la salud pública? En una situación como en la que estamos, me parece inmoral poder pensar más allá, políticamente hablando. Por supuesto que tienen que existir debates, discrepancias y transparencia, pero no me parece ni justo, ni patriótico. A mucha gente se le llena la boca con la palabra patriotismo, pero después se alejan del bien común. Al final, parece que ese es el juego, beneficiar únicamente a unos pocos.

No se puede correr el riesgo de jugar con la salud de la gente y tampoco con la salud productiva de las empresas. El vaivén por el que nos querían hacer transitar algunos partidos políticos era altamente peligroso. La salud y por lo tanto la vida de las personas estaba en juego. No debemos reducir una respuesta a un si, no o abstención. Como he dicho hay que pensar más allá. La vida no habla de sillones, la vida habla de salud.

Estamos sumergidos en una desescalada por la que hay que transitar con calma y responsabilidad. No tenemos que caer en la tentación de creer que ya todo ha pasado porque no es así. Los datos reflejan que hay peligro y por ello tenemos que actuar en consecuencia. Antes de correr se tiene que aprender a andar, en ello consiste la desescalada. Hay que ir paso a paso con seguridad y cautela.

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