El cuidado de nuestros mayores ha sido una prioridad en esta crisis. Pixabay.

Hemos estado un mes y medio confinadas y aunque estemos ya en plena nueva normalidad no nos abandona este nubarrón de incertidumbre. Cuanto más leemos y más escuchamos, más inseguridades, miedos  e incógnitas aparecen. No estamos acostumbradas a lidiar con  la duda. Queremos y necesitamos certezas, seguridades, pero en la vida en general eso no existe y menos ahora. 

En muchos rincones del mundo vivir esta desazón, esta extrañeza temerosa, es lo habitual, también para algunas personas de nuestro entorno, y para todas, en algunos momentos de nuestras vidas. Quizás la novedad de esta situación es que unas como un huracán y otras como un viento del desierto, más o menos, estamos, no solo pensando, sino sintiendo en nuestras carnes nuestra codependencia, nuestra vulnerabilidad, nuestra interconexión.

De pronto el mito de la independencia, del egoísmo, del sálvese quien pueda, ya no funciona, y tenemos que empezar a cuidarnos para cuidar de las demás. Hay una realidad que se impone, la de la vida, frente a una dinámica social cuya finalidad era el beneficio económico y que parecía que lo justificaba todo, se ha impuesto -al menos en este país y durante un tiempo- y aunque de forma diversa en los diferentes territorios, la lógica de la defensa de la vida humana y los cuidados se han manifestado como el trabajo más importante, como el primero.

Cuidar ha estado a cargo fundamentalmente de las mujeres, el sistema capitalista invisibiliza y minusvalora los cuidados y piensa en el mercado y en el trabajo como algo que hacen los hombres de 16 a 65 años, como si antes y después no existieran, como si las necesidades de subsistencia de estos trabajadores no tuvieran que satisfacerse.  No se lava sola su ropa, ni se hace sola su comida, ni se limpia su casa o se cuida a sus hijos sin ayuda, porque si no no podrían tener jornadas laborales como las que tienen. También hay personas dependientes enfermas, en crisis, que deben ser cuidadas, como nosotras mismas tuvimos que serlo y seguramente lo tendremos que ser en un futuro. El cuidado se ha revelado como algo fundamental y las personas cuidadoras han estado en primera línea batiéndose contra el virus sin rechistar… y este aprendizaje tiene que hacernos ver un mundo nuevo, debemos sacar de todo esto un aprendizaje.

¿Qué aprendizaje vamos a sacar?, ¿qué mundo va a salir después de la crisis de 2020?  Pues el hacernos conscientes de esta necesidad de cuidado, de esta vulnerabilidad de nuestros cuerpos, nos puede llevar a abrazar los discursos del miedo, que son los del odio. Podemos abrazar la necesidad de volver a la dictadura del mercado cuanto antes porque es lo que conocíamos y ese mundo, en el que contaba el dinero y no las personas, nos puede dar seguridad y sensación de control. Y ahí están, subiendo en popularidad estos discursos, aprovechando nuestros terrores, clamando a nuestras tripas y vendiendo que con mano dura y condenando a unos podrán salvarse otros.

Pero también hemos visto a nuestro alrededor cómo crecían iniciativas de cooperación, cómo nos tendíamos la mano unas a otras, en los vecindarios, en los pueblos y en los barrios. Iniciativas como “Frena la curva” nacida en Aragón y ya internacional, nos demuestran que unidas somos más fuertes, que podemos dar un vuelco a esta sociedad enferma y construir otra basada en el apoyo mutuo, en la que las personas sean lo primero y lo último en la economía, una sociedad en la que conscientes de nuestra ecodependencia seamos sensatas y empecemos a transformar nuestro modo de vida en uno sostenible.

No sabemos nada, ni de la vacuna, ni de si va a haber rebrotes, ni de cómo va a ser el mundo de mañana. Yo, como todas nosotras, tengo más preguntas que respuestas… Pero sí hay algo certero en toda esta niebla de dudas, sí hay una luz que puede guiarnos. Hay un lugar donde podemos encontrar certezas como puños, una seguridad de mármol, escaleras a la verdad.

En nuestro interior, en nuestra conciencia crítica, desde la atalaya de nuestra libertad, cada día, en cada momento, en cada situación podemos elegir quiénes queremos ser y qué tipo de mundo queremos construir. Podemos alimentar el discurso del odio y del miedo, podemos construir una red de apoyo y de cuidado de la vida, esa es nuestra apuesta, nuestra verdad, nuestra seguridad. Cuando tengamos miedo debemos acordarnos de que hay que ayudar y transmitir calma, otras dependen de nosotras. Cuando a nuestro alrededor atenace el miedo a nuestros seres queridos, no dejemos de recordarles el mensaje… todas las personas somos vulnerables, al igual que los ecosistemas con los que estamos interconectadas, todas necesitamos cuidado, por eso todas debemos cuidar, apoyarnos, tenernos.

 

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3 Comentarios

  1. Nada nuevo a lo que se decía antes del virus, no sé a qué viene ahora con lo miedos de siempre y con esos novedosos “discursos con mano dura” que describe Perra verde; serán discursos con lengua dura, digo yo.
    Y digo nada nuevo a lo de antes (y nada nuevo a lo de mañana) porque la solución a esos miedos y esas inseguridades la venís repitiendo hace años: Sororidad. Osea amontonadicas, juntitas y abrazaditas.
    No me representáis. Lo vuestro no es sociológico sino sicológico. Mejor una terapia para vencer tantos miedos.

  2. Me ha gustado este artículo. ¿Se imaginan que después de sufrir este desastre de la COVID-19 nos sacudiéramos el yugo del mercado, de las cifras y negocios, del dinero , del individualismo egoísta y volviéramos los ojos a nuestros semejantes, humanos iguales a nosotros y entre ellos , a quienes que más nos necesitan?

  3. Parece que se tema un nuevo rebote del COVID-19. Pienso que se han de tomar todas las precauciones: guantes, mascaretas, guardar las distancias, limpieza, evitar horas punta, evitar ascensores etc. Pero después intentar vivir y olvidarse un poco de la enfermedad. Ahora si se puede salir más y empezar a encontrarse con familias y amistades y intentar no pensar demasiado, si estamos más distraídos será mejor. Yo hablo de mi experiencia en Barcelona.

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