Ser padres es maravilloso y enriquecedor; sin embargo no es una tarea fácil, implica revisar nuestro modo de actuar, nuestras creencias e ir aprendiendo por el camino, muchas veces de nuestros errores y aciertos. No hay un manual universal sobre cómo ser unos buenos padres. Lo que es válido para un hijo no sirve para el otro ya que cada niño es único y tiene su propia forma de ser. Probablemente es el máster más intenso y completo que hacemos en nuestra vida.

Como padres queremos desempeñar nuestro papel lo mejor posible y, hay veces que de tanta información que tenemos, nos perdemos por el camino.

CAMINO DE SANTIAGO

Cuando la respuesta de nuestro hijo no es la que esperamos, cuando sentimos que nos decepciona y nos hace enfadar, podemos vernos dominados por la ira, la rabia incontrolable, la crítica… Tal vez el peso de la culpa por no saber hacerlo mejor nos resulte abrumador, nos haga pensar que somos malos padres, ahogándonos en la tristeza y en los autorreproches por no saber hacerlo mejor.

Cuando tu hijo no es lo que esperabas, en lugar de tratar de cambiarlo, tal vez debas revisar y cambiar tus expectativas en relación al mismo.

Quizás no recibas de tu hijo la respuesta que esperas pero te puedo asegurar que es la que necesitas puesto que te saca de tu zona de confort, te empuja a cuestionarte y revisar las creencias que adoptaste de tus padres como propias, te hace indagar, leer, buscar ayuda para mejorar…

Por favor, deja de juzgar a tu hijo y lo que sientes y OBSERVA: es en las situaciones críticas cuando lo inconsciente está saliendo a la luz.Todas estas reacciones emocionales intensas te indican que tu niño interior herido ha tomado el control de la situación.

Reconoce lo que sientes, no lo juzgues, valídalo, dale un espacio dentro de ti y permite que tu niño interior se exprese. Es entonces cuando puedes llegar a agradecer a tus hijos cada una de sus reacciones y conductas, puesto que venían a mostrarte el dolor del niño que fuiste y que aún pervive en tu interior.

Cuando somos capaces de bucear en nuestro corazón, rescatar todas aquellas emociones de la infancia que quedaron atrapadas y tenemos la valentía y constancia de sanarlas, estamos dando lo mejor a nuestros hijos. ¿Por qué? Porque de este modo evitamos perpetuar la herida.

No somos responsables de la programación adquirida en nuestra infancia pero somos cien por cien responsables de lo que hacemos con ella.

Cuando somos capaces de reconocer, sanar y abrazar a nuestro niño interior, podemos relacionarnos con nuestros hijos desde nuestra parte adulta, libres de nuestras propias proyecciones que conllevan más dolor.

Pilar Pera

DPH SONNAR

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