Suele contar Eduardo Vivancos (Barcelona, 1920) que algunas de las experiencias más emotivas de la guerra (in)civil ocurrieron durante las noches que pasaba de voluntario en el Hospital Clínico de Barcelona. Por ello tenía derecho a algo de cena, en una época de escasez y penalidades. Se trataba de estar de guardia por si llegaban heridos de los bombardeos italianos. Cuando esto ocurría, a menudo habían perdido mucha sangre y necesitaban con urgencia una trasfusión.

Ahora bien, el método de entonces era distinto del que se usa en la actualidad (y que justamente ideó en esos años el doctor Frederic Duran i Jordà).[1] De brazo a brazo, el enfermo se conectaba directamente con su ángel salvador. Desde su residencia en Toronto, Eduardo aún se emociona cuando recuerda lo agradecidos que estaban los familiares, cómo le abrazaban y le regalaban una humilde docena de huevos por su generosidad.

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Estos pensamientos volvieron a mi mente hace unos meses, en el Hospital de Barbastro, justo antes de la pandemia. Mi tío Marín llevaba allí muchas semanas, necesitado de una difícil operación, que a la postre no superaría. Fue una última época de su vida muy dura, dulcificada en parte por el cariño y los cuidados de las enfermeras, que prácticamente lo consideraban ya uno más de la familia.

El caso es que, además del cáncer, tenía una hemorragia interna que le hacía perder mucha sangre. Una tras otra, se iban sucediendo las bolsas de sangre que le traían las enfermeras. Era inevitable pensar en los donantes altruistas. ¿Quiénes serían? ¿En qué circunstancias habrían decidido serlo? ¿Serían conscientes de que su acción era imprescindible para mantener con vida a otra persona? Probablemente sí, es de sentido común.

Pues bien, hasta bien entrada la pandemia en casi mi cuadragésimo segundo año de vida (nótese la simbólica edad maratoniana) no fui a dar sangre por primera vez, animado por la idea de que muchos donantes habituales estaban confinados y preferían no salir de casa. Reconozco que me avergonzaba no haberlo hecho nunca. Además, es que no existía ninguna razón para ello. Y he tenido muchos y muy buenos ejemplos cercanos en este sentido.

Como era novato, el personal del Hospital de Sant Pau me trató de una manera exquisita, que me hizo acordarme de las enfermeras de Barbastro. Fue todo muy fácil. Por supuesto no me dolió, tampoco me mareé. Estuve consciente y tranquilo todo el tiempo, reflexionando sobre la situación.

En aquellos minutos tuve tiempo de realizar un sencillo cálculo mental: ni siquiera si a partir de entonces donaba sangre cada dos meses (la máxima frecuencia permitida) hasta cuando por edad me fuese posible hacerlo… podría compensar todas las bolsas que había necesitado mi tío Marín. Me invadió un sentimiento agridulce. Por un lado, la impotencia de saber que mi capacidad era tan limitada, tras haber desperdiciado muchas oportunidades de hacerlo. Así se lo verbalicé a la chica que me atendía, que me animó sonriente y me hizo entender que lo importante era que finalmente había decidido dar el paso. La verdad es que salí de allí lleno de energía.

Al cabo de unos días recibí un mensaje del Banco de Sangre y Tejidos de Cataluña (cuyo edificio principal lleva precisamente el nombre de Dr. Duran i Jordà) en el que me comunicaban que mi sangre había formado parte de una trasfusión en una ciudad cercana. Tardé un poco en procesarlo. Básicamente todo lo que he mencionado en este artículo se mezclaba en mis pensamientos. De nuevo el sentimiento agridulce.

Seis meses después, he vuelto a donar sangre por tercera vez. Y me he decidido a explicar esta experiencia que, sin ser extraordinaria, quizás pueda ayudar a alguien a dar el paso.

[1] Como guiño a los lectores que han seguido mis investigaciones sobre la historia del esperanto, cabe destacar que tanto Vivancos como Duran i Jordà eran esperantistas.

dph

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