Leonor Lalanne
Leonor Lalanne
RENOVE MARIÑO

Cuando alguien me pregunta por mis novelas me sigo sorprendiendo, y tambien emocionando, por qué no reconocerlo. Aún no me creo que me llamen «escritora», pero me encanta. Ana María Matute decía: «escribir para mí no es una profesión, ni siquiera una vocación. Es una manera de estar en el mundo, de ser, no se puede hacer otra cosa. Se es escritor. Bueno o malo ya es otra cuestión». Coincido totalmente con ella. No podría vivir sin escribir. Necesito sacar mil historias, pensamientos, opiniones y sensaciones que llevo dentro, propias y ajenas, y que solo la literatura me permite las licencias necesarias para poder expresar.

Necesito crear personajes y situaciones que conecten con el lector, que le hagan pensar y replantearse ideas, que le inquieten, que le emocionen, que le remuevan por dentro, y que le hagan empatizar y ponerse en la piel de cada protagonista. Que no le dejen indiferente. La lectura nos permite viajar, aprender, disfrutar, soñar, y muchas otras sensaciones más con  el simple gesto de asomarnos a las páginas de un libro.

Siempre me ha gustado escribir; desde bien pequeña escribía cuentos de Navidad, relatos breves, poemas y cualquier cosa que me permitiera expresarme. Cuando comencé mi primera novela, El Secreto de Kirchland (Gráficas Editores), no sabía si sería capaz de acabarla, y menos aún que llegara a ver la luz. Cuando eso sucedió creí rozar el cielo. Me cuesta mucho definir lo que supuso para mí, pero sí es sencillo trasladar a estas páginas algunos fragmentos de las opiniones de los lectores acerca de la novela: «imposible parar de leer», «te engancha desde el principio», «lectura fascinante», «te atrapa del principio al fin», «novela vital y reconfortante», «escenas muy emocionantes», «capítulos trepidantes», «entramado vertiginoso». Emocionada por estas impresiones, tenía claro dos cosas: que quería seguir escribiendo, y también lo que quería el lector: un libro fácil de leer y una historia que le atrape.

Cuando comencé a escribir mi segunda novela, Si tuvieras que elegir (Gráficas Editores), olvidé esas premisas, ya que la fuerza de la historia me superó sin remedio. Durante cinco años me sentí viviendo en la prehistoria con Noa y Jurk, en la China del primer gran emperador con Jiang Li y Cong, en el Perú posterior a los conquistadores españoles con Hanna y Yaku, y en el Nueva York de principios del siglo XXI con Lía y Jess. Me costaba salir de cada época y de sus difíciles costumbres y situaciones. Pero era necesario para no perder el norte de las historias y su arraigo. Hoy en día, me siento satisfecha con el resultado. De nuevo, tirando de opiniones de lectores recojo estas dos, una sobre la novela: «un viaje apasionante por las emociones humanas expresadas con gran maestría desde el corazón, que crea en el lector la necesidad de viajar junto a los personajes…», y esta mucho más personal: «Cuando una persona se convierte en escritor, creo sinceramente que adquiere una sagrada obligación de producir belleza, iluminación y confort a máxima velocidad. Enhorabuena Leonor, creo sinceramente que te has convertido en escritora». Imposible describir mi enorme alegría.

Pero más allá de todo eso, en estos días tan complicados que nos está tocando vivir, en estos momentos en los que la realidad nos golpea a cada hora con sus apabullantes cifras y la desesperanza intenta inundarlo todo, el sentido terapéutico de la lectura es mucho mayor. Tenemos la obligación de entretener, de ayudar al lector a evadirse y a soñar despierto, que aunque los sueños son solo eso, tambien necesitamos soñar un poco, para al despertarnos coger impulso y tener más fuerzas para vivir. Si mis novelas sirven para ello, me sentiré feliz, muy feliz.

 

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