orangutan superior

Cuando somos hijos, somos cuidados por nuestros progenitores, de ellos, depende nuestra supervivencia y el tipo de apego que desarrollemos va a ser determinante en las relaciones futuras que desarrollemos. Cuando somos padres, sabemos que el bienestar físico, psicológico y emocional de nuestro pequeño depende de nosotros. Por ello tratamos de cuidarlo, darle protección y amor lo mejor que sabemos y que podemos.
Muchas madres al estar permanentemente centradas en sus hijos, acaban olvidándose de ellas. Lo mismo sucede con las personas que cuidan a sus progenitores ancianos o a algún familiar enfermo.
Nos han enseñado desde pequeños la importancia de amar al prójimo como a uno mismo y, tal vez lo que quedó grabado en nuestro interior era que no era bueno quererse, ni priorizarse, que quizás eso era egoísmo. Amar al prójimo como a ti mismo tiene otra lectura, significa amarse y cuidarse primero para poder amar y cuidar, ya que nadie puede dar lo que no tiene. Si yo no me quiero ni me cuido, mi forma de querer a los demás y las conductas que desarrolle estarán teñidas de mi necesidad de buscar afecto, reconocimiento, de que agradezcan mi esfuerzo…
¿Cómo darse cuenta de ello? Obsérvate, dirige tu mirada al interior y pregúntate, ¿qué ocurre cuando no obtengo aquello que inconscientemente busco? Si ruge en tu interior un huracán de enfado, frustración, decepción o tristeza, seguramente no te estás escuchando, ni cuidando, no te estás amando y por lo tanto es difícil que des a los demás aquello de lo que careces. No es que tengas amor para dar, simplemente que tus reservas están vacías. De ti y de tus acciones depende llenarlas de verdadero amor, de aquel que no busca ser reconocido, ni halagado, simplemente es y se expresa, sin esfuerzo, sin cargas y expresándose desde lo que ya es, encuentra su plenitud.
Si sientes que no hay fluidez, ligereza y alegría en lo que haces tal vez estés fuera de ti. Tal vez tengas el foco puesto en el otro, las 24 horas del día. Para, respira, reconecta con lo que eres, con lo que necesitas. Permítete tus espacios, esos momentos sagrados que te permiten estar en el SER, que te hacen conectar con el amor que eres, con la felicidad y con todas las cosas buenas que te rodean. Alimenta esos momentos con tiempo para ti, un libro, un paseo, una quedada con amigos… Lo que sea que a ti te nutra y te haga sentir bien. Verás como, poco a poco recuperas tu energía vital y tus ganas de vivir que sin darte cuenta se estaban evaporando en el mar de cuidados, tengos que y deberías.
Ya es hora de que te priorices, deja a un lado esa fiel compañera llamada culpa, cuya misión, en el fondo, es recordarte lo poco que te quieres y las heridas que aún albergas en tu interior. Sustituye el látigo con el que te fustigas por el haz de luz de tu conciencia con la que podrás iluminar cada parte de ti no mirada ni sanada y volver a lo que en esencia eres: AMOR.

dph

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