Antoine Blasco y Théodora Valls aparecen muy sonrientes en el recorte adjunto, publicado en un diario del Languedoc-Roussillon.
Antoine Blasco y Théodora Valls aparecen muy sonrientes en el recorte adjunto, publicado en un diario del Languedoc-Roussillon.

Apreciados lectores, por un instante, imagínense a cuatro periodistas de viaje por el extranjero. Nada más llegar a un pueblo, cae la noche mientras buscan alojamiento… aparece un rótulo sobre la puerta de una fonda en la que se habla su idioma. ¿Cómo se sentirán?, un poco aliviados, ¿no es cierto?. Traspasado el umbral ven esperanzados que son recibidos con complicidad patriota pero..,¡ay!, no quedan plazas.

Ante la dificultad para procurarles alojamiento, la dueña, de carnes prietas, amplia y colorada sonrisa pregunta a estos jóvenes por la ciudad de la que son y al oir :”-Narbona”, inspecciona la “Carte d’Identité” mientras deletrea con fruición: Narrrrr…bonne (acento sureño), repite con una pícara sonrisa de oreja a oreja y les dice a sus paisanos que no teman, si hiciera falta, hasta su cama cedería con gusto.

El artículo que quiero comentar tras este chascarrillo, viene a descifrar cómo llegaron Antonio y Dorita desde Narbona a Alquézar en los comienzos de la década de los años setenta del siglo pasado.

Dorita había nacido en Tarragona en el delta del Ebro y fue llevada en 1939 a Francia por su familia como refugiada con seis años de edad. Antonio llevaba una vida entera trabajando como chófer de tráiler y cultivando su finca de seis hectáreas de viña junto a su esposa en el “chemin de Cap-de-Pla”, a las afueras de Narbona. En un momento dado, ambos se liaron la manta a la cabeza y decidieron venir a España para conocer sus orígenes. Después de Tarragona , visitaron Alquézar pues el padre de Antonio era de allí, y allí les ofrecieron una casa muy barata, casa Castán.

Su innata habilidad les hizo rehacer la casa con sus propias manos y convertirla junto a sus siete hijos en fonda-bar-restaurante según les proponían los jóvenes del pueblo. Comenzaron a dar un servicio del que hasta entonces apenas disfrutaban los alquezaranos en una pequeña taberna de la plaza. Al principio gozaron de una buena acogida mostrando sus  habitantes fidelidad al carácter emprendedor de los Blasco.

Al cabo de unos años observaron con asombro cómo aumentaba la llegada de franceses atraídos por el descenso de barrancos que habían visto en libros como el publicado en 1974 por Pierre Minvielle, “À la découverte de la Sierra de Guara”. Allí se describían las excelencias de cañones como el del río Vero y poco a poco los deportistas comenzaron a llamar a Dorita “Maman Narbona” por su carácter hospitalario y la variada cocina  del restaurante incluyendo su especialidad, generosas paellas recién hechas y servidas en la espaciosa terraza para delicia de unos barranquistas que además, se morían por degustar costillas de cordero a la brasa.

Para sorpresa general, en marzo de 2015 Alquézar fue incluido meritoriamente en la lista de pueblos más bonitos de España. Tal categoría se ha de sustentar a base de esfuerzo y establecimientos hoteleros que den la talla ante clientes venidos de todas partes, de España y del resto del mundo, Alquézar sabía muy bien a dónde quería  llegar y aspirará a mantenerse en lo más alto. Conviene saber de dónde se viene y  por eso, con evocación, he elaborado este comentario al recorte de periódico.

Los periodistas habían venido a fotografiar el río Vero, acumulando en su mochila carretes de película con imágenes impactantes pero cambiaron de idea queriendo dar a su trabajo un matiz más humano y redactaron un artículo con fotos de la pareja y a la postre, narraron la trayectoria vital.

Esta historia es, ni más ni menos, la memoria de un dúo de pioneros de Alquézar en el arte de “dar posada y  plato caliente al caminante”.

 

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