Cada vez que nos resistimos a lo que es, sufrimos. Pueden ser pequeños contratiempos como una espera, un atasco en la autopista, el móvil sin batería, una rabieta de nuestros hijos… o contratiempos mayores: una enfermedad, una ruptura, una despedida… Sea lo que sea, cada vez que nos resistimos y nos quejamos de lo que nos toca vivir, generamos sufrimiento.

A lo que te resistes persiste. La queja genera una onda expansiva de negatividad que va enturbiando las lentes con las que miramos la vida.

La queja te desgasta y merma a los que te rodean.

La queja te ciega. Poco a poco va enquistado tu capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas. Llega un momento en el que ya no podemos ver lo maravillosa que es la vida, ni las oportunidades que encierra puesto que nuestras lentes están demasiado turbias para poder apreciar la belleza de lo que se esconde a simple vista.

La queja te acomoda en tus creencias, te ofrece una falsa seguridad, puesto que te hace ver que todo aquel que no actúa u opina como tú está equivocado, librándote de la responsabilidad de examinarte y del miedo a estar equivocado.

La queja te atrofia, te insensibiliza, te mata por dentro.

La queja te impide fluir y ¿qué ocurre con el agua que en lugar de fluir se estanca? Se pudre.

¿Qué hacer si tengo la queja tan instaurada que ni siquiera soy consciente de ello?
Obsérvate. Si no hay alegría ni fluidez en tu vida, con toda seguridad, la queja se ha instaurado en ti.

Comienza llevando un registro de las veces que te quejas, ello te permitirá tomar consciencia de hasta qué punto tienes interiorizado este hábito.

A continuación pregúntate, ¿hay algo que pueda hacer para cambiar esto? Si la respuesta es un sí, hazlo. Si no está en tus manos cambiar la situación, al menos puedes cambiar el modo de tomarte las cosas.

Comienza a practicar diariamente el hábito de aceptar ¿Cómo? Confiando en qué todo tiene un para qué y en qué la vida no siempre nos trae lo que queremos pero siempre nos va a traer lo que necesitamos para crecer y evolucionar.

En todo este proceso contamos con un recurso valiosísimo para hacer frente a este peligroso enemigo llamado queja: la GRATITUD.

Agradece cada nuevo día como un regalo, acepta y agradece todas las personas y experiencias que llegan a tu vida, las agradables te hacen disfrutar y las difíciles te enseñan y te dan la posibilidad de sacar a la luz una mejor versión de ti mismo.

La gratitud y la queja son incompatibles. Cuánto más agradezcas más fácil te resultará fluir por el río de la vida, sin que partes de ti queden estancadas.

Pilar Pera

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