García Lorca y La Barraca. Wikipedia.
RENOVE MARIÑO

Durante cinco veranos, de 1932 a 1936, La Barraca, un grupo de universitarios con ideales, representó en pueblos y pequeñas ciudades obras de teatro clásico español. En el verano de 1932, empujados por la juventud y la esperanza, se lanzaron a los caminos de España, estrenando su uniforme de mono azul con el anagrama de la compañía diseñado por Benjamín Palencia: una máscara sobre una rueda de carro. El líder intelectual del grupo fue Federico García Lorca. La Barraca pasó por Aragón, como nos cuenta Luis Sáenz de la Calzada en un libro publicado por la Revista de Occidente en 1976. Una estancia agridulce que hoy queremos recordar.

Agosto de 1933. La compañía llegó a la cuna del Reino de Aragón, a la capital turística del pirineo: la vieja ciudad de Jaca, antigua y luminosa, románica y aduanera, judía y sublevada, un nudo de comunicaciones y de comercio. Una perla que nadie olvida. La Barraca quiso actuar en Jaca, pero no se lo permitieron. A última hora, el alcalde decidió suspender la representación de Fuenteovejuna, anunciada a bombo y platillo. El profesorado de la Universidad (una Universidad por la que han pasado, desde que en 1927, por obra del ilustre cheso Domingo Miral, se inauguraran los Cursos de Verano, personajes tan importantes como Ortega y Gasset, Ramiro de Maeztu o Miguel de Unamuno, entre otros) le pidió a Federico que diera un recital de sus poesías; y Federico aceptó. Federico nunca se negaba. Y menos en una preciosa ciudad como Jaca, impresionado con su Catedral, el primer ejemplo del románico europeo en España, con su Ciudadela, el baluarte defensivo que mandó construir Felipe II, la única junto a la de Lieja, en Bélgica, de tipo pentagonal que se encuentra completa, con la Peña Oroel dominando el paisaje. Recitó textos del Romancero Gitano y del Poema del Cante Jondo, en un salón no demasiado grande, completamente desbordado. Pío Baroja acaba de publicar una novela perteneciente a la trilogía La selva oscura, titulada El cabo de las tormentas, que giraba en torno a la sublevación republicana de Jaca, y un año antes Rafael Alberti había hecho lo propio con una obra de teatro: Fermín Galán.

La barraca pasó por la villa de Ayerbe y consiguió actuar en Canfranc, donde llegó con una tormenta sobrecogedora. En el último año de su aventura durmieron en Zaragoza, el 14 de abril de 1936, de camino a Barcelona. Corrían malos tiempos, como los de esa compañía de teatro gitana, comandada por un limpiabotas, Miguel Maldonado, que comenzó su andadura en el cruel verano de 1936.

Cuentan que los componentes de La Barraca, al pasar por Huesca y actuar en el Teatro Olimpia (ovacionados al representar Fuenteovejuna y otra pieza clásica), visitaron las tumbas de los capitanes ejecutados en la sublevación de Jaca, Fermín Galán y Ángel García Hernández (sepulturas declaradas por el Gobierno de Aragón Bien de Interés Cultural en 2017 y muy poco publicitadas a nivel turístico), depositando ramos de flores en el cementerio civil. Dos años después, en abril de 1935, en un triste reflejo de lo que vendría después, la tumba del capitán Fermín Galán sería profanada por fascistas, que dejaron un mensaje: “Muera el régimen. Abajo el marxismo”. Como dijo un historiador ateniense, los hombres ilustres tienen por tumba la tierra entera.

DPH SONNAR

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