Fiestas Barbastro 2019
AYUNTAMIENTO BARBASTRO

Este verano atípico vamos a encontrar a faltar muchas cosas, pero nunca pensé que fuéramos a añorar las fiestas mayores. Las fiestas mayores son uno de esos puntos de inflexión del calendario anual, tan sólidos y evidentes que parecen existir al margen de nuestras voluntades, como si fueran parte del ciclo natural de las cosas. De la misma manera que llega la primavera o se produce un eclipse, así se suceden las fiestas. Pero, de repente y sin previo aviso, aquí tenemos un verano sin fiestas. 

Nos quedamos perplejos cuando se anularon las Fallas o la Feria de Abril, pero entonces estábamos en pleno clímax de la pandemia. Ya debimos sospechar algo cuando, más adelante, se cancelaron los Sanfermines pamploneses o las fiestas del Ángel turolenses. Hasta que la ola de cancelaciones llegó a nuestras comarcas. Desconcertados y huérfanos de referencias para orientarnos en el calendario, este verano nos va a costar dar sentido a nuestro propio ciclo temporal. 

buzón del lector

Hay que advertir que uno siempre ha sido más bien escéptico y ambivalente con las fiestas. Una tradición que funciona de un modo tan automático como implacable, con sus rituales de danzas, misas, bailes de orquestas pachangueras, autos de choque, concursos de butifarra o guiñote y tiro al plato. Con gente por la calle a todas horas, vestida de domingo o uniformada con indumentaria grupal, a veces folclórica. Con todo el mundo fuera de lugar la mayor parte del tiempo, mal dormidos, y teniendo que saludar a personas con las que apenas tenemos relación. Y, en fin, suspirando por volver a la normalidad. 

¿La normalidad? ¿Qué será eso de la normalidad? A poco que lo pensemos, nada más normal que romper la normalidad del ciclo anual con una celebración festiva. Los antropólogos nos avisan de que las fiestas son un evento necesario, puesto que si algo caracteriza a los humanos es que somos seres sociales, que sólo podemos desarrollarnos como personas mediante nuestra inmersión en una red de relaciones sociales. La propia Organización Mundial de la Salud nos advierte que para mantenernos en equilibrio necesitamos de la interacción con otras personas. Un humano aislado pierde sus cualidades y no es capaz de sobrevivir demasiado tiempo. Además, todas las comunidades humanas necesitan recordar lo que les une y representar dicho consenso en la práctica. 

En este sentido, las fiestas mayores constituyen un poderoso mecanismo de socialización forzosa. Se trata de algo necesario, especialmente en el medio rural, para reactivar los vínculos comunitarios, la energía que mantiene activos a nuestros pueblos. Las fiestas son la materialización de los tiempos y espacios de encuentro en los que la comunidad se reconoce como tal y proyecta sus anhelos y expectativas. Un lugar y un tiempo en el que se hacen amistades, se consolidan contactos, se renuevan amigos y enemigos, se festeja y se discute, se mira al pasado y se especula sobre el futuro, y todo ello de manera colectiva. Desde esta perspectiva, las fiestas mayores son una especie de pegamento social. 

Un pegamento que no se reduce sólo a la localidad concreta que oficialmente las celebra, sino que se extiende también a gente de toda la comarca y de territorios vecinos, puesto que las fiestas mayores configuran un circuito. Están programadas desde tiempo inmemorial para que no coincidan con las de los pueblos vecinos, de tal manera que permitan y faciliten la interrelación con habitantes de otras localidades. De esta manera, contribuyen a configurar la identidad territorial, puesto que mediante estos eventos la gente desarrolla su percepción de cuál es su territorio de referencia. Son, en parte, el crisol en el que se cuece la identidad social comarcal, que no siempre coincide con los límites político-administrativos marcados desde arriba. 

Cuando uno era adolescente, las fiestas eran ese momento del año en el que las normas se diluían y uno podría trasnochar, circular por espacios poco habituales (peñas, guariches, chamizos y demás antros improvisados) donde aglomerarse con iguales, desde donde desafiar a un mundo adulto que parecía de cartón-piedra, con sus extraños bailes, músicas y rituales de representación de estatus y poder. Hasta que de pronto llegaron las fiestas del rock. A mediados de los 80 cualquier fiesta mayor que se preciara incluía su concierto de rock, lo cual hizo que los decibelios subieran de intensidad en toda la comarca. Grandes masas humanas invadían las calles las noches de concierto a la búsqueda de las emergentes estrellas del pop y del rock. 

Pero aquella fase también pasó. A mediados de los 90, la larga sombra de la ruta del bakalao cambió la dinámica de las fiestas mayores de nuestras comarcas. Las generaciones más jóvenes abandonaban la fiesta para irse de juerga al circuito de las discotecas maquineras, dejando el panorama local algo desmantelado. Las pautas de interrelaciones sociales mutaban al compás de los tiempos. Ya entrado el siglo XXI, las fiestas mayores parecían funcionar por inercia, como una oferta lúdica más en la extensa agenda de ocio del año. Además, con la expansión de Internet y las redes sociales virtuales, las formas de socializarse se han diversificado hasta extremos inimaginables, lo cual sin duda ha afectado a cómo se viven las fiestas de los pueblos.

Sin embargo, a pesar de todo este accidentado periplo, las fiestas mayores resisten. Han seguido jugando su papel de punto de inflexión en el calendario, de espacio a compartir con familiares y conocidos, de momento de renovación del pacto no escrito de la sociedad local. 

Es sorprendente observar cómo un evento tan arraigado en las tradiciones y tan ritualizado, ha sido capaz de ir redefiniéndose y adaptándose a las circunstancias, renovándose y modificando sus características externas sin perder sus esencias. Señal de que juega un papel clave en la vida local. En su metamorfosis, es posible incluso que, en una sociedad tan hiperconectada como la actual, las fiestas nos puedan ofrecer saludables espacios de desconexión virtual. Si su papel es contribuir a la recarga de energías individuales y colectivas, sin duda su potencial todavía no se ha agotado.

¿Qué efectos puede tener un verano sin fiestas mayores? Seguramente, todavía no tenemos palabras para definirlo. De entrada, habrá un ritual desactivado, por lo que las pequeñas comunidades humanas de nuestros pueblos tendrán que buscar otras formas de reconocerse y de reactivarse. Lo cual no es nada sencillo. Si la cosa perdura y no surgen rituales alternativos, a la larga se puede prever un aumento del individualismo y la anomia (o pérdida de sentido), fenómenos ya bastante extendidos hoy en día, a los que las fiestas mayores y demás celebraciones colectivas locales suelen servir como antídotos o muros de contención. Como decíamos, en un verano sin fiestas nos vamos a sentir desconcertados y con dificultades para dar sentido a nuestro propio ciclo temporal. 

Ante esta situación, la única opción es recurrir a la sabiduría popular: “como todos los meses de agosto al llegar la fiesta mayor, nos pondremos la muda bien limpia y del brazo saldremos los dos”. Tanto si hay fiesta como si no, al menos seguiremos bailando con Ixo Rai. 

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