Aunque su nombre nos suene a personaje de videojuego, los sumerios y acadios de la antigua Mesopotamia le presentaban ofrendas a Namtaru no para reverenciarlo, sino para aplacarlo y prevenir las sesenta enfermedades que este demonio sumerio, señor de las plagas y los parásitos, había enviado a los humanos. Namtaru, que servía de recadero entre los dioses del mundo visible y los del inframundo, es ese dios de la peste al que, al parecer, hemos ofendido hasta desatar completamente sus iras. Con los asirios y babilónicos, este  espíritu pasó a ser considerado una divinidad del destino, y su culto fue decayendo, tal vez, pues todavía permanece con pavor en la memoria colectiva de nuestra especie la crudeza de la llamada Peste Negra, que asoló con sus mortíferas oleadas el Occidente cristiano en el siglo XIV. Y asoló también la población de gatos. Pero esto ocurrió de manera indirecta.

El Papa Gregorio IX fue quien, según cuentan los anales medievales, provocó el exterminio de los gatos al relacionarlos con el diablo y las brujas, creando así las condiciones idóneas para que la peste bubónica, que portaban las ratas, se extendiera por Europa, causando la muerte de cien millones de personas.

A Tucídides, autor de la Historia de la Guerra del Peloponeso, que vivió la devastadora plaga desatada en Atenas en 430 a.C., debemos la idea de que la historia siempre se repite: “La historia es un incesante volver a empezar”, nos dejó dicho. Muchos siglos después, Charles Darwin corroboraba aún esta idea, pero matizándola lapidariamente: “La historia se repite. Ese es uno de los errores de la historia”. Y no fue un historiador sino –claro está– un escritor, Mark Twain, el que dijo aquella célebre frase de que “la historia no se repite, pero rima”. Hace unos días saltó a los medios de comunicación la noticia de que un gato había sido sacrificado por ser portador del coronavirus. Parece, sin embargo, demostrado que los felinos domésticos pueden contraer el virus de sus dueños, pero no contagiarlo a los humanos. Por muchos conceptos, se diría que nos ha tocado vivir el final de un verso con rima consonante.

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