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Aunque solo en los últimos años se ha tomado conciencia de la gravedad del problema, la pederastia representa una de las mayores lacras que han marcado el devenir de la Iglesia a lo largo de los siglos. La jerarquía eclesiástica, desde sus inicios, siempre ha intentado que todas las atrocidades sexuales cometidas por sus miembros quedaran minimizadas, encubiertas o impunes. Solo las proporciones alcanzadas en los últimos tiempos han obligado a esta –aunque a regañadientes– a aceptar su existencia y a tomar algunas medidas preventivas y coercitivas. Con el presente trabajo se pretende realizar un somero acercamiento a esta cruel realidad, con el fin de que el lector conozca del verdadero alcance de la misma, y, a la vez, un análisis de los motivos que llevan a estos execrables trastornos parafílicos, de las consecuencias que acarrean en el estado anímico y psicológico de los afectados y del porqué de la tibia respuesta de las autoridades religiosas ante los mismos, tanto a nivel internacional como, muy especialmente, a nivel nacional.

Para empezar, convendría clarificar algunos términos relacionados con el tema. Los que hayáis leído mi última novela, Inter nos (Mira editores, 2017), basada en las experiencias personales vividas a mi paso por uno de estos internados religiosos del horror, habréis comprobado que en ella aparecen tres sacerdotes pederastas. Uno de ellos es claramente un enfermo, un desquiciado, un psicópata, un travestista, un sádico afectado por un buen número de parafilias. Los otros dos (reales como la vida misma) siguen un modus operandi muy distinto al primero, aunque diferenciado también el uno del otro. Los tres, dentro de la psicología, se enmarcarían en unos trastornos específicos, y se les asignaría, dentro de la terminología técnica, una denominación concreta. Cabría  distinguir, pues, en estos casos de abusos a menores, entre parafilia, pederastia, pedofilia y efebofilia.

ECOEMBES COMARCA

Hablamos de parafilia siempre que nos referimos a una desviación sexual del tipo que sea. El término pederastia, por el contrario, ya es más específico, y se ciñe en exclusiva a los casos en que existe una inclinación erótica hacia los niños o un abuso sexual cometido con ellos. También la pedofilia se podría explicar como una atracción erótica o sexual hacia niños, pero en definiciones más técnicas esta desviación es tenida como una parafilia que busca la excitación o el placer sexual a través de actividades o fantasías sexuales con niños de entre 8 y 12 años. Y, por último, la efebofilia englobaría a todos aquellos parafílicos que sienten atracción sexual por los adolescentes, es decir, por los jóvenes en edades comprendidas entre los 13 y los 19 años de edad, aproximadamente.​​

La pedofilia y la efebofilia describen siempre un trastorno mental. La pederastia, por el contrario, define un comportamiento, de ahí que sea este el término más utilizado (por neutro y descriptivo) a la hora de hablar de abusos sexuales a menores.

Dentro de la terminología, también cabe distinguir entre víctimas y supervivientes, aunque no todos los expertos –e incluso muchos de los afectados– aceptan esta bipolaridad, ya que creen que el uso del término víctima supone una reducción de la identidad del afectado a tal condición. Por consiguiente, para estos solo debiera hablarse de supervivientes.

Partiendo de la existencia de los dos tipos de afectados, nos referiríamos a víctimas en el caso de personas que no han conseguido superar el trauma de los abusos que en su día sufrieron (muchos de ellos viéndose forzados a continuos y dolorosos tratamientos psiquiátricos o psicológicos o incluso acabando en el suicidio), y a supervivientes cuando, con un gran esfuerzo, lo han conseguido.

DESDE CUÁNDO

La pederastia existe en la Iglesia Católica desde sus inicios. La primera reprobación de este comportamiento sexual (y de otros) dentro de esta ya lo encontramos en la Didaché –también conocida como Enseñanza de los doce apóstoles o Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles–, un texto compilado en la segunda mitad del siglo I, pocas décadas después de la muerte de Jesús. Un siglo más tarde, San Justino, en su Primera Apología, de nuevo denunciará los encuentros carnales de adultos con niños.

La crisis de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia Católica como vemos, se ha ido fraguando a lo largo del tiempo. En España, la primera denuncia conocida de pederastia religiosa la hace Ramón Pérez de Ayala en 1910, y aparece en su novela A. M. D. G. (Ad maiorem Dei gloriam), obra que causó, en su momento, un gran escándalo dentro del seno de la Iglesia, pues además describe la degradación moral de los jesuitas. Tal fue la presión recibida por el autor a lo largo de su vida, debido a la publicación de esta obra (especialmente por parte de las altas esferas eclesiásticas), que llegó a arrepentirse de haberla escrito.

Algunos años más tarde, aunque con menor intensidad, será Manuel Azaña quien denuncie los abusos en los internados católicos (en este caso de los agustinos), a través de su novela El jardín de los frailes, publicada parcialmente entre septiembre de 1921 y junio de 1922 y definitivamente en libro en 1927. Y en Aragón, Benjamín Jarnés se convertirá en el primer flagelo de las congregaciones religiosas, con la denuncia que hace desde su novela El convidado de papel (1928) de todas las perversiones y acosos que sufren los niños en los internados religiosos de la época.

Pero el afloramiento masivo de casos de abusos sexuales en el seno de la Iglesia se producirá a partir de los años 50. Aunque esta, como respuesta, en un primer momento, se limitará a replegarse sobre sí misma y a negar el problema, tachando a las víctimas de desequilibradas mentales o bien de mentirosas, y no apartará de sus cargos a ninguno de los sacerdotes acusados. No será hasta los años 80, con la magnificación de los escándalos, cuando se tome consciencia de la enorme dimensión de la depravación interna. Y ello se deberá, en gran medida, a las investigaciones llevadas a cabo por algunos periodistas estadounidenses, quienes destaparán centenares de abusos a menores por parte de sacerdotes. A destacar, los pedófilos Gilbert Gauthe y Thomas Adam, autores confesos de más de un centenar de delitos sexuales de extrema violencia a niños. La jerarquía eclesiástica, con todo, aun aceptando los delitos, no castigará a los culpables. Solo entre 1983 y 1987 se denunciarán en EE.UU a más de 200 sacerdotes.

Pero la crisis, de forma global, estallará en 2002, y de nuevo la chispa prenderá en EE.UU. Gracias a un reportaje de investigación realizado por un grupo de periodistas del periódico The Boston Globe, sobre la pederastia y el silenciamiento sistemático de esta por parte de la jerarquía eclesiástica en la diócesis de Boston, el mundo podrá conocer las putrefactas miasmas que corren por las alcantarillas de la Iglesia. El reportaje causó tal impacto en su día que llevó en 2015 a la realización de un largo metraje, Spotlight (En primera plana), ganador del Óscar a la mejor película. El abuso de poder y la doble moral que durante siglos ha practicado la Iglesia Católica, y que ha venido negando y ocultando hasta el momento, quedarán al descubierto. Más de 6.100 sacerdotes, de forma creíble, fueron señalados como responsables de crímenes sexuales contra más de 16.000 menores.

En Irlanda, a partir de estas fechas, fueron aflorando miles de casos, algunos de ellos tan terribles como los ocurridos en el orfanato de St. Joseph, en Killkenny, donde uno de los supervivientes de aquel infierno llegó a afirmar: «Ninguno de los niños que pasamos por aquel lugar tuvo suerte. Todos sufrimos. Quizá los más afortunados fueron los que murieron, pues encontraron una vía de salida rápida a su padecimiento. Tal vez eso es lo que deberíamos haber hecho todos: morir».

En un informe realizado por la Comisión Ryan (Commission to Inquire into Child Abuse), sobre los abusos en Irlanda, que vio la luz en 2009, el periódico The Irish Times habla de un auténtico «mapa del infierno irlandés». El 90% de los que testificaron declararon que incluso llegaron a temer por su vida en los momentos de los atropellos. Todos ellos fueron azotados, pateados, escaldados, quemados, vejados, manoseados, violados o mantenidos bajo el agua alguna vez.

En Australia, los casos de pederastia dentro de la Iglesia Católica alcanzan dimensiones escalofriantes (se cifran en un mínimo de 60.000), algunos tan espeluznantes como los del cardenal George Pell o los del sacerdote Gerald Ridsdale, los dos condenados por los abusos cometidos. Ridsdale, en concreto, llegó a violar a una niña sobre el propio altar.

Alemania y Suiza son otros de los países donde las denuncias por abusos sexuales llevadas a cabo por sacerdotes ascienden a centenares. En Holanda, el Informe Deetman, que vio la luz en 2011, estima que en este país decenas de miles de niños han sufrido abusos por parte de sacerdotes en los últimos cincuenta años, y, en Bélgica, los casos se cuentan, igualmente, por millares. En 2010, en este último país, ya se conocían al menos trece víctimas que se habían quitado la vida, y la pareja de una de ellas y otras seis lo habían intentado. El mapa del horror, como vemos, se extiende por todo el mundo. Los afectados, la mayoría ahora de edad avanzada, pues los abusos tuvieron lugar en los años sesenta y setenta del siglo pasado, aseguraban recientemente que seguían luchando contra la tristeza, la depresión, la enfermedad, los remordimientos y el silencio.

CENTROS Y LUGARES DONDE SE SOLÍA DAR LA PEDERASTIA CON MAYOR FRECUENCIA

En el caso de España, durante la dictadura franquista se dieron abusos sexuales en un gran número de internados religiosos que acogían a niños (aunque, en algunos casos, también a niñas), y, especialmente, en aquellos que los tutelaban por encontrarse en distintas situaciones de necesidad. Estas instituciones solían depender de organismos como la Obra de Protección de Menores, Auxilio Social, Patronato de Protección de la Mujer o bien de las Diputaciones Provinciales. Muchos de estos niños eran hijos de rojos que, dada la degeneración sufrida –según el régimen–, había que separar de sus familias para convertirlos a los nuevos valores patrióticos, religiosos y familiares. Por consiguiente, se trataba de purificar la raza española promoviendo un nuevo tipo de ciudadano libre de las debilidades mentales del marxismo. Los castigos en estos lugares eran brutales: «nos hacían comer nuestros vómitos, tras una comida nauseabunda y llena de insectos –cuenta uno de los afectados–; nos quemaban el culo con una vela por habernos orinado encima, o nos tenían minutos interminables en formación con los pies descalzos sobre la nieve».

Los lugares en los que con mayor frecuencia se solían dar los abusos sexuales eran los dormitorios, las duchas, los cines o teatros y las excursiones (en centros vacacionales o en el campo).

 

 

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