Pederastía y religión (2ª Parte)

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PERFIL DE LAS VÍCTIMA

Los depredadores sexuales suelen elegir para sus fines a chicos y chicas muy vulnerables: con problemas de algún tipo, solitarios, deprimidos, que provienen de familias humildes o poco estructuradas o bien huérfanos. Este tipo de niños, no solo son presas más fáciles y manipulables, sino también, en caso de denuncia, menos creíbles.

buzón del lector

La mayoría de las víctimas suelen ser varones, como ya he dicho. Algo que choca con respecto a los casos que se dan fuera de las instituciones religiosas, que suelen ser niñas (1 de cada 4 niñas sufre o sufrirá abusos, mientras que en los niños la cifra desciende a 1 de cada 6). Según algunos expertos, se trataría de una mera cuestión de accesibilidad. Los sacerdotes que trabajaban en instituciones educativas católicas, hasta hace poco segregadas por sexos en la mayoría de los países, han tenido más acceso a niños que a niñas. En otros lugares, donde la oportunidad de intimar con niños o niñas ha estado igualada, como en el caso de las parroquias, vemos que se han dado abusos por parte de sacerdotes con menores de ambos sexos, o incluso solo con niñas.

Respecto a las perversiones pederastas de mujeres, simplemente diremos se conocen muchas menos. Aunque algunas de ellas de lo más execrables, como es el caso de la Malka Leifer, exdirectora de una escuela judía australiana, que ha sido acusada, recientemente, de 74 abusos sexuales a chicas.

 FACTORES

Para Joseph Aloisius Ratzinger (Benedicto XVI, como papa) existen varios factores como causa de este mal dentro de la Iglesia (contra los que habría que actuar con urgencia). Entre ellos, destaca cuatro: procedimientos inadecuados para determinar la idoneidad de los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa; insuficiente formación humana, intelectual y espiritual en los seminarios y noviciados; tendencia a favorecer al clero y a otras figuras de autoridad, y desmesurada preocupación por el buen nombre de la Iglesia. Pero, ciertamente, se pueden añadir algunos más, como, por ejemplo, el celibato (la continua incapacidad de la Iglesia para hacer cumplir las obligaciones del voto de castidad), el estilo de vida elitista, el secretismo interno, su apreciación de inmunidad ante las leyes civiles, la mentalidad de club privilegiado, etc.

En todo caso, la cuestión es compleja. Algunos expertos en el tema llegan a afirmar incluso que la pederastia en la Iglesia no es tanto la manifestación de una inclinación sexual como la reacción propia de unas personalidades inmaduras y narcisistas que buscan satisfacer deseos compulsivos, estrechamente relacionados con expresiones de dominio. Pepe Rodríguez, periodista especializado en sectas y religiones, resume este punto así: «La mayoría de los delitos sexuales contra menores los cometen sacerdotes que no son pedófilos estrictamente hablando, sino personas “no enfermas” que dan rienda suelta a sus impulsos sexuales, aprovechando su posición de poder y la fragilidad de sus objetivos».

La falta de maduración psicológica que presentan muchos de estos sacerdotes se puede deber, según estos expertos, a un ingreso en los seminarios muy temprano (de niños), donde su educación psicosexual, de alguna manera, quedó limitada o truncada. En otros casos, es precisamente esta negación de la sexualidad la que atrae a las personas con problemas psicosexuales adquiridos en otros ámbitos o bien congénitos; sacerdotes que no profesan por vocación o fe, sino simplemente para zafar sus perversas inclinaciones sexuales. En todo caso, el perfil psicológico de buena parte de los abusadores se suele corresponder con el de un hombre egocéntrico, que necesita reafirmación y adulación, inseguro en su identidad sexual, hasta cierto punto aislado de relaciones adultas, con un pobre control de sus impulsos y dependiente e inepto a la hora de manejar su ira.

Como vemos, el problema va más allá de la existencia en el seno de la Iglesia de miembros con tendencias homosexuales, como se ha afirmado durante mucho tiempo; detrás de estas aborrecibles prácticas subyacen cuestiones más complejas, tanto psicosociales como culturales. Para poder atajar las depravaciones, pues, se debe partir de unos razonamientos no basados en prejuicios, sino en hechos; no en estigmatizaciones, sino en análisis.

Desde el siglo II, las autoridades eclesiásticas han denigrado el sexo en todas sus formas, tachándolo de sucio, pecaminoso, impuro y hasta no natural. El celibato, así, se convierte en un estado especialmente noble, al que solo pueden acceder almas puras y castas. Esta creencia ha ido reforzando a lo largo de la historia el sentimiento de casta elegida en los sacerdotes, y, a su vez, ha contribuido a fomentar la crisis de la pederastia, a reafirmar la personalidad narcisista de algunos de sus miembros –generalmente individuos emocionalmente inmaduros que ven al niño como un objeto del que pueden abusar debido a su superioridad– y a fomentar el secretismo que domina la vida clerical –haciéndose muy difícil que un sacerdote denuncie a otro cuando sabe o sospecha que ha cometido un abuso, pues, de hacerlo, dejaría de proteger el estatus de la casta y la reputación de la Iglesia–. Así mismo, al tratarse de delitos sexuales, de algo vergonzoso para la Iglesia, el tema tabú también juega un papel muy importante a la hora de no presentar denuncias por parte de otros miembros del clero.

Curiosamente, la tendencia de la Iglesia a esconder sus miserias sexuales, a no reconocer el problema de la pederastia, contrasta notoriamente con su estricta y dura censura orientada a las costumbres sexuales de los laicos. Mientras proclama (y exige a los fieles) unos principios de pureza moral y santidad extraordinariamente elevados, un porcentaje significativo de sus ministros incurren en comportamientos no solo pecaminosos, sino incluso criminales.

Por otro lado, la mayor o menor asimetría de poder de la Iglesia dentro de cada nación también influye en el número de casos y en la gravedad de los mismos. Si el abuso sexual se da en un país como España, por ejemplo, donde la Iglesia ha tenido (y tiene) mucho poder con respecto a las instituciones públicas, la frecuencia y la gravedad de los abusos será mayor que en países como EE.UU o Australia, donde su poder ha sido (y es) mucho menor.

Finalizaremos este apartado diciendo que en España, hasta hace un par de años, se creía que los abusos a menores no pasaban de ser meras anécdotas, a pesar de lo que ya se sabía del resto del mundo (de hecho, cuando mi novela Inter nos salió al mercado, ya prácticamente en 2018, los lectores se escandalizaron de las atrocidades sexuales que contaba en ella sobre sacerdotes del internado por el que yo pasé). En estos momentos, las denuncias se cuentan por cientos, pero, desgraciadamente, ni siquiera los relatos más aterradores de las víctimas han conseguido sensibilizar a los responsables de las instituciones religiosas ni a los dedicados a la protección de la infancia. Tampoco los políticos, de ningún color, han movido un solo dedo para poner fin a esta lacra o para satisfacer las peticiones de las víctimas, a las que ni siquiera se ha escuchado.

dph

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