Feria El Desván en el recinto ferial de Barbastro. Francisco Molina Solana.
orangutan superior

Llueve, un poco. Al entrar al pabellón casi tanteo los bolsillos de la chaqueta en busca de la entrada. De materializarse esta intención, hubiera sido un acto reflejo inducido por  los vigilantes uniformados en la entrada acotada por indicaciones: asepsia, silencio, orden- eso dice-. Casi palpo el bolsillo para pagar.  Puro reflejo de calidad, de las cosas bien hechas. ¡Esto tiene un precio!-me digo-. Las últimas  ediciones de ‘El Desván’ han sido de entrada gratuita. El esfuerzo en la organización, en transmitir orden, el orden en el ámbito público, sirve para ofrecer al visitante una placentera sensación de protección, con la esperanza de que sea apreciada, yo sí lo veo. La música de fondo se impone ante el tono de las voces.  Este musitar respetuoso, solo lo interrumpe el traquetear de la percusión y el saxo. La elegante melodía del jazz suma, dando un relativo  toque sofisticado. Todo al fin es relativo.

Las transacciones, las consultas, el regateo lógico del trato, son un puro bisbiseo; se escuchan palabras profundas con sordina, con la gravedad que las mascarillas produce en el timbre de las voces. Sondear  los artículos, valorar lo que tenemos, curiosea; comprar, cambiar a veces.

Este encuentro de las antigüedades está en agenda. En la agenda de los que compran y venden. Son tiempos difíciles, pero hay visitas de coleccionistas y comerciantes del gremio que, siempre en buena lid, acuerdan operaciones dentro de la vertiente desembalaje, por la que es muy conocida esta feria. Los franceses  al menor y al mayor, como siempre,  se defienden. Pasillos lentos y espaciados. Nada abigarrado. Buena feria.

En mi caso, como en otros encuentros: tantear los precios para ir cogiendo  ritmo e impronta; tal vez  a corto plazo, si es el caso,  mercadear con las piezas coleccionadas con pasión, al rebufo de la belleza.

dph

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