Reflexiones de una vida

Por Manuel Águila

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…Y me senté por un momento en aquel pedrusco en mitad del páramo mirando hacia donde el  cielo y mar se confunden entre ellos.

Cansado de caminar por aquel sendero bajo la calidez de la tarde rojiza de comienzos de otoño, traté de dar descanso a mi cuerpo, desgastado y maltrecho por el azote de los años de toda una vida. Sequé el sudor de mi frente con el arrugado pañuelo mientras miraba fascinado a mi alrededor, deleitándome por toda la belleza natural que me envolvía.

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De repente y sin esperarlo, miré a mi lado, y como una visión que llenó todo de amor y ternura sin límite, ahí te encontré, sentado junto a mí, con tu cabello ondulado y revuelto y tus anticuadas ropas, sujetando un raído balón de cuero, mirándome con tu infantil rostro travieso pero noble, sonriente y cariñoso, pero sobre todo y muy especialmente, ingenuo y puro.

No podía creerlo, permanecí estupefacto durante unos segundos. Allí estabas conmigo como en una especie de espejismo maravilloso. Incluso llegué a pensar que estaba teniendo alucinaciones, tal vez producto del cansancio físico, quizás por el sol intenso de toda la jornada o incluso debido a un desmayo, quién sabe.

Por eso cerré mis ojos, conté unos segundos y los volví a abrir, mirando de nuevo hacia donde te  encontré al principio. No había duda, no eras una alucinación, ahí seguías junto a mí.

Estabas sentado, mirándome curioso y vivaracho, jugueteando con el balón entre tus manos y  moviendo alegremente tus piernas, atento a mi reacción. Yo continuaba boquiabierto, apenas podía articular palabra alguna. Fue por este motivo que, al ver mi reacción, al cabo de unos  instantes, te decidiste a romper el silencio.

“Hola, ¿cómo estás?” me preguntaste con tu linda vocecita. Yo, aun tratando de sobreponerme, te contesté un discreto e inseguro “bien”. No me culpes, fue todo un sobresalto tu presencia.

Me dijiste tu nombre y seguidamente preguntaste por el mío. Tu ingenuidad hizo que te sorprendiera que coincidiesen, a mí en cambio, no tanto. Tras responderte de nuevo, quisiste saber cómo había sido mi vida hasta la fecha y si había sido feliz.

Esa fue una pregunta muy profunda. No supe exactamente qué decirte, de hecho, apenas podía pensar por dónde comenzar mi respuesta. Ha sido una larga vida, llena de alegrías y tristezas, de decepciones e injusticias, pero también de amor y felicidad. He conocido lo mejor y lo peor del ser humano, he podido sentir en mi piel, en mi alma, muchas experiencias, muchos cambios y etapas, a veces a mejor y otras no tanto. A menudo me he sentido casi indestructible, pletórico y  totalmente confiado de mis posibilidades, otras en cambio, me he sentido terriblemente frágil, desolado y sin esperanza.

He amado y me han amado. He conocido el profundo y protector amor de una madre, de una  familia, la experiencia indescriptible de ser padre de dos hijas realmente maravillosas, por las cuales entregaría mi vida sin dudarlo ni un instante y a las que amo de forma casi irracional, y que, sin duda alguna, serán mi más preciado legado para este mundo cuando yo me vaya.

He experimentado el amor, en su faceta más espiritual y romántica como carnal y apasionada. He podido sentir el embrujo que la belleza de una mujer puede ejercer en un hombre como yo, el éxtasis, el atrayente perfume de su cuerpo envolviendo mágicamente mis cinco sentidos. De la misma forma, conocí la belleza del amor puro como acto de entrega total.

He llegado a odiar, cosa de la cual no me siento particularmente orgulloso. He herido en ocasiones a personas nobles y de buen corazón, y también me han herido otros muchos que no lo eran tanto, o que quizás en su momento actuaron simplemente de forma equivocada inconscientemente. O de forma intencionada. Qué importa ya a estas alturas… a ellos va dirigido mi perdón más sincero.

He cometido muchos errores, aunque afortunadamente acerté en otras ocasiones. Cambiaría muchas decisiones que tomé, traté de aprender de ellos para no volver a fallar. He salido victorioso de muchos retos que me ha puesto la vida en el camino al igual que he sentido el amargo sabor de la derrota y la humillación, incluso llegando a veces a sentirme atrapado en el fondo de un interminable pozo negro y frío del que no veía ninguna salida posible.

En definitiva, ese soy yo, con mis valores y mis ideas, a las que no quiero nunca traicionar, con mis experiencias, buenas y malas, que han forjado día tras día el hombre en el cual me he acabado convirtiendo, con mis virtudes y defectos, mis altos y mis bajos, mis fortalezas y miserias, pero siempre tratando de hacer todo lo mejor que humildemente sé y procurando aprender de mis desaciertos para no hacerme daño ni a mí ni a los que me rodean, y aunque en otras épocas me he sentido turbulento, agitado y lleno de desasosiego, hoy por fin puedo decir satisfecho, que mi alma está llena de paz y completa y mansa quietud.

Absorto en mis palabras y pensamientos, cuando acabé de responder esa pregunta tan profunda, miré a mi lado y ya no estabas… te fuiste sutil y sigilosamente, con esa candidez con la que viniste… bien sabe el cielo que hubiera querido haberte dado mil y un consejos, ayudarte e instruirte de algún modo para el largo sendero a recorrer. En definitiva, poner mi granito de arena  para que fuese un trayecto menos pedregoso y lleno de fatalidades, pero desapareciste para no volver.

Sólo quiero creer que después de oírme, quedaste satisfecho de mi respuesta y con la calidez de aquella tarde de otoño, te esfumaste despreocupado jugando con tu viejo balón, como eras, alegre, travieso y sonriente, pero sobre todo, ingenuo y puro.

dph

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