Teatro Principal de Barbastro. Manuel Tomás Cortés

De las cosas que se pueden hacer en un lugar oscuro con un montón de extraños sin que algún remilgado encienda las luces exigiendo organización, ver cine es, sin duda, la  mejor. Antes, para ir al cine hacía falta algo de tiempo y un poco  de dinero. Ahora hace falta también que esté abierto, pandemia  o comunismo genocida  perroflauta misántropo leninista venezolano obligan,  convengo ecuánime. Y no era hasta  la salida cuando uno se descubre transformado, cuestionado o embriagado, pero eso mismo  pasa  también en los bares. Noches más tarde vuelves otra vez, soñando con encontrar otra gran noche rafaeliana (el renacentista no, el otro), pero casi nunca pasa. O no pasa igual. O pasa igual, pero  ya no es lo mismo. También en los cines. Y es algo que  utilizan muy bien los partidos bardofranquistas: cualquier tiempo pasado fue mejor y ya nada es lo que era, ni la nostalgia, ni los tomates del huerto, ni tampoco Inés Sastre, aunque todo eso sea únicamente el poder del tiempo y el laboreo del olvido, que decía el maestro.

Al margen de ciertas filas de irreverente reputación donde, aseguran, se comparten tibias humedades, en los cines lo que de verdad compartes es silencio y oscuridad, salvo importantérrimos ilustres que miran el guasap durante la sesión, no vaya a ser que les hayan publicado por fin la gran novela americana mientras veían la película. Eso pensaba hasta que de reojillo puede ver a mi vecino de butaca escribir antes de irse en una de Kiarostami: Piluchi, pon a calentar las acelgas que no aguanto el cine mudo. Al menos se fue a cenar a casa, no como los que van al cine  a ponerse como el chico del esquilador. Y es una  pena, porque es un espacio en el  que todo el mundo ha vivido emociones  intensas, que ha generado recuerdos inmarcesibles o del que un día, simplemente, se sale siendo otro. Por eso, cuando se derriba una  sala de cine y entra la luz del sol se produce un sacrilegio, se desvanece un misterio y huyen de ese lugar todos los personajes que, paradójicamente, también eran solo  luz.

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Mientras, las plataformas audiovisuales televisivas exterminan a las salas de cine  ofreciendo un producto de consumo fácil y de imprecisa calidad que no deja de ser otro chupete digital. Emergen así los sofáinomanos, felices consumidores de historias sin brújula, colonizados por una visión del mundo que pretende ser sofisticada y se queda en  entretenimiento pop. Sorprende esa pretensión de aniquilación que el mundo audiovisual lleva implícita, como si debiese desaparecer lo anterior para que lo nuevo pudiese implantarse. Sería suficiente con entender que son emociones diferentes, que incluso  cuando el producto es el mismo la experiencia es totalmente distinta, que es necesario compartir oscuridad para ver la luz. También el cine, como la literatura, es solo esa cerilla que no ilumina apenas nada, pero que permite ver cuánta oscuridad hay a su alrededor, Yoknapatawpha mediante.

En esencia al cine se va como se va a misa, pues son liturgias que implican devoción, misterio  y cierta búsqueda de redención. Es lo que Nucio Ordine denomina la utilidad de lo inútil, “la perentoria necesidad del arte, la literatura, la historia y la filosofía en nuestro mundo hipertecnologizado y obsesionado por la economía de lo inmediato”. Triunfa, no obstante,  la apología del analfabetismo, la defensa de una visión del mundo en la que la cultura no tiene cabida por ser, al parecer, improductiva y prescindible. Hay una entrevista de 1997 a Camilo José Cela que vaticina nuestra situación: fue preguntado por cuál era el problema español que más le preocupaba y respondió que la mayoría de los problemas terminarían algún día, pero que la eliminación de las humanidades de la enseñanza tendría consecuencias irremediables. Y vamos para bingo.

dph

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