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Dónde puedo comprar un corazón, preguntó. La madre lo miró sorprendida. Este chico, qué poco caso le hago, ¿se habrá enamorado?, y guiñándole un ojo le preguntó: ¿Para hacer un regalo por San Valentín? No, un corazón de verdad. ¡Me ha salido poeta!, se relamió de gusto, cada vez más intrigada. De cordero. El profesor de biología nos ha mandado comprarlo para disecarlo en clase. ¡Ah!, pues en una casquería, entonces, pero querrás decir para diseccionarlo, ¿no? ¿O es que os enseñan técnicas de embalsamamiento, ahora, para estudiar el antiguo Egipto? Le gusta jugar con su niño, reírse con él, tomarse con humor la vida y las palabras que comparten.  ¡Qué es una casquería, eso dónde lo encuentro yo, que lo necesito para el lunes, para diseccionarlo o lo que sea, pero para el lunes! Vete al mercado, hombre, hay varios puestos, basta con que mires los rótulos. Y al rato vino con un paquete tan primorosamente sellado como solo el esmero de una casquera de mercado de los de toda la vida podría haber envuelto.

Parecía un regalo. Y lo era.

Cuando lo abriera, el chico empezaría a comprender el funcionamiento de su propio corazón. Llegaría a la conclusión de que aquel órgano comprado en la casquería era similar al que latía en su pecho. Tengo también un corazón, se diría, con aurículas y ventrículos como los de un cordero. A esa conclusión querrá sin duda llevarles el profesor de biología: delante de  vuestros ojos está lo mismo que tenéis por dentro.

No podré nunca mandar a mis alumnos a comprar oraciones subordinadas o perífrasis verbales al mercado, se lamentó la madre, profesora de lengua, para sus adentros. ¿Cómo podré, pensó, convencer a mis propios alumnos de que también las tienen dentro, que son parte de ellos como lo es el corazón, y que lo que hacemos en clase cada día no es otra cosa que diseccionarlas, aunque no vengan envueltas en ningún impecable paquete que impida que se escurra su textura y su sangre?

Por lo menos, rió, ninguno de sus alumnos volvería a su casa comentando: ha sido asqueroso.

El lenguaje es un órgano del hombre, les dirá el lunes. El órgano que permite hablar al cerebro, decir lo que siente al corazón… Y  no sólo por San Valentín.

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