Imagen de Barcelona.

 “Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar… “

José Ortega y Gasset ante las Cortes Generales de la II República, el 13 de mayo de 1932, en la discusión del proyecto de Estatuto para Cataluña.

NAVIDAD GOB ARAGON mitad

En las recientes elecciones de Cataluña, si comparamos sus resultados con los del año 2017 todos los partidos se han chamuscado, algunos más que otros, excepto el PSC, Vox y CUP.  Los partidos separatistas se han impuesto por holgada mayoría, pese a perder votos a chorros: Esquerra Republicana ha perdido 332.254; el evadido Puigdemont ha perdido 380.231. Y los de Podemos “a la catalana” 131.734, habienndo quedado  por detrás de Vox y la CUP; ésta última casi ha igualado al año  2017. Los dos partidos independentistas más importantes han perdido 712.485 votos, y si lo comparamos con el referendum de 1-O, donde dijeron haber obtenido 2.300.000 votos,  han perdido un millón. Por su parte el partido de Arturo Más, el gran acelerador del empujón independentista, ha recibido 77.059 votos, el 2,72%. Sólo el PSC ha aumentado en votos,  además de Vox.

Las comparaciones de PP y Ciudadanos sobre el 2017 pueden calificarse de humillantes.

Todo apunta a que el próximo presidente de Cataluña será el independentista Pedro Aragonés,  cuyo abuelo fue franquista y su padre concejal de CiU (como independiente). En  su rueda de prensa en la noche electoral se dirigió a la prensa internacional exigiendo a España “Sit and Talks” (en lugar del correcto “Sit and Talk”, siéntate y habla)

El resultado electoral no debe extrañar  porque es fruto de un largo y detallado  lavado y aclarado ideológico, de ingeniería social, ideado por Jordi Pujol, el mayor corrupto de Europa de las últimas décadas; el  hijo de Florencio Pujol, contrabandista de dinero en Tánger, y condenado por ello en España, cuando aquella ciudad era internacional y por sus calles se paseaban estrellas de Hollywood, con abundantes dólares en los bolsillos.

Durante muchos años para que los gobiernos del PSOE o PP pudieran ocupar la Moncloa debían pactar con Jordi, que cobraba sus diezmos, o alcabalas, a mayor rédito que su padre en Tánger. Entre aquellos gobiernos de Moncloa y Generalidad se pactó “yo te dejo hacer lo que quieras en Madrid y tú no interfieras en lo que yo hago en Barcelona”. Y no satisfecho con tal impunidad el pequeño catalán  impuso al gobierno de España, año a año,  un rosario de caprichosas e insaciables exigencias,  propias de un monarca medieval, con motivo de la aprobación de los Presupuestos Generales: no le gustaba la denominación “Paradores Nacionales” y hubo que trocarla en “Paradores”; no le gustaba que el castellano denominara Lérida y Gerona a esas ciudades, y nos impuso su denominación catalana…; el archivo de Salamanca lo desmenuzó y cuarteó para llevar parte a Barcelona, sin permitir si quiera  que fuera antes fotocopiado…  Que yo recuerde sólo hubo un capricho que Mayor Oreja no admitió: que las matrículas de los vehículos de Cataluña llevaran  CAT en lugar de E.

Quizás algún diá se sabrá qué condiciones imponen los partidos nacionalistas para aprobar los Presupuestos del Estado: un año Pujol exigió la cabeza de Vidal Cuadras, que le fue servida en bandeja de plata; otro año Ardanza exigió la de la joven Abogada del Estado Macarena Olona, que molestaba con su firme actitud contra los homenajes   a etarras… Un alto cargo socialista en la Moncloa, en tiempos  de ZP, se extrañó de la obsesión de los políticos catalanes por perjudicar a Valencia en los Presupuestos, limando   sus partidas de inversión ( para reducir la competencia de sus vecinos)

Yo viví en Cataluña cuatro años, a mediados de los 70,  y conocí una sociedad abierta, adelantada y alegre, tristemente desaparecida; aprendí el catalán porque se hablaba simultáneamente con el castellano, sin limitación alguna. Era común que un catalán  empezara la conversación en castellano,  sin querer pasara al catalán, al acordarse de que yo no lo hablaba cambiar de nuevo  al castellano, y cuando se despistaba para mirar el reloj o saludar a alguien, retomar su discurso en catalán… Hoy en día hay policías escolares para impedir que los niños hablen castellano en el recreo.

Es mentira que fuera una lengua perseguida o prohibida y esa mentira ha servido de trampolín para construir un agravio como detonante de esta explosión separatista. Por ejemplo, en las elecciones de 1971 a las Cortes, cuatro años antes de morir Franco,  las fachadas lucían carteles electorales  en catalán.

 

Carteles electorales a procuradores en las Cortes franquistas de 1971. Barcelona.

El sentimiento catalán que yo conocí no era independentista, ni mucho menos. En las primeras elecciones democráticas de 1977, el único partido que se presentó como independentista obtuvo 6.411 votos, menos que la Falange.

Aquel sentimiento catalanista era una mezcla de emociones románticas que bebía de muchos vientos: la belleza de las entrañables sardanas…, la emotiva hermandad que surge de su baile, con las manos enlazadas a las de  cualquier desconocido…, el uniforme canto  de tantas  corales catalanas…, la particularidad estética de su modernismo arquitectónico…, y también las educadas y cívicas costumbres  de sus gentes: “Archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros”, definó Cervantes a Barcelona. A esa crema catalana añádase lo más sagrado que era el Fútbol Club Barcelona que disparaba entre sus gentes una mezcla de orgullo, sacramentalidad, fanatismo contenido y emoción comunitaria. Algo difícil de entender para un foráneo.

Después de comer  tomábamos café en la Peña barcelonista. El propietario era un hombre bonachón y educado, de unos cincuenta años, que sabía que yo era del Madrid, y nos llevábamos muy bien, con asiduas bromas y chascarrillos. Acostumbraba a vestir humildemente, con un jersey verde en el invierno. Pero su temperamento bonachón y la imagen humilde de aquel hombre experimentaban un cambio radical los domingos que había partido en el Camp Nou: al otro lado de la barra de la peña ,con sus amigos,esperaba el autobús que les conduciría al estadio; esperaba muy serio, como todo el grupo; vestían como para una boda, con traje y corbata, elegantes, repeinados y entufados de colonia; sus rostros evidenciaban alta tensión y gravedad por el incierto resultado del partido…. En el hojal de las solapas  lucían doradas y brillantes  insignias club. Algún socio la llevaba envuenta en una pequeña y preciosa orla con las cuatro barras catalanas, también de oro…. En aquella tensa espera del autobús no era apropiada ninguna broma, ni comentario inoportun; aquellos entrañables culés de entre semana se habían mudado en seres  graves y de  trascendencia irreconocible. Faltaba poco para entrar en el Templo.

A nivel político aquel sentimiento catalanista lo reflejó el cartel electoral del economista Eduardo Tarragona, cuando se presentó al Senado en 1977. Su objetivo era que los soldados catalanes hicieran la mili en Cataluña, porque: “las familias catalanas que tienen sus hijos prestando el Servicio Militar fuera de Cataluña sienten la angustia de tenerlos lejos de casa, piensan en su soledad durante los días festivos, en el problema del lavado de la ropa y sienten la preocupación de que se encuentren enfermos a cientos de kilómetros de casa”.

Ya dijo Azaña que el catalán, como pueblo mediterráneo, es muy emocionable.