ciudadanos

Tras la breve presentación que os hice de mi persona y contaros cómo era Barbastro por esta época, es el momento de explicar el motivo de mi viaje y el final de mi historia.

Mi señor Enrique VIII me había encomendado la misión de seguir al Emperador Carlos I e ir limando las asperezas con la corte imperial, pues la antigua alianza sellada entre ambos monarcas contra Francia se resquebrajaba a pasos agigantados. El motivo recaía en el repudio del rey Enrique a Catalina de Aragón, tía del emperador, y su más que futuro divorcio tanto de ella como de la Iglesia de Roma que se lo impedía.

GOB ARAGON surge

Desafortunadamente para nuestra causa la estrategia seguida no fue la correcta. Intentado convencer al Papa de que aceptase que el divorcio era justo y el rey Enrique se podía casar con Ana Bolena sin ningún problema se perdió un tiempo precioso. El embajador de Carlos I en Londres, Chapuys, ya había malogrado cualquier opción de éxito pues entre esas misivas le contaba la herejía que cometía el rey inglés nombrándose a sí mismo como jefe de la Iglesia inglesa, los tejemanejes con el rey francés y sobre todo daba voz a la reina Catalina quien contaba a su sobrino las vergüenzas y penurias que estaba pasando.

Llegué a Barcelona en junio y hasta la apertura de las sesiones de Cortes en Monzón, las noticias provenientes de Inglaterra ya corrían por las tierras del emperador, la farsa de un juicio orquestado donde Catalina fue humillada, casi sin ningún valedor, y apartada del título de reina y su hija María de la sucesión. También se contaba la historia del matrimonio secreto de mi rey Enrique con Ana Bolena e ilegal a los ojos de los católicos.

Lo que me encomendó mi rey era un imposible, intentar contradecir los informes enviados por el embajador español, poco más o menos decir que Catalina no decía la verdad e intentar convencerles que el divorcio era legal y que Catalina y María no habían sido maltratadas ni humilladas. Realmente yo sabía que mi alegato era falso, máxime cuando conocía que la reina Catalina había salido aclamada por el pueblo y denostada por los señores ingleses.

Pero lo peor estaba por llegar, era ya diciembre y debía anunciar el nacimiento de Isabel, hija de Enrique y Ana Bolena, y que los hijos de esta unión prevalecerían sobre los derechos de María.  El escándalo estaba servido, la paciencia de aquellas personas ya se había agotado, tan rápido como la posibilidad de que pudiese arreglar algo. Los gritos de los presentes en la última reunión atronaban por toda la estancia, creo que se podrían haber oído por todos los dominios del Emperador, aquellas palabras llenas de enfado y desprecio ¡¡traición, traición apostasía, guerra y justicia! se amontonaban junto a las miradas de ira y desdén que se me quedaron grabadas. Entre todas ellas la del Emperador, sentado en su silla, hastiado y cansado de las largas sesiones de cortes, sus viajes y conflictos por toda Europa intentando cumplir su cometido de mantener unida la Cristiandad.

Llevaba días encontrándome mal, los médicos de la corte me trataron con cortesía, pero tampoco con la diligencia deseada, a pesar de ello el Emperador me envío las medicinas necesarias. Pero nada hizo efecto, ciertamente en esta época se podría fallecer de varias causas, la disentería era una de las más comunes, pero no se conocía ninguna epidemia desatada ni ninguna gran mortandad por esa causa en ese momento.

Fallecí y fui enterrado en Barbastro, ciudad que elegí según demuestra mi testamento realizado el 29 de diciembre de 1533.

Mis restos se enterraron en la iglesia de Santa María de Barbastro y los mismos barbastrenses que por aquella época ya habían terminado de construir su iglesia mayor, actual catedral, fueron quienes me quisieron quitar la sepultura que aquí tengo, por ello el emperador les escribió durante siguientes Cortes de Monzón, en 1537, para que se respetase su voluntad… y la mía.

Para consultar los capítulos anteriores:

Capítulo I

Capítulo II

dph

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here