Si por un azar de la historia me viera privado de todos los avances tecnológicos de los últimos ciento cincuenta años, sin duda mi primera preocupación sería  procurarme  fuego.  Salvada la dificultad nada desdeñable de conseguir un fragmento de pedernal, o si esta azarosa situación me permitiese utilizar hierro, mi siguiente objetivo sería hacerme con  yesca que prendiera con las esquivas chispas.

Tendría que encontrar uno de esos grandes hongos yesqueros (Polyporus fomentarius) que crecen en los troncos de chopos, parecen casco de caballo y tienen apariencia leñosa color canela o blanco abedul. Ya sólo me faltaría un poco de suerte y paciencia para que una chispa prendiera en la fina tela que debiera extraer del hongo. Si además quisiera disfrutar de iluminación portátil y cómodo mantenimiento tendría que preparar una candela o un candil.

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Me parece más sencillo el candil. Un poco de aceite o grasa, un contenedor pequeño y la mecha. Para la mecha tendría que retorcer las hojas o los tallos finos de la “candelera” (Phlomis lychnitis). Es fácil reconocerla porque en sus tres palmos de altura muestra hojas enfrentadas por pares, alargadas con ápice agudo, estrechas, cubiertas de una borra de color blanco sucio. Las flores son de llamativo amarillo, agrupadas y sentadas en las axilas de las hojas, como si toda la planta fuera un candelabro de varios pisos y numerosas llamas.

¿Dónde buscaría esta planta?  En el Somontano no es difícil encontrarla siempre que pensemos en un lugar seco, soleado, de suelo margoso, arenoso  o mejor un cheso de los que por aquí abundan. Por ejemplo, me acercaría a la falda sur de El Pueyo, allí donde el suelo mezcla arcillas y areniscas, y comienzan a brillar los grandes cristales de yeso. Caminaría por esta sarda donde antaño hubo carrascas (Quercus ilex) y chinebros (Juniperus oxycedrus) que ahora están diseminados y solitarios por la ladera que señorean aliagas, alatiernos (Rhamnus alaternus) y artos (Rhamus lycioides). Donde el raquítico suelo mantiene clavelillos (Dianthus pungens) o diminutas jarillas (Helianthemum violaceum, Fumana ericoides). Buscaría un lugar abierto donde florecen jacintos (Brimeura amethystina,Dipcadi serotinum) y arañuelas (Nigella damascena), o donde muestra sus colores pastel la hermosa flor siempre seca de Xeranthemum innapertum.

Seguro que por allí tiene que haber alguna mata de candelera. Pero qué digo, si estamos en febrero… tendré que mirar con atención porque todavía no han despertado las plantas del letargo invernal, y la candelera solo mostrará algunas hojas a ras de suelo. Hasta mayo no habrá flores. Y yo no puedo esperar a mayo para hacer fuego.

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