Carolina Darias.

Me llamaron muchas cosas y ninguna buena. Cuando se me ocurrió decir que el sistema de sanidad español era el más eficiente del mundo. Y mantengo que lo fue hasta 2013, en el que los reajustes económicos crearon las primeras fisuras. Ese mismo año, Bloomberg, uno de los mayores y más acreditados asesores financieros y bursátiles de hoy, inició sus evaluaciones de la sanidad, pilar básico del bienestar y de la economía. En el balance de 2017 ya nos recolocó en tercera posición mundial y primera de Europa. 2018 reinició la lenta caída, aunque nos mantuvimos entre los diez primeros hasta el covid. Ahí llegó el desplome. Vamos por el puesto dieciséis y cayendo. ¿Hasta cuándo? La primera posición actual de Singapur puede ser un detalle anecdótico, como la privilegiada de la muy isleña Nueva Zelanda. Pero que países con complejidad sanitaria de primer orden (Italia, China o Israel) se nos hayan colado por delante es un mensaje a nuestra capacidad de reflexión. Y que la vecina Francia se haya puesto un paracaídas de plomo, antes de dar su salto a las profundidades, no es una razón lícita a esgrimir. Mal de muchos, ya se sabe, epidemia.

El pilar de carga que nos va sujetando es la esperanza de vida, líderes (con Japón y Suiza) en la horquilla 83-84 años. Y cercados por circunspectos educadores que pretenden enseñarnos como comer, como dormir, como trabajar… Los burros enseñan a los profesores lo foráneo. Paciencia, compatriotas amados, pero complejos ¡nunca!

NAVIDAD GOB ARAGON mitad

¿Y qué tenemos en contra? Han destacado dos factores por encima de otros: la excesiva injerencia de la política en la gestión de la pandemia y nuestra alta tasa anual de mortandad, que supera el 1,5 por mil con números además maquillados. Europa se queda en el 1,25 por mil y con números protestados, especialmente por el colista de la gestión, Bélgica, que dice han imputado como víctimas del covid todos los ancianos fallecidos en sus residencias. Evidentemente, con covid o sin covid, la mortandad de los ancianos siempre ha sido bastante superior a la media, y no se entiende bien su prioridad. Con movilidad muy reducida o casi nula, el anciano no contagia. Es contagiado por los accesos y por los que acceden. Prioricen la vacuna a ésos, a cuidadores, sanitarios, profesores, caras al público y a esa especie de chicos para todo (para todo lo arriesgado) que son policías, bomberos, militares… Y cumplan la agenda. Ya han sembrado los rumores bastante desconfianza sobre le eficacia de la vacuna, especialmente la AstraZeneca, para encima aumentarla con continuas actualizaciones.

Ahí tiene, señora ministra de Sanidad, su primer y gran desafío. Le pedimos que dedique a la sanidad todo su tiempo y toda su energía. Ya hemos tenido suficientes ministros pluriempleados, el último dedicado prioritariamente a las elecciones catalanas y en algunos ratos a la sanidad. Sólo hay un objetivo válido en esta guerra: erradicar la enfermedad. Lo otro son tratamientos sintomáticos, paños calientes y, por desgracia, un indeseable número de víctimas que quedarán en el camino.

Le pedimos que aleje las prioridades políticas de la agenda sanitaria, dejando el trabajo a expertos de la comunidad científica, que, aunque no lo sepan todo respecto a un enemigo nuevo, saben más que los otros. Seguro que no hubieran permitido que los héroes sanitarios hubieran estado autofabricándose mascarillas con bolsas de basura, mientras todas las armas que les daban para su guerra era una ovación a las 20 horas. Le pedimos que descalifique el miedo como estrategia. Sancionen a los imprudentes, pero teniendo claro que el miedo no es la prudencia y es fácilmente compatible con la pobreza y absolutamente incompatible con la libertad. Acaben con esa pútrida dicotomía que defiende que vivir sin libertad es necesario para vivir más tiempo. Acaben con los estados de alarma, que para nada le han servido a la sanidad y sí a otros fines espurios en economía o enseñanza, algunos tan inexplicables como masacrar autónomos. Detenga el ventilador del estiércol, que proyecta el miedo y la necedad, con el objeto de cegar los ojos de la gente ante los verdaderos problemas.

Necedad es decir “más contagian las procesiones”, como si esto fuera un concurso de vías de contagio y no una urgencia de cortarlas todas.

Necedad es perseguir a los que han ido por delante a la vacunación. Un número largo de líderes mundiales lo han hecho, precisamente para vencer las reticencias que los sembradores del miedo le han creado al ciudadano sobre la eficacia de la vacuna. Hay que explicar a los españoles – dice la señora embajadora de Israel en España – el sentido de urgencia que la vacunación tiene. La seguridad pública depende de que el que tengas enfrente también esté vacunado. Ojalá la mitad de los españoles hubieran podido irse ya a vacunar, a Israel, a China, a Dubái o a las antípodas.

Necedad es no aprovechar, en medio de esta crisis, todos los recursos que el arsenal terapéutico ofrezca, incluidos hospitales privados. Aragón mejora con lentitud una situación que probablemente agravó por el trato a los temporeros, pero le cuesta bajar del 2,5 por mil. Madrid se vio arrasada por las consecuencias del 8 de marzo de 2020, reaccionó y sacó adelante en tiempo record el Zendal, una obra magnífica a imitar y sobre la que personajillos de quinto orden se dedican a verter su hedienta baba, probablemente porque no saben hacer otra cosa. Le pedimos, señora, su influencia para eliminar estas actitudes políticas y centrar a todos en lo que el pueblo necesita.

Leo que la insumisión popular hacia las medidas restrictivas está creciendo en España a causa del desánimo. Japón, una de las naciones que nos ha superado en el ranking, no tiene estados de alarma, no decreta confinamientos ni cierra actividades. Su “situación de emergencia” sólo aconseja a sus ciudadanos. Y éstos, en gran mayoría, siguen los consejos porque lo que sí tienen es un gobierno que les merece credibilidad. Conseguir eso, señora ministra, sí es una tarea prioritaria que debe incluir en su agenda.

Se lo pedimos por favor, pero con urgencia. Nos hace a todos mucha falta.

 

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