Varios

Sería en 1978, mi hermano José tenía recortados por la mesa algunos artículos de la Nueva España – actual Diario del Alto Aragón -, le pregunté y me contó: «Están escritos en aragonés, una lengua a punto de desaparecer«, me los miré con curiosidad, los firmaba Ignacio Almudévar, de Siétamo. El caso es que yo pasaba algunas tardes en casa de aquel albéitar semontanés, jugando con Manolo e Ignacio, dos de sus hijos con los que solía salir al monte. Salir al monte, extravagancias en aquellos tiempos de mosen Rafael Andolz que, además de publicar su inestimable Diccionario Aragonés (1977), le dio para sembrar la provincia de grupos de scouts (¿Al monte? Si te pagaran no irías...). Andábamos pues navegando montañas  con Ignacio y Manolo, y no sospechaba ni que su padre hablara una lengua de la que nunca nos habían informado, ni que nosostros mismos la usáramos sin ser conscientes.

Me acerqué pues por el Consello d’a Fabla Aragonesa, en el Palacio de Villahermosa de Uesca. Allí conocí a una buena representación de estas tierras de aceite y vino, Chesús de Bierge, Chusé Mª de Lo Grau, Luis Pietro de Lezina, Bizén de Nabal… empeñados todos en fer rechitar esta lengua nuestra. A sus esfuerzos se sumaron gentes de muchos lugares de la comarca, de Balbastro, de Estadilla, Pozán, Salas, Abiego, Castillazuelo, Alquezra, Adagüesca, etc. Y en esto llegó A Lueca, de Juana Coscujuela, una novela imprescindible para entender la vida de quienes nacieron en la primera mitad del pasado siglo. Se publicó en 1982 y se convirtió en un hermoso bestseller altoaragonés. Una historia, me pienso, que rechitó con rasmia en los imprescindibles trabajos de Chesús de Mostolay, en su increible Alcordanzas de San Pelegrín o en el monumental diccionario El Aragonés en el Semontano de Balbastro. Se recuperaron escritores caídos en el olvido, como Cleto Torrodellas de Estadilla o Pedro Arnal Cavero, desde Alquezra. Publicaron sus obras Pablo Recio, Fabián Castillo, y surgieron nuevos autores a lo largo de la comarca. Y allí seguimos.

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La lengua es una parte fundamental del patrimonio cultural pero, a diferencia de la arquitectura no se puede delegar su conservación, no podemos dejar que otros restauren y mimen los monumentos lingüísticos, cada hablante es una piedra que conforma el edificio, y si sus piedras fallan, éste se espalda. En ese aspecto se asemeja a la biodiversidad, si falla una especie, el ecosistema se resiente, y si fallan los ecosistemas, las lenguas, la vida se compromete.

Somos una especie simbólica, hemos sobrevivido creando, imaginando, desarrollando conjuntos de símbolos que se expresan por medio de una diversidad de lenguas. Somos responsables de conservar y hacer florecer la naturaleza y la cultura, empezando por la lengua que nos ha tocado en suerte, en este caso, el aragonés. No es una tarea fácil en un mundo globalizado y uniformador que, a base de simplificar paisajes y pueblos, parece ser nos lleva al ocaso de nuestra especie, del Homo autodenominado sapiens. Recuperar a parraleta, l’alquezrana, ro cluchigüesos, as carrascas y ra nuestra luenga ye resistir y empentar a bida, ra nuestra y ra de ros demás. Y allí seguimos.

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