Verónica Román, autora del artículo e hija de Victoré Román.

Los espejos de la sastrería Román estuvieron expuestos desde 1956 a 1992 en pleno centro de Barbastro, siendo testigos mudos de una época en la que se pasó del Seat 600 al AVE. Se dice pronto. Un artículo de Verónica Román aparecido en la versión de papel de este mismo medio hizo que los alumnos de primer curso del Ciclo de Realización Audiovisual viesen una idea que podía ser un documental, un hilo del que tirar, la hormigueante sensación de tener una historia entre los dedos.

 

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Casi dos generaciones de barbastrenses se vieron reflejados en los espejos de Román y forman, aún hoy, un espacio común en la memoria colectiva de aquellos niños, ahora adultos. Era en aquel tiempo analógico y febril, cantaba Pecker este sábado, definiendo una tecnología y una emoción que ya solo habitan en la memoria. Será porque la infancia es la edad del aprendizaje, el único período de la vida en el que vemos las cosas por primera vez y cada día es diferente a los demás. Esos espejos hablan del juego y de la libertad, de no estar en casa, pero también de la calle como espacio compartido de juego, de la diversión como motor de desarrollo y, especialmente, de aquello que era propiedad privada, pero terminaba siendo de todos. Contaba José Agustín Goytisolo que encontró a un mecánico en un taller cantando Palabras para Julia y al preguntarle dónde la había aprendido le contestó que era muy antigua, que ya la cantaba su abuela. Salvando las diferencias, ocurrió lo mismo con los espejos de Román: lo privado que termina siendo colectivo, que pasa a ser del pueblo, mientras es moldeado  por las inestables fronteras de la memoria.

 

Dicen que la nostalgia nos hace pésimos mercaderes, que estaríamos dispuestos a cambiar todo el presente y todo el futuro por un solo instante del pasado. Será porque en la infancia todo era distinto y es el único lugar en el que, cuando volvemos, todo está en su sitio. Esos espejos definen un mundo que ya no existe, pero que todavía pertenece a quienes se reflejaron en ellos, testigos de un tiempo en el que la calle era la casa y la vida sucedía sin tener que poner el cargador. Lo dijo el escritor Leslie Poles Hartley: El pasado es un país extranjero, allí las cosas se hacen de otra manera.

 

Esta es la historia de esos espejos o, al menos, una de ellas.

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