Vivimos en una constante lucha ente nuestra mente y nuestro corazón. Es así como se originan los conflictos emocionales internos.
Durante nuestros primeros años nuestras figuras de referencia nos hacen sentir que no es aceptable expresar dererminadas emociones como por ejemplo la ira o la tristeza. Algunos niños crecen con frases como: «los niños no lloran», «no llores que te pones feo/a», » si gritas mamá se pone triste» , «como te vea así papá se va a enfadar…» Muchos padres y madres no toleran ni saben gestionar determinadas emociones porque en su entorno familiar no eran bien vistas y actuan desde su sistema de creencias dominados por su propia herida. De este modo se invalida lo que el niño siente con frases como «haces teatro», se les ridiculiza, se les ignora o se les castiga. Es así como de niños aprendemos a reprimir, a no validar lo que sentimos y acabamos perdiendo el contacto con el valioso mensaje que surge de nuestro interior en forma de emoción.
A medida que crecemos, en la escuela, se prima el desarrollo del plano mental, quedando relegados otros planos importantes como el emocional y espiritual. Aprendemos demasiado temprano a desaprender lo esencial, a bloquear y dejar de escuchar a nuestra intuición, aquella que brota del corazón y no está contaminada por nuestros filtros mentales.
Nuestra tarea es reencontrarnos en el laberinto de nuestra vida. Seguir el hilo que nos llevará de vuelta a nosotros mismos al igual que hizo Teseo en el laberinto del Minotauro para no perderse.
Conectados a nuestro corazón volvemos a ser nosotros, recuperamos nuestra vida y por tanto nuestro poder personal. Somos capaces de expresar lo que sentimos, de der asertivos, de poner límites… Somos valientes para dejar de alimentar los miedos y seguir nuestros sueños. En la medida en que nos transformamos y nos damos permiso para ser, también se lo estamos dando a aquellos a quienes amamos.

DPH

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