El alcalde con los portavoces del PSOE, PAR y Vox, el obispo y los sacerdotes del Instituto Verbo Encarnado.

Este sábado, 17 de abril, segundo sábado de Pascua, la diócesis de Barbastro-Monzón celebra su patrona secundaria, la Virgen de El Pueyo. Su nombre va ligado al de san Balandrán, humilde pastor de Morilla de Ilche al que hace 920 años se apareció Nuestra Señora sobre un almendro, instándole a levantar una capilla en la ladera del monte de piedra caliza sobre el que hoy se asienta el Monasterio de El Pueyo, depositario de nueve siglos de devoción mariana. Los monjes del Instituto del Verbo Encarnado, que en 2009 tomaron el relevo a benedictinos y claretianos en el cuidado la casa de María, celebrarán mañana una solemne eucaristía, a las 11,30 horas, con aforo limitado.

Las representaciones artísticas de esta advocación son numerosas, comenzando por la imagen que preside el retablo de su santuario, réplica de la talla gótica del siglo XV que desapareció en la Guerra Civil. Otras pueden incluso pasar inadvertidas por lo cotidiano, como es el caso de la que recibe a los usuarios a la entrada del Centro de Salud de Barbastro. Y una de las más representativas, la que actualmente se exhibe en el altar de plata del Museo Diocesano, guarda entre las ramas de su almendro una curiosa y poco conocida historia.

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Por tirar piedras al río

El conjunto de plata para el Altar Mayor de la Catedral, hoy expuesto en la tercera planta del Museo de Barbastro-Monzón, desapareció durante la Guerra Civil y con él la Virgen del Pueyo, ejecutada por Tomas Villarig en Zaragoza, en 1697. Pesaba 634 onzas y el arcediano Langlés había pagado por ella 900 libras, según las notas de Santos Lalueza, primer director del Museo. Nada se supo de ella, ni del resto del conjunto, hasta un día del año 1943.

En la vecina Pozan de Vero, un matrimonio trabajaba en el campo en compañía de sus hijos, Antonio y Manolo Orús Casasnovas. Los chavales se fueron al río, a la zona conocida por los vecinos como “la central” -donde estaba el molino del pueblo- y empezaron a tirar piedras al pozo, sorprendidos cuando estas, al tocar fondo, les devolvían sonidos metálicos. La curiosidad les pudo y el mayor, Antonio, buscó un madero para ayudarse a llegar al lecho y averiguar qué había ahí: el tesoro de la Catedral. Así lo recuerda su hermano Manolo, que hoy reside en Barbastro, y la hija de una vecina de Pozán, testigo en 1943 de los 14 sacos que se sacaron del río con numerosos objetos de carácter civil y propiedad particular, además de piezas litúrgicas entre las que estaba la Virgen de El Pueyo.

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