Las relaciones interindividuales son la materia prima de las sociedades y el progreso de cualquier nación, región o población depende en gran medida de este capital social. Por otro lado, las relaciones que cada cual entabla con otros, igualmente le procuran distintas clases de beneficios. Sin embargo, este preciado capital no sólo trae prosperidad. En efecto, ahora mismo es el medio principal de propagación del COVID19. Además, el Estado ha reducido las relaciones sociales a su mínima expresión para combatirlo, empobreciendo así todos los niveles de la vida colectiva. Como consecuencia de todo lo anterior, no debe extrañar que, según la encuesta del Grupo de investigación “Sociedad, creatividad e incertidumbre”, en los dos primeros meses de la pandemia, 1 de cada 5 individuos pasara de confiar a desconfiar en quienes le rodeaban y que los pesimistas respecto a sus relaciones con los demás doblaran a los optimistas.

Esta espiral autodestructiva provocada por la pandemia no afecta a todas las gentes por igual. Aquellos países, clases, grupos y áreas o ámbitos de la actividad colectiva que más dependen del capital social, más se exponen también a las consecuencias del contagio. España está en esa posición de riesgo, pues cada individuo cuenta, por término medio, con 11 parientes y 9 amigos con los que tiene confianza y trata frecuentemente. Sólo tiene por delante a los daneses, con 22 vínculos cercanos, y quedan en la última posición del ranking europeo los alemanes, con 12,7 contactos.

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Quizás esta sea una de las razones de que, a finales de Mayo del 2020, España tuviera 4.962 contagios por millón de habitantes, mientras que Alemania apenas alcanzaba los 2.100. Por otro lado, sólo las clases altas o medias, así como los más jóvenes y la mediana edad, han podido protegerse mejor del contagio transmitido por los demás gracias a que la mayor parte de su capital social está formado por vínculos débiles (con semidesconocidos) y, sobre todo, tienen un fuerte soporte virtual, mientras que en la parte baja e igualmente entre los más mayores los vínculos con los otros suelen ser fuertes (se tiene trato frecuente con ellos) y exigen presencialidad.

Si bien las sociabilidades virtuales ya habían crecido en las últimas décadas aumentando la velocidad, simultaneidad y flexibilidad de la acción colectiva en general, todo ello tan útil para el tipo de orden social que en este tiempo se ha ido configurando, no es menos cierto que el cambio también ha deteriorado la vida presencial en común, lo cual ha perjudicado a aquellos ámbitos que dependían de ella. La pandemia, las medidas de confinamiento y el clima de temor a los otros están degradando más todavía ese capital social presencial e igualmente favorecen el trasvase de sociabilidad al mundo virtual. Lo que resulte de este proceso es, de momento, indescifrable.

No obstante, uno de los ámbitos que quizás más se vea afectado por el deterioro del capital social clásico quizás sea la política. Más exactamente la acción de los movimientos sociales, responsables de haber frenado un tanto la decadencia de las democracias europeas. En España, por ejemplo, los indignados del 15M y las mareas del 2012 estimularon la creación de distintas plataformas electorales que en las municipales del 2014 lograron arrebatar la alcaldía a los partidos políticos clásicos. Aunque se ha subrayado que, en general, estos novísimos movimientos sociales se han visto beneficiados por el auge y extensión de las conexiones virtuales, no es menos cierto que la relación presencial es todavía fundamental para ellos. En una magnífica tesis doctoral, el profesor Jaime Minguijón analizó las 41 redes entrelazadas que construyeron Zaragoza en Común (ZeC) y descubrió que los contactos familiares sostuvieron a las tres más importantes. Como estos vínculos son fuertes y tienen un soporte principalmente presencial, está claro que tanto el virus como las medidas de confinamiento y el temor a los otros pueden terminar afectando negativamente a la acción de los movimientos sociales y, en consecuencia, a facilitar que la política continúe su degradación y crisis. Este sería uno de los daños laterales, pero no menor, de la COVID19.

 

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