Cementerio de Pomar de Cinca.
Cementerio de Pomar de Cinca

A toda generación, tarde o temprano, le toca separar las cabras de las ovejas. Me refiero a esa facilidad con que un período de buenas cosechas, festividades gratas de celebrar y mortalidades previsibles se ve sucedido por otro muy diferente en el que se escucha el rechinar de dientes, poniendo a prueba a todos. Ha llegado la Guerra, el Hambre o la Peste, sucesos de gravedad siempre impredecible que con mucha frecuencia se alían entre ellos, como humano recordatorio de que el Infierno, en sí, es un fenómeno básicamente terrenal. Es en momentos como ésos cuando descubrimos lo mejor y lo peor entre nosotros mismos. Es tiempo de milagros.

Me refiero a milagros hechos por hombres. Si Dios desficiese entuertos más frecuentemente no quedaría espacio para los héroes, mayores o menores, y es a fin de cuentas a uno de éstos a quien van dedicadas estas líneas. Su anécdota ya la narré hace tiempo de manera bastante imaginativa, y no desbarrará mucho de la de otros enterradores que, durante la gripe española, dieron sepultura al cadáver de los difuntos bajo la mirada, entre luctuosa y aprensiva, de magros cortejos fúnebres. Ante lo extraordinario de la situación, el puesto era tan indeseable que en algunos lugares del Mundo -como en Río de Janeiro- se recurrió a convictos para cubrirlo. Había mucho que perder y poco que ganar si uno se resignaba a una labor tan imprescindible, pero tan baja y comprometida. Durante septiembre y octubre de 1918, en Pomar de Cinca, Ángel Chamorro se ocupó de amortajar e inhumar a veintidós apestados sin más contención higiénica que un sempiterno cuartelero encendido entre los labios. Durante ese espacio se convertiría en un intocable, cosa que conllevaría -estaba casado con Narcisa- un período de abstinencia sexual. Se le daría de comer aparte, bebería a solas del porrón del enclaustramiento, le resonaría en los oídos el silencio de la cuarentena, roto aquí o allá por el luto. Devanaría inacabables tardes o mañanas dedicadas al extrañamiento del condenado, mientras sentado en su branquil esperaba la siguiente cita con la infección. Tarde o temprano el aislamiento y el hastío lo conducirían al insomnio de un Robinson de tierra adentro. Es posible que su participación en la guerra de Cuba y sus miserias le hubiese preparado un tanto para la tan aguda cercanía de la privación y la muerte. Quizá para él, hace cien años, el inevitable escapulario le aportase todavía la sensación de contar con un talismán. Podrían ser cien cosas más, pero por qué no íbamos a pensar en otra.

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Lo cierto es que había surgido un buen día del secano. No del secano somontanés, más fresco y agradecido, sino del monegrino, pobre en carrascales, escueto en agua, polvoriento y desnudo ante el cierzo y la canícula. Desde la ribera del Cinca, a caballo entre la acequia árabe y el desierto mismo, los Monegros se percibían hasta hace pocas décadas -antes de los planes de regadíos y las fabulosas cosechas de maíz transgénico- como un lugar de irás y no volverás, un hábitat más propio para ascetas que para labriegos con afanes terrenos. No se recuerda ya dónde pudo nuestro sepulturero conocer a su cónyuge. Sólo se sabe que desde su Albalatillo natal recorría para cortejar treinta kilómetros, al parecer a pie. ¿Habría sido tan constante de saber que ninguno de sus cuatro hijos iba a llegar a los cinco años? En aquel entonces caminar no era parte de la prescripción médica que a todos se nos hace ahora al llegar a los cincuenta, sino uno más de los actos de fe que el tiempo y el progreso nos han ahorrado. No siempre se llegaba a donde uno quería. Faltaba la suerte, o el tiempo, en una época en la que llegar a la adultez resultaba azaroso.

La única recomendación posible para soportar ciertas condiciones es la ignorancia de otras mejores. Se sobrelleva la estrechez si no se ha conocido la abundancia. Se resigna uno a la pobreza si no se concibe la sublevación. Un pueblo que nunca ha visto un cepillo de dientes simplemente no lo necesita. Si algún día la ciencia anuncia la inmortalidad nos asombraremos de quienes se acostumbraron a la idea de la muerte. Ese día morirá definitivamente no sólo Dios, sino cosas como mi oficio de escribir: nadie tendrá necesidad de religiones trascendentes, y la literatura con frecuencia no pretende ser más que una de éstas. Todo el mundo de leyes, hábitos y querencias que hemos amado u odiado sin poder en ningún caso prescindir de él se reducirá al estudio de lo que no debiera haber sido. Mientras llega o deja de llegar ese día, no obstante, yo me atendré a la relectura de Borges y a la pálida esperanza de ponerle buena cara a la muerte cuando ésta llegue. Lo que nos educa, como siempre, es todo aquello que nos falta.

A Chamorro lo educaron los Monegros y todas sus carencias, o bien todas sus virtudes. El desierto es un protagonista importante de la tradición judeocristiana, desde el Éxodo pasando por San Juan Bautista o el propio Jesús. De ese misticismo algo sabrán los aragoneses que durante siglos, entre el Gállego y el Cinca,  se han debatido con la sequedad para arrancarle a la tierra un sustento religiosamente escaso. El desempeño de nuestro hombre no hubiese sido probablemente el mismo de haber contado con una iniciación sobrada y asustadiza en un escenario más próspero. Un siglo más tarde de su quehacer, estamos de nuevo en tiempos de grandes pruebas. Ha habido, hay, y habrá de haber todavía, héroes nuevos. Aparentemente, no hay nada nuevo bajo el Sol, pero quiero adivinar un tres por ciento menos de tributo y rédito emocional en el caso de Chamorro. Un trascendental tres por ciento. De por sí su generación estaba más hecha a ese tipo de hecatombe que los últimos ochenta años le han ahorrado a España. Por otra parte él -el hombre o el arquetipo- aún pertenecía a ese mundo de grandes ignorancias en donde cada uno se pasea por el amor y la muerte sin hacerse muchas preguntas. Las verdaderas aventuras, no lo olvidemos, las suelen protagonizar aquéllos capaces de vivirlas como parte de una cotidianeidad en absoluto extraordinaria para ellos. Es ésta una casta tendente a la extinción en el mundo desarrollado, una vez que la magnificación de lo individual se haya extendido a todas las clases sociales por exigencias de la democracia y la mercadotecnia. Literalmente, nos morimos por acumular vivencias en forma de viajes sin riesgo o romances únicos por más que transitorios, eventos de cuya publicidad se ocupa la Red. La circunstancia propia se ha tornado en religión, socavando al valor, el cual bien podría entenderse como ausencia de atención a uno mismo. De ahí que, para muchos, 2020 -esperemos que no tanto 2021- sea el año en que vivimos peligrosamente, cosa de la que muy modestamente participo. Para Ángel, en cambio, 1918 posiblemente fue algo más sencillo: nada más que una continuación de la sequía.

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