Mujer Rural

Al salir del aparcamiento que está junto al salto de Bierge se percibe el frescor que genera la ribera del Alcanadre, pero al poco de comenzar a caminar hacia la Tamara uno se da cuenta de que hasta el final del camino esa frescura quedará como un eco, en su lugar sólo sentiremos el aliento cálido del monte mediterráneo. El río describe curvas inverosímiles tallando el rojizo horizonte rocoso dejando a su paso una cinta verde de chopos y fresnos.

Curva del Alcanadre inmediatamente después del Salto de Bierge.

Todavía la humedad del río ayuda a formar pradillos donde florece Prunella laciniata.

FRANCO MOLINA CENTRAL

Recorro con pies ligeros los primeros tramos de pista bordeados por campos de labor y esparcetas. La pista por la que camino me separa más del río y termina en un tramo acondicionado para personas con movilidad reducida. Durante unos metros estas personas podrán disfrutar de la conjunción de río y bosque, de roca y cielo. Puedo ver cómo el río queda encorsetado entre la roca y a su alrededor crece un denso bosque. Es un bosque dominado por la encina generosa que comparte espacio con pinos, chinebros y sabinas. Forma un tejido denso, impenetrable, epidermis que parece antigua, primigenia y nos narra el ascenso de los bosques cálidos por las sierras prepirenaicas al término de la última glaciación.

Los Quercus se hicieron dueños y desplazaron a Pinus y Juniperus. Desde un mirador contemplo un paisaje donde todo es agua roca y bosque. No aparece más huella humana que alguna estrecha vereda. El aire se llena con los ruidos del bosque y el río. No lo interrumpe ningún sonido extraño. El bosque entero se me antoja como una comunidad de árboles que se hablan con el susurro de las hojas y la química de sus raíces, en tan estrecha proximidad que se comportan como un único ser que respira y crece. Quiero adentrarme lo antes posible entre los aromas resinosos de pinos y sabinas, acariciar las hojas de la alborcera, o contemplar el terso limbo del lentisco. En el suelo reseco, en pequeños claros, crecen las cucharetas (Leuzea conyfera) que atesoran en las escamas de sus cabezuelas el brillo del sol. En la semisombra de estos suelos caldeados nunca arados crecen algunas Epipactis de pequeñas corolas en forma de artesa que almacenan los dulces jugos que atraen a las hormigas. Entre los cascajos soleados forma extensos tapices el camedro y la rara Ononis rotundifolia luce sus bellas hojas redondeadas. Esta planta es indicadora de los bosques frescos submediterráneos. Vista aquí junto a otras plantas termófilas nos muestra que los gradientes térmicos producidos por los cambios de orientación de las laderas producen esta rica biodiversidad.

El camino se amolda a los contornos del paisaje, sube, baja, gira mil veces. Al pasar junto a una pared de conglomerado veo colgadas las flores de Petrocoptis guarensis, que por su exclusividad bien podría servir de emblema para este territorio: austera y resiliente, bella en su sencillez. Las flores, al madurar, buscan la proximidad de la roca para curvar sus tallos. En los resquicios de las rocas depositan las semillas intentando evitar que caigan al suelo y se pierdan.

Petrocoptis guarensis

Camino ahora sobre terreno despejado, suelo desnudo donde a pleno sol crece Convolvulus lanuginosus, muy escaso en nuestras tierras. Compruebo el tacto sedoso de los largos cilios que cubren la base de sus flores. Una araña cangrejo, mimetizada por su color cerúleo, usa las campanas de las flores como campo de caza. Cistus salviifolius se intercala ocasionalmente en el matorral y le añade color.

Convolvulus lanuginosus

El camino me asoma a los riscos ocultos entre la vegetación, a lo lejos veo la pared rocosa del Huevo de Morrano, vestigio de cauces extintos que crearon relieves fosilizados tallados en aluviones traídos de las montañas del norte. Me detengo un rato para contemplar la última curva del río antes de llegar a la fuente de la Tamara. Desciendo con rapidez al río, con ansia espero refrescarme en sus aguas y cobijarme del sol a la sombra de sus altos chopos. A mi lado, en la orilla arenosa del río, crecen grupos de Linum campanulatum, desafiantes ante las impetuosas crecidas de este río.

Linum campanulatum

Poco antes de iniciar el regreso me acerco donde el río se encaja entre las calizas y esculpe gorgas y ollas. Allí entre las grietas crecen pequeñas sabinas negrales. La grisácea caliza recibe todo el poder del sol. Me cobijo como puedo bajo una pequeña sabina. El tronco se abre paso sobre la roca desnuda. Mis ojos vagan por las esmeraldas ondas del Alcanadre.

DPH

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here