Se respiraba en las tabernas de antaño un cierto aire de irás y no volverás. Entrar suponía ingresar en un ecosistema débilmente iluminado, pletórico de humo, alitosis y olor a sudao, en donde nadie era lo que aparentaba en la calle. Cantidades ingentes de Don Mendo, abundantes carajillos y un consumo inmoderado de Celtas o Ideales componían la dieta de esos que, para bien o para mal, habían hecho de la cantina su cuarto de estar. Aquellos tiempos se caracterizaban por la ausencia de lo que ahora entendemos por vida privada. Internet daba sus primeros pasos en California (allí donde todo sucede una generación antes) y la televisión era un adelanto demasiado reciente para alterar excesivamente costumbres con siglos de antigüedad. El hogar quedaba relegado como espacio en donde la mujer vivía sin muchas quejas su postergación, dedicada a un confinamiento no remunerado, el cual era aliviado tan sólo por el intercambio de visitas o el capazo cogido al amor de una esquina, a la vuelta de la tienda. El hombre mientras tanto prolongaba su diaria lucha por la judía con una no menos obligatoria y heroica visita a los cafés, en donde le aguardaba la limitada serie de vicios que históricamente han hecho por aquí llevadero el día a día.

Era la vida en los bares semillero de las anécdotas y los chismes que suelen conformar la historia íntima de los pueblos, sean éstos más grandes o más pequeños. Ningún teatro mejor que aquél para escenificar o poner en práctica ciertas dotes personales como chistoso, vividor, embustero, charlatán, tonto del haba, chulo o castizo. Ningún escenario, tampoco, como ése para dar rienda suelta a esa tan inflexible afición humana a saberlo todo sobre los demás. Imposible el secreto en una localidad de la que solamente algunos mapas sabían, se hacían pues allí, y se deshacían, reputaciones, honras y otros aspectos del parecer. Consecuencia de tal popurrí se daba, según mi opinión, una contradicción crucial a la hora de tasar la valía individual y de conferir a uno u otro sujeto la celebridad social, ese poder morirse sin que lo olviden a uno antes de veinte o treinta años. Y es que, contra lo que pudiera suponerse, nadie te va a recordar por mucho tiempo si todo lo que has hecho en esta vida ha sido básicamente apretar los dientes y tirar p’alante, tesitura en la que nos encontramos casi todos nosotros. Hace falta un algo de irreverente o de descreído, de taimado o pirata para pasar a la historia, a la verdadera historia, de una mera aldea. Los españolitos de a pie no admiramos la capacidad para la vida, sino la capacidad para la vivencia, que no es lo mismo. Hace treinta y tantos años la moralina del ganarse el pan con el sudor de la frente estaba bien para el púlpito, pero en los lugares de asueto las únicas leyes que predicaban los elegantes eran las concernientes a la temperatura justa de la cerveza o a la cura más adecuada para unas purgaciones, pilladas en sálveme Dios qué antro. La masiva inasistencia actual tanto a nuestras misas como a nuestros cafés da la medida de lo insípido y antisocial que puede llegar a ser el progreso.

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Como verán, les estoy hablando no de un lugar para echarse a perder, sino de toda una institución cultural, vertebradora capital de una comunidad. El Hombre siempre irá muriendo en el intento de vivir. Por lo tanto no me digan que está mal conceder un espacio al alcoholismo cultural y al chiste allí donde la vida no da para más. Hay en el acto de tomarse media docena de chatos en compañía un razonable esfuerzo por poner paz en una sicología que, de otro modo, sin esos raticos buenos, no dejaría de joder la procesión. A fin de cuentas, según dicen que dicen los árabes, la vida es una buena manera de pasar el tiempo. O así debería ser.

Variadas han sido las razones por las que de aquellos antiguos y nobles tugurios solamente queden imitaciones. Bien se sabe que actualmente la vida puede compartirse telemáticamente sin siquiera levantarse del sofá, fatídico enclave éste en donde se concita la influencia del teléfono móvil, las cervezas del Mercadona y las largas sesiones de Netflix. Se suma una severa inflación en el coste de los vicios pequeños, así como las consecuencias de la progresiva equiparación entre sexos, factor en ascenso que hace más improbables cada vez las escapadas masculinas. En medio de toda esta europeización de las costumbres, el viejo hábito, tan latino, de convertir el café en una segunda residencia subsiste malamente, protagonizado por una errática carne de barra de la que se hallan ausentes las nuevas generaciones. Asumida la improbabilidad de una subvención pública a la mala vida, la cuestión sigue siendo si podremos sobrevivir a nuestros propios adelantos sin llegar a orinar Rexona.

Me apoyo a la hora de elaborar este esbozo en la impresión que me produjo aquella especie ahora semiextinta del hombre tabernario, poco antes de pasar a formar parte de la misma.  Tras unas “bodas tardías con la historia que desamé a diario”, que diría nuestro Gerardo Diego, yo ingresé en el club con lo que entonces se tenía por una cierta demora, no antes de los veintidós años. Me encontré con longevos veteranos de la Guerra Civil que llevaban medio siglo sumidos en un día de la marmota amenizado por el vino peleón. Lo suyo era una dedicación incondicional a un estilo de vida que a veces implicaba la pérdida de la salud, cosa que contemplaban plácidamente, como parte natural del devenir. Al abrigo del cierzo o de la mediodiada, las sesiones de porrón y guiñote se reducían históricamente, excepto en el caso de los más golfos, a la compensación natural por largos años pasados a lomo caliente, existencia de la que la edad les redimía, sin que el cuidado del típico huerto dejase de aportarles un grato sentimiento de utilidad. Quede para ellos el benévolo testimonio de quien actualmente se tiene que confirmar con café descafeinado, pero que también, en un tiempo, supo ver en el coñac su honrosa filiación con la mejor poesía: ambos eran un invento francés.

Dedicado al viejo bar de Peruga.

dph

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