Casa Javierre. Imagen de Mercè Gangonells
monzón 2

Lucien Briet anotó, a principios de siglo XX, en su libro Bellezas del Alto Aragón, cómo unos niños jugaban en un porche de Letosa. Este es el recuerdo que guarda también en su memoria Herminia Salamero durante su infancia en Letosa, su pueblo natal. En cambio, hoy esa escena resulta imposible de imaginar, puesto que la realidad es muy distinta: de aquella descripción y del pueblo no queda apenas nada.

Los principales accesos a esta población los podemos realizar desde Las Bellostas / As Billostas o bien subiendo desde Rodellar pasando por el también despoblado de Otín.

Mujer Rural

Letosa se eleva a 1.023 metros de altitud, en un llano en la margen derecha del río Mascún. La primera documentación histórica se remonta al año 1293. En el siglo XV osciló entre uno y dos fuegos, que se estabilizaron en dos en el siglo XVI. En 1785 era considerado lugar y en 1857 figura como aldea. Actualmente forma parte del municipio de Bierge, aunque durante un tiempo en el siglo XIX formó ayuntamiento con Otín, en el partido judicial de Boltaña. Posteriormente, en 1845, perteneció al municipio histórico de Rodellar. Con respecto a la población, en 1857 contaba con 39 habitantes y a lo largo del siglo XX la evolución fue la siguiente: en 1900: 41; 1910: 50; 1920: 47; 1930: 55; 1940: 48; 1950: 65 y 1960: 42. Finalmente, en 1964 se produjo la expropiación del pueblo y con ella se acabó la historia de Letosa: “era un lugar lleno de vida aunque solo tuviera siete casas”, relata Herminia.

El pueblo posee una única calle, dedicada a San Úrbez, en torno a la cual se articulan sus siete casas: Blas, Javierre, Jiménez, Jorge, O Ferrero, O Molinero y Sierra.

En relación a la arquitectura de las casas, pese a que ahora no las podemos apreciar en su estado primigenio, sabemos, gracias al testimonio de Herminia Salamero, cómo era su distribución. Por sus dimensiones, casa Giménez y casa O Molinero eran las más destacadas. Casa Giménez tenía al menos cinco habitaciones y una sala preciosa y grande, con balcones al sol de mediodía. Por su parte, casa Javierre tenía, a pie de calle, un patio leñero, con cuadra y bodega, donde se amasaba el pan y se guardaban los ajos, el trigo, la harina o las patatas. En el primer piso, subiendo la escalera, aparecía el comedor con una gran ventana que daba a la calle, una alcoba y la cocina, además de una habitación. La cocina tenía una chaminera con el cremallero para colgar las ollas, aparte de dos cadieras, una a cada lado, con una gran losa delante que retenía las brasas y las leñas. La losa siempre estaba caliente y los niños solían sentarse allí si tenían frío. En la cocina se encontraba algún mueble para enseres y un trébede en el que se ponían brasas y se podía cocinar. En la cara norte del primer piso había un trastero muy fresco, que servía también de despensa, en el que se colgaban los perniles, los chorizos o las ensaladas. En el segundo piso se hallaban dos alcobas más y una falsa de techo bajo donde se guardaban trastos.

La iglesia parroquial, con advocación a San Úrbez, se sitúa al noreste, pero la densa vegetación impide verla con nitidez a pesar de su cercanía al núcleo. En la actualidad acceder al templo resulta imposible debido a la maleza que cubre la entrada. Cuenta con nave única cubierta por bóveda con lunetos y se data entre los siglos XVII y XVIII. Por desgracia, parte de la techumbre y la torre han caído. En cambio, en el interior todavía se conservan precariamente el coro y restos del confesionario y de las pinturas.

Otro elemento de interés es el molino, en estado ruinoso, situado en la margen derecha del río Mascún, en el camino de Letosa a Bagüeste. Del mismo modo, son destacables varias bordas emplazadas en la entrada y en el norte del pueblo, algunas de gran tamaño.

La vida en Letosa era rutinaria y sacrificada. De hecho, “en invierno nevaba mucho y era normal que el pueblo quedara incomunicado”. Tanto era así que apenas se salía de casa salvo para lo imprescindible y los días transcurrían alrededor del hogar. En previsión de esta situación, en las bodegas se guardaban carnes y embutidos. Los adultos que trabajaban de ganaderos se iban muy temprano con los animales. Por su parte, los niños jugaban a la pelota o a crucimbarro en la calle y corrían por la era. También ayudaban en las faenas cotidianas como segar, llevar el trigo al molino, amasar para hacer el pan, ir a la fuente a por agua, dar de comer a los animales, ir al huerto a recoger judías o pintar con azulete las paredes blanqueadas, ente otras. No obstante, el azulete tenía también un componente supersticioso, pues se consideraba que espantaba a las brujas. De hecho, a las chimeneas las denominaban espantabruxas.

Para el abastecimiento de agua, los habitantes de Letosa acudían a la fuente, construida por Antonio Salamero en 1936 y situada en el camino a San Póliz. También se utilizaba como abrevadero para el ganado. Para regar los campos se aprovechaba el agua de las fuentes de la cascada de As Viñualas. En cuanto a la luz, se alumbraban con candiles de aceite y de carburo.

En las huertas cultivaban verduras para el consumo como patatas, acelgas, coles, remolacha, nabos, tomates y judías de diferentes especies como rojas, blancas y pilaricas. En los campos sembraban pipirigallo, alfalfa, trigo y avena. Algunos de estos campos eran As Viñualas, San Climé o Espluca Mayor. Mientras los hombres faenaban en la era cantaban jotas de picadillo increpando a las mujeres, las cuales les respondían. Igualmente, cada casa contaba con corral de gallinas, conejos, ovejas, cabras, tocinos y alguna vaca.

Rodellar ejerció de centro comercial de Letosa, al igual que de otras aldeas cercanas, especialmente después de la guerra civil cuando se impuso el racionamiento. De allí volvían con arroz, azúcar, bacalao salado o vino. En cualquier caso, el autoabastecimiento era habitual: “todo lo que se podía hacer en casa, se hacía, incluso el calcero”. A Letosa iban personas de otros pueblos a comprar ganado, aunque algunos animales se llevaban a la feria de Boltaña. Asimismo, pasaban por el lugar “marchantes con caballerías cargadas de enseres” para vender una gran variedad de productos.

El médico estaba en Rodellar, por lo que era necesario bajar a esta población o bien el doctor subía, previo aviso, a Letosa. El cura venía de As Billostas o de Otín y había misa cada dos o tres semanas, mientras que el cartero subía de Rodellar. Todos ellos se desplazaban en caballerías.

Los niños de Letosa, junto a los de otras aldeas de la zona como Nasarre, San Póliz, Alastrué y las pardinas Ballabriga y Vellanuga, asistían a la escuela de Otín, a una hora de camino. En total unos 40 zagales en la década de 1940. Los cursos escolares eran irregulares, ya fuera por la marcha del maestro o por el trabajo que debían realizar los niños en casa, especialmente, en el caso de las niñas, puesto que muchas eran enviadas a otras casas “a servir”. La propia Herminia hubo de ir a la pardina Albás.

En Letosa se celebraban dos fiestas: la pequeña era el 29 de abril, en honor a San Pedro, y la fiesta mayor encomendada primero a San Úrbez y después a Santa Teresa de Jesús, el 15 de octubre. En ambos casos, duraban dos días y los actos que se realizaban eran parecidos: misa, partidas de dominó y de cartas y baile por la noche. Amenizaba la jornada una orquestina de Rodellar, pero lo más habitual era que aparecieran pequeñas bandas de músicos de los pueblos vecinos con violín, guitarra, acordeón y trompeta. Otra conmemoración destacada era la fiesta de San Silvestre, a final de año. Según señala Herminia, “los mayores se vestían con cosas raras y nos daban sustos a los chavales. Mi madre se ponía una camisa larga blanca, toda tapada, una toca en la cabeza negra, los pies negros y se ataba una especie de látigo en la cintura para espantar a los hombres y les decía: como t’acerques, t’amolo. Después todo eran hogueras, chistes, bailes y cantos”.

La gente de Letosa acudía en romería, junto a la de muchos otros pueblos, al santuario de San Úrbez, en Nocito. La fiesta podía durar tres días y cada familia llevaba una especie de mochila hecha con telas gruesas o alforjas con lo que necesitaran.  Si el tiempo era adverso, se quedaban a dormir y se hacían hogueras en unos cubiertos para protegerse del frío, además se celebraba misa y se bebía vino.

Ante la falta de expectativas de futuro para pueblo, los habitantes de Letosa reclamaron insistentemente diversas mejoras como la construcción de una pista, de un puente sobre el río Balcez y de un pequeño embalse para generar luz. La denegación a estas peticiones, a través de un bando del gobierno franquista, propició la marcha progresiva de los jóvenes ya en la década de los 50 en dirección a Barcelona, Barbastro, Monzón o Huesca. Pocos años después, todas las casas de Letosa cerraron sus puertas definitivamente. En 1964 se produjo la expropiación del pueblo por parte del Patrimonio Forestal del Estado para la repoblación de pinos.

Por último, manifestamos nuestro más profundo agradecimiento a Herminia Salamero y Mercè Gangonells, hija de Herminia, así como a Faustino Calderón, por su colaboración y  atención para rescatar la memoria de Letosa.

La despoblación y el abandono de pueblos no solo suponen la pérdida de su historia milenaria, sino también de su patrimonio material e inmaterial y los recuerdos de toda una vida. Es por ello que animamos a aquellas personas descendientes de pueblos abandonados del Somontano (Guardia, Otín, Letosa, San Póliz, Ballabriga, Vellanuga, Paúl, Rosico, Montarnero, La Sosa o La Muela) que quieran mantener vivas sus historias y memorias que se pongan en contacto con nosotros en el correo redaccion@rondasomontano.com

NAVIDAD GOB ARAGON mitad

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here