Jilguero.
Mujer Rural

Se leen y ven por todos lados opiniones y fotos de nostálgicos que aluden a la literalidad de la frase-lema  con que titulo este artículo. Para muchos, MEJOR es sin duda lo que ellos vivieron.

El otro día paseaba por una calle de Barbastro y escuché un gorjeo alegre que salía de un balcón. Alcé la vista y allí estaba: una  cardelina saltando con brío de un lado al otro de su jaula. Ya estoy acostumbrado a oír ese canto por los campos cuando salgo en bicicleta y, de verdad,  me trae recuerdos de la infancia.

FRANCO MOLINA CENTRAL

A comienzos de los años setenta, algunos mozalbetes íbamos de madrugada a las eras que rodeaban  Barbastro cargando a las espaldas  sacos de arpillera en los que llevábamos jaulas con pajarillos. Había que madrugar muchísimo para seguir el rito, para plantar una rama de carrasca a modo de árbol postizo donde emplazábamos las verguetas impregnadas del pegamento o vesque y acto seguido colocábamos camufladas las jaulas con los reclamos. Todo esto lo hacíamos casi de noche porque en cuanto despuntaba el día había que estar  escondidos a distancia, ateridos por  el frío pero muy atentos al vuelo saltarín de aquellos pájaros tan ansiados.

Son recuerdos  de excitación  cuando los reclamos contestaban  con su  canto a los primeros en pasar. Veíamos cómo cambiaban su trayectoria, rodeaban el postizo y se  posaban en él, en la trampa pegajosa que les haría caer indefensos al suelo.

¡Qué carreras hacia el arbolito…! Qué ilusión al comprobar que un macho, que siempre destacaba  más que las hembras  por su canto, estaba ahí, esperando que lo cogiéramos con cuidado para liberarlo del vesque e introducirlo en un jaulón en espera de otras presas. Los queríamos vivos y había muchas especies diferentes  además de las cardelinas o jilgueros. Nunca conseguí cazar un pinzán,  cuyo canto adoraba. Los adoraba tanto que una vez en casa pasaba horas  detrás de las cortinas mirando las jaulas colgadas en la galería al tibio sol del invierno. Les ponía con mucho cuidado  el agua, el alpiste y hojas de lechuga que picoteaban con avidez.

Quién diría  que cuarenta  años después  me arrepintiera de una actividad que actualmente  y por fortuna está prohibida en Aragón (No así en Cataluña o Valencia, lo que provoca furtivismo).

La Tierra da muchas vueltas y el Antropoceno  avanza, dicen, hacia una  extinción en la que estamos inmersos  como víctimas y victimarios.  No hay más alternativa que eliminar  actividades que  dañan a muchos seres vivos con quienes  compartimos espacio vital.

Lejos de añorar tanto al pasado, quizá sea mejor reconducir el presente y aspirar a un futuro más justo con nosotros mismos y con el Planeta.

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