Mujer Rural

Queremos inmensamente a nuestros hijos y sin embargo, con frecuencia somos fuente de su dolor, de su baja autoestima y de su profunda falta de amor.

Todo niño nace con luz propia, es una fuente inagotable de amor puesto que está conectado con su corazón, con su esencia divina. Sin embargo, a medida que crece, va sufriendo una o desconexión al entregar su poder al exterior y creer todo aquello que sus grandes referentes (padres, abuelos, profesores…) piensan y dicen de él. Es así como llegamos a adultos con niños muy heridos en nuestro interior. Ningún niño cree que no es capaz de hacer las cosas por sí solo a no ser que haya crecido con frases lapidarias como: «ya lo hago yo», «ten cuidado», «no puedes» o «no sabes». Cuando esta programación ha calado en su corazón, deja de intentar hacer las cosas porque sencillamente cree que no puede, que no es lo suficientemente bueno o que hay algo malo en su interior. Es en nuestra infancia cuando se instala la vergüenza tóxica y ésta empaña como una nube gris todas las facetas de nuestra existencia. Por ello para recordar quiénes somos, primero hemos de olvidar lo que otros nos dijeron que éramos.

FRANCO MOLINA CENTRAL

La mayoría de las personas tenemos una asignatura pendiente: amarnos.

¿Por qué nos cuesta tanto? Tal vez porque interiorizamos en nuestros primeros años que éramos los responsables del enfado de papá, de las lágrimas de mamá, que éramos los culpables de sus discusiones, reacciones emocionales intensas, gritos e incluso que merecíamos esos cachetes… Un niño nunca cuestiona a papá y mamá, simplemente cree lo que dicen. Es así como la mayoría crece y llegan a adultos creyendo que son insuficientes, defectuosos y por tanto no merecedores de amor. Olvidamos que en nuestro interior se encuentra la chispa Divina y que somos esa fuente inagotable de amor. Cuando nos permitimos sentir y abrimos nuestro corazón, es cuando la comunicación con nuestros hijos puede fluir de una forma limpia, sin manchas ocasionadas por aquellas heridas de nuestra infancia no miradas, reprimidas y sin sanar.
Regala a tu niño tiempo, cuidados, amor… y será él quién entregue lo mejor a tus hijos, sencillamente porque UNO DA LO QUE TIENE EN SU INTERIOR.

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