Mujer Rural

Hace un tiempo leí una frase que me hizo reflexionar durante un buen rato: “Educo a mi hijo para no tener que educar a un hombre“. Si nos paramos a pensar en su significado, seremos conscientes de la profundidad de sus palabras. Seguramente la persona que la dijo conocía lo complicado que es formar parte de una sociedad estereotipada y en ocasiones cruel, que continúa en proceso de evolución.

Educar a tu hijo para que sea el hombre bueno que toda persona debe ser, se trata de una prioridad. Si empezamos a poner atención en los verdaderos valores y en la igualdad, puede que la sociedad tenga más oportunidades, sobre todo en el caso de las mujeres. Los niños pueden poner la chispa de ilusión en la vida de los adultos, pues inevitablemente hemos olvidado lo que era sentir la magia en cada momento. Entonces, ¿por qué no fomentar la bondad y el amor en ellos? Puede que así el mundo tenga otra oportunidad con la nueva generación.

FRANCO MOLINA CENTRAL

Si partimos de la base de que la mente de un niño es maravillosa y capaz de asumir y lograr lo que la de un adulto no, podremos comprender la importancia de favorecer una actitud positiva ante todo tipo de circunstancias. Ya sea la aceptación hacia otras personas diferentes a nosotros mismos, el apoyo hacia aquellos que lo necesitan o el respeto a todo tipo de seres vivos. El respeto, ese gran sentimiento a veces tan ensombrecido por las injusticias sociales. La humanidad lo necesita, nuestros hijos lo necesitan y aprenderlo desde edades bien tempranas condicionará el tipo de sociedad en la que queremos que ellos crezcan.

Los niños tienen la capacidad de observar, imitar y propagar acciones entre sí. Así pues, adoptemos una mirada positiva ante los demás. Porque como ya dijo Antoine de Saint-Exupéry, en su obra El Principito, “todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas lo recuerdan”. Los adultos debemos ser conscientes de que la niñez es la etapa en la que preguntamos, aprendemos y vamos absorbiendo cada acontecimiento y cada situación para guardarlos en nuestro interior como experiencias que van a servir de base a nuestra formación.

Por ello, contagiemos con el ejemplo y eduquemos a las futuras generaciones para no tener que educar cuando ya no sea posible.

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