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Desde hace un tiempo me surge la pregunta de cuál es el papel que la profesión de abogado, que vengo ejerciendo desde hace 40 años, puede desempeñar en la sociedad actual.

Leí en una ocasión que el abogado debería ser un “sanador de conflictos”. Esta afirmación, que parece sacada de uno de los libros de autoayuda al uso, fue realizada por uno de los más reputados autores de la prestigiosa escuela de negociación de Harvard.

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La frase me hizo pensar que, para realizar un buen trabajo, un abogado no podía limitarse al mero conocimiento y aplicación de la ley, sino que tenía que conocer a fondo los distintos tipos de conflictos, y cómo éstos afectaban a los seres humanos, no sólo en cuanto a sus intereses, sino también a sus emociones y necesidades.

Andaba en estas y otras elucubraciones, cuando, para tener una visión desde fuera, pregunté a un buen amigo qué valoraba más en un abogado. Casi sin pensarlo, me contestó rápidamente: la honestidad, la conexión y la profesionalidad.

Estas cualidades pueden considerarse valores universales que podríamos aplicar  a toda profesión o trabajo en el que pudiéramos pensar. ¿Por qué le parecían tan importantes en el caso de los abogados?

La honestidad cobra especial trascendencia cuando una persona se encuentra en situación de vulnerabilidad, y evidentemente, cuando un cliente acude con un conflicto familiar, con un problema económico o con cualquier otra situación que de alguna manera le desborda, es necesario encontrar un profesional que le hable con transparencia y sinceridad, que sea consciente de su capacidad para intervenir en la cuestión, y que no tenga ningún otro interés distinto al de su propio cliente.

En cuanto a la conexión, es vital, dada la necesidad que los humanos tenemos de sentirnos escuchados y comprendidos. Esta capacidad de conectar con el otro ayuda a generar una confianza recíproca, vital ara la relación abogado-cliente. Por ello, tener capacidad de empatía y de escucha activa, claves de la comunicación humana ayuda a generar la confianza necesaria para afrontar juntos cualquier problema.

Y qué decir de la profesionalidad, del rigor y de la formación continua que esta profesión exige. Si una clave importante para avanzar en cualquier faceta de la vida es tener una humilde mente de aprendiz, en el caso de los abogados es un requisito para el debido asesoramiento de sus clientes, ante los continuos cambios legislativos, ante la evolución de la jurisprudencia, y ante el propio cambio del mundo, que hace que surjan nuevos conflictos.

Estas pequeñas reflexiones, me llevan al convencimiento de que el verdadero papel de la abogacía no había por qué buscarlo en grandilocuentes palabras, o en declaraciones ampulosas y en muchas ocasiones carentes de sentido, sino en encontrar unos valores humanos en los que apoyarse para desarrollar el trabajo y así, en una sociedad necesitada de diálogo y de debate profundo, aportar nuestro granito de arena, para intentar “sanar los conflictos”.

 

 

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