Quino Villa
ciudadanos

Nací en Gistaín (Huesca), en 1957, entonces, un pequeño pueblo del Pirineo oscense agazapado entre moles de tresmiles; hoy, espacio natural protegido, pues forma parte del Parque Natural Posests-Maladeta.

Desde los primeros años de mi vida aprendí a disfrutar de la magia de lo inesperado: del adagio del viento, del canto de la lluvia, del brillo arcoirisado de la nieve, del son orquestal de los grillos en la noche apacible y silente.

GOB ARAGON surge

Entre tantas cosas importantes, mis padres me enseñaron que la vulnerabilidad, que remite a nuestra más singular condición de seres necesitados, en contra de lo que pueda parecer, constituye una de nuestras mayores fortalezas.

El interés por desentrañar los secretos que ocultan los libros me acompañaría desde que mi madre, de un modo precoz, y antes de entrar a la escuela de párvulos, me iniciara en la lectura. Con cada libro, se abrían mundos inconmensurables, ni siquiera vislumbrados antes en sueños.

Algo más tarde, cuando apenas contaba cinco años, mi padre, albañil de profesión, construyó una casita para mí. Y cuando me aburría —cuán importante es que los niños se aburran, ha aclarado la neurociencia—, me retiraba a ella, adentrándome en un edén paradisíaco. ¡Parecía increíble cómo en una morada tan minúscula podían tener cabida tantas hadas de las más diversas estirpes! Tan increíble como que en un mundo prácticamente aislado del exterior —por aquellos años aún no había llegado la carretera al pueblo, ni tampoco el teléfono, ni la televisión— pudiera dar alas a mi fantasía sin riendas, sin escollo alguno que pudiera detenerla.

Mi pasión por la escritura debió comenzar justamente allí, en mi casita de ensueño. Recuerdo que, en ocasiones, les leía algo a mis padres —simples frases cortas—, y se desternillaban con mis ocurrencias. Aún hoy, cada vez que estoy frente a una hoja en blanco, siento que mis musas legan a toda prisa procedentes de aquella humilde morada. O no. Puede que la creación literaria acontezca en algún paraje sin espacio, en un tiempo sin tiempo.

Fue en mi prematura adolescencia cuando comencé a escribir cuentos en chistabín, mi lengua materna; también alguno en castellano.  Y un poco más tarde, ya en la universidad, tomé los senderos de la poesía, casi siempre en chistabín, y no por casualidad: era la manera que encontraba de blindar el eco de cada verso, por si alguien hurgaba en ellos sin permiso; si ya el chistabín coloquial resultaba extraño para un foráneo, un poema tendría que ser como la piedra de Roseta. En aquella etapa de mi vida escribía únicamente para mí. Era todo maniobra de mi censor interno. La excepción: si enviaba alguna composición a algún certamen literario. ¿Qué había sido de aquella libertad para crear de los cinco años?

Poco a poco me fui decantando por el ensayo: un formato flexible, que se acomodaba bien a la divulgación científica, ya fueran artículos u obras más amplias; era la único que se salvaba de la quema.

No fue hasta fin de los años noventa cuando comencé a explorar el territorio de la novela. Hasta entonces, no me había resultado posible. No estoy seguro si por falta de atrevimiento, o porque estaba demasiado implicado en varios proyectos de mi ámbito profesional, o por ambas cosas a la vez.

Fue en el año 2000, durante nueve o diez días de verano, cuando escribí mi primera novela; recuerdo que comencé, y no podía parar de ninguna manera, noche y día, hasta que mi muñeca suplicó una tregua. Aquélla obra sería publicada en 2006; y, seguidamente, arrinconada. Aún así, me resultó muy grato encontrarme, sin buscarlos, con dos lectores de los poquísimos que la habían leído. Eso sí, en aquel intervalo de cinco o seis años no había dejado de escribir. En 2001 había comenzado la trilogía Luz del Alba. La primera novela, Cuando Ríen las Estrellas, me llevó un poco más de tiempo, pues no la di por finalizada hasta 2011. Diez años frente a diez días; no está mal la comparación. La segunda parte, Vergel de Frambuesas, vino al mundo en 2007. Y la tercera, Oasis sin Tiempo, en 2011.

Me olvidaba que en 1997 había comenzado a publicar en El Cruzado Aragonés entregas de la historia de Marieta, y lo hice en chistabín; la última de las nueve apareció en 2004. Finalmente, sobre aquellos bosquejos reescribí la novela Las Zagueras Trafucas de Marieta, que sería publicada por editorial Xordica en 2005. Ese mismo año seguí publicando entregas, también en chistabín, de otra obra ambientada en la Guerra Civil, y hasta 2013 en que apareció el último capítulo. Fue en 2020 cuando, a partir de aquellas semblanzas, reescribí la novela Zagalastra de la Guerra, que brevemente verá la luz. La obra de relatos en chistabín, Una Tremenera de Cuentez, ilustrada por Eduardo Vispe, fue publicada también por Xordica en 2009. Y un poemario en chistabín, Beliquetz y Espurnallos de Vida, con poemas de toda una vida, en 2016.

Realismo mágico es el estilo que define a todas mis novelas: trama realista, si bien incluyendo algún elemento fantástico que resulta verosímil. Las protagonistas son casi siempre mujeres, y no por casualidad; nuestro mundo demente está clamando a gritos un giro hacia lo femenino. Y el argumento, siempre navegando por los abisales océanos del amor. ¡Pero hay tantos tipos de amor! No importa. En lontananza, siempre la efigie del amor incondicional atrayendo a los protagonistas. A fin de cuentas, el universo íntegro va navegando sobre el pentagrama de esa sublime melodía. Como decía Kahlil Gibran, «cuando miras al cielo y fijas una estrella, si sientes escalofríos bajo la piel, no te abrigues, no busques calor, no es frío, es sólo amor.»

Mi amigo Ángel Huguet alguna vez me ha preguntado que por qué escribo. Y nunca le he sabido dar una respuesta clara. Tampoco nunca me he preguntado por qué respiro; lo voy a hacer ahora, que algo se me tendrá que ocurrir: porque el hecho de vivir me resulta tremendamente placentero; más incluso, porque tengo un propósito, o acaso porque la vida espera algo de mí, y en mi caminar hacia esa Ítaca, necesito del aire que me mantenga vivo. Pues siento que esa energía alimenta cada una de mis vías creativas, y en especial la de la escritura.

He de reconocer que he disfrutado un montón en el desarrollo de mi carrera profesional en sus múltiples facetas. Y con la investigación etnográfica. Y con la realización fílmica. Y con la fotografía. Y con la música. Pero nada comparable al estado de flujo que me acompaña cuando estoy escribiendo. Perdón. Ni siquiera me considero escritor. Acaso un simple amanuense. Si novela, ésta la dicta, toda enterita, de pe a pa, el narrador. Yo tan sólo paso a escritura cuanto me va susurrando. Es alucinante; puedo estar tan tranquilo recreándome en un pasaje, y súbitamente llega el sobresalto: el misterioso narrador ni siquiera me había puesto en sobre aviso de la que se avecinaba. Donde hay confianza… También es verdad que, en contadas ocasiones, me he tomado la libertad de dar rienda suelta a mi imaginación muy poco domesticada. Pero en momentos de duermevela, se me ha aparecido, de repente, alguno de esos personajillos, y me ha increpado, todo soliviantado: «¡¿Se puede saber de dónde demonios te has sacado eso, Quino?»… «¡¡Ya lo estás borrando inmediatamente!!»… «¡Y un poco de respeto, por favor!» Creo, sinceramente, que conviene llevarse bien con cada uno de esos personajes. Y ser fiel a cuanto está aconteciendo en ese universo, mágico de veras. Lo dicho. Me conformo suficientemente con seguir siendo un simple amanuense.

Mi último mensaje va dirigido especialmente a aquellas personas que, aún disfrutando con la escritura, del estilo que sea, han encontrado impedimentos para publicar sus creaciones. Y les hablo desde mi sentir, y desde mi humilde experiencia. A lo largo de varios años, son unos cuantos los editores que me han fallado, o me han engañado, o han jugado conmigo, o simplemente han pasado de mí. También instituciones públicas, que en este momento prefiero no mentar. Ha habido personas que, al menos en cuatro ocasiones, han plagiado obras mías, en dos de ellas, obras íntegras, con puntos y comas, y las han publicado con su nombre. No he tenido respaldo editorial para varias obras que duermen felizmente su sueño, entre ellas varios diccionarios del chistabín y diez obras de tradición oral elaboradas a lo largo de 40 años de trabajo de campo. Y también varias novelas. Y una obra de poesía. Y otra de relatos. Y un buen manojo de ensayos. Y, no obstante, he seguido escribiendo. He seguido vendiéndome plácidamente al estado de flujo. Claro que creo en los beneficios de compartir una creación literaria —ese abrazo comprensivo, en palabras de Laín Entralgo—, pero eso siempre me ha sido posible, siempre he tenido la suerte de contar con unas pocas personas escogidas que estaban dispuestas a leer mis novelas, mis poemas, mis relatos, a pesar de no haber sido publicados.

El último gran regalo que me ha brindado la vida ha sido el de poder acompañar a mi padre en el proceso de escritura de su primera gran obra, El Serol de las Piedras. Verá la luz en breve, pues está ya en imprenta. Aunque él siempre había disfrutado escribiendo, ha tenido que acontecer a sus 92 años. Ni antes ni después. En el momento justo.

Dice Paulo Coelho que cuando quieres realmente una cosa, todo el Universo conspira para ayudarte a conseguirla. No sé qué habrá de cierto en ello, pero no hace mucho, y cuando menos lo esperaba, un buen amigo me llevó de la mano hasta un editor con una sensibilidad muy especial. Y es posible que la novela Oasis sin Tiempo vea pronto la luz. Parte de ella transcurre en el Barbastro de 1951. Eso sí, mientras tanto seguiré escribiendo. Mientras tanto, la libertad para crear seguirá siendo mi mayor recompensa.

 

 

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