Retrato de Costa de Fierro en la Biblioteca de Barbastro.

En septiembre ha sido el 175 aniversario del nacimiento en Monzón de Joaquín Costa y en febrero hizo los 110 años que falleció en Graus el gran polígrafo aragonés.

Me he permitido trascribir el artículo que dedica el escritor y periodista Enrique González  Fiòl a Costa, elaborado en marzo de 1911, porque recoge en esencia el carácter humano,  político e intelectual de este. Dejando para otra ocasión  las virtudes  de los importantes hombres de Costa en Barbastro, que junto a él, trabajaron por la regeneración de España, la provincia de Huesca y de Barbastro, entre ellos, el inventor y empresario Mariano Lacambra y Marín, el escritor y notario de la ciudad Pascual Queralt y Formigales, etcétera.  

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Resultado de algunas investigaciones dedicadas a Fiol, también conocido con el seudónimo “El Bachiller Corchuelo” habiendo nacido en Valencia con padre aragonés de Castejón de Sobrarbe. Está considerado un profesional culto e inteligente de exquisita pluma. Su obra transcurre entre  1905 y 1928 en Madrid, y a partir de 1928 en el Diario de Huesca, falleciendo en su casa de Castejón de Sobrarbe en 1947.

Fue redactor de la revista Nuevo Mundo y colaborador de otras de la época, Blanco y Negro. La Época. Hojas Selectas, con grandes méritos  periodísticos.

Entre sus publicaciones destacan, Te diré lo que es amor, Procesión de Soles, Domadores de Éxito y Por Que Eva se tapaba con un pámpano, esta ultima una recopilación de leyendas altoaragonesas.

“EL ASCETA LADRADOR”.  Recuerdos de un viaje a Graus por el Bachiller Corchuelo.

Al oír pronunciar el nombre Ilustre de Joaquín Costa, recuerdo siempre una poesía del vate persa saudí, cuyo asunto es el siguiente:

Al pasar por la cabaña de un piadoso solitario, creyó un hombre oír los ladridos de un perro. Penetró en la paupérrima y santa habitación, decidido a hacer salir al can que osaba profanarla, y solo salió el asceta. Iba a retirarse murmurando unas excusas, cuando el religioso le dijo; ¿Por qué te vas? Quédate. Era yo quien ladraba. Dios no ama el orgullo. Yo he arrojado de mí alma la soberbia y, para no volver a sentirla, ladro como un perro, como un perro que es el más vil de los animales.»

 Para mí, Costa ha sido siempre el asceta solitario, el santo que bajo la célebre peña altoaragonesa, oraba—pues el trabajo equivale a una oración—por el porvenir de España; sus ladridos, que unos creían producto de un carácter atrabiliario, y alardes de soberbia otros, me parecían muestras de austera y dura humildad.

Para mucha gente, incluso la que le llamó el león de Graus -digamos la verdad, puesto que gracias al corazonazo de Miguel Moya ha cambiado de criterio el espíritu nacional — Costa era solamente el ladrador…

 Ha dicho Andrenio en el número anterior a este de NUEVO MUNDO, que Costa se contradijo mucho en la vida pública. Con su pan se coman esta opinión o la rechacen aquellos que se interesen por la política. A mí, me interesan más las contradicciones de los grandes hombres en la Intimidad.

 No para ver cómo ladraba, sino por admiración al gran polígrafo, por destruir las que yo creía leyendas que corrían acerca de su carácter, emprendí el verano pasado un viaje a Graus, con el deseo de pedirle una interviú para la encuesta que bajo el título de Nuestros grandes prestigios. —Confesiones de su vida y de su obra, estoy publicando en Por Esos Mundos.

«En el mismo automóvil que yo, salieron de Barbastro unos cuantos plutarcos que, si tenían la gracia que J. J. Rousseau ensalzó en el creador de los estudios biográficos para pintar a los grandes hombres en las cosas pequeñas, yo no sé la hallé», por parecerse más parciales e irreflexivos que verídicos… Me contaron tales cosas que, si bien por lo enormes me parecían inverosímiles, empezaron a hacerme creer que el rasgo principal del carácter del gran pensador era la soberbia. 

Llegado a Graus, lo primero que me chocó fue la indiferencia que a sus convecinos inspiraba el gran patriota.

A fuerza de fuerzas, logré hacer llegar a manos de D. Joaquín una carta recomendatoria de su fanático v predilecto discípulo Silvio Kossti, el genial humorista de Las Tardes del Sanatorio, carta que incluí en otra mía, humildísima. A pesar de esto, no fui recibido por el grande hombre. Para consolarme, me dijeron que igual suerte habían corrido otros antes que yo. Y era verdad. Hasta el cariñoso y humilde aldabonazo de El Liberal, las puertas de casa del glorioso solitario no se habían abierto para ningún periodista nacional ni extranjero de los muchos que lo habían pretendido.

El amor propio lastimado me inclinó a dar la razón a los plutarcos del automóvil. 

Pero llegué a Huesca. Para disculparlo todo, hay que comprenderlo todo, ha dicho Madame de Stiiel. Silvio Kossti, hablándome de las costumbres del maestro, me contó que cuando salía de paseo en verano, Costa, el soberbio, el desdeñoso, solía detenerse largos ratos con los humildísimos y toscos jornaleros que hallaba a su paso y les daba interesantes conferencias de vulgarización científica y política. Este rasgo me hizo reflexionar. ¿Puede calificarse, en justicia, de soberbio a quien desdeña a los grandes, a los periodistas que dan y sostienen la popularidad, y, en cambio, como un apóstol, habla a los pobres y a los humildes, y les enseña lo que no saben? ¿No podría esto llamarse mejor «muestra de humildad-? Muchas veces, la humildad parece soberbia, por querer ser más humilde, aunque se tome esto por una redundancia paradójica.

Faltábame por desvanecer otra creencia, que tampoco acababa de arraigar en mí, pues los grandes corazones jamás pecaron de dureza ni de inflexibilidad. Había oído yo contar que, una vez, el padre del actual teniente de alcalde zaragozano D. Manuel Marraco, había pretendido regalarle un cesto de riquísimos melocotones, y que D. Joaquín, por no quebrantar su costumbre de no admitir regalos, lo había dado un puntapié al cesto y lo había arrojado al andén, dejando estupefactos a sus obsequiosos  admiradores.

La fortuna vino en mi auxilio, enterándome de otra anécdota costiana, que poquísimos conocen. En uno de los últimos viajes que el gran jurista hizo a esta corte, salieron a saludarle a la Estación sus admiradores de Alcalá de Henares y se empeñaron tercamente en que aceptara unas cajas de las riquísimas almendras que en aquella villa se fabrican.

–Llévenselas ustedes, porque me obligarán a arrojarlas por la ventanilla—les dijo Costa, después de sostener con ellos porfiada lucha. Arrancó el tren, por fin, y Silvio Kosti, que viajaba con el gran sociólogo se percató de que bajo el asiento iban las cajas,.

 —Maestro —dijo temblando—siento decirle a usted que.., nos han dejado las cajas ahí… 

Y después de una azarante pausa, y esperando e! estallido de la indignación del amado viajero, preguntó tímidamente: —¿Qué hacemos?

—Pues… comérnoslas—contestó el maestro. Y sus labios enmudecieron y sus ojos adquirieron súbita ternura y se quedaron mirando vagamente, como si en vez de mirar hacia afuera mirasen hacía su interior, y mirasen con gratitud paternal la imagen de aquellos cariñosos admiradores que habían tenido más terquedad que él, y astucia y delicadeza para hacerle aceptar su humilde ofrenda…

¿Fue, pues,  Costa el carácter que el mismo mostraba en público, o fué, por el contrario, el asceta solitario que ladraba a los grandes y hablaba a los humildes, el hombre que una vez en toda su vida supo hacer aprecio de un regalo? 

Yo lo prefiero así, en plática con un bracero del campo, y comiéndose las almendras de Alcalá. Parece más humano, más bueno.

Por preferirlo así, he escrito estas líneas, para que no solo se admire al grande hombre, sino que se comprenda y se ame a aquel gran niño, cuya muerte lloramos… Porque gran niño fue. ¿Verdad, querido Kossti?…  (Kossti, seudónimo utilizado por Manuel  Bescós).

Fuente: Biblioteca Nacional de España, Nuevo Mundo, año 1911.         

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