Luis Nozaleda y Quimeta Cami en la inauguración de 'Beulas, 100 años', en ENATE
ECOEMBES COMARCA

En este 2021, en el que Josep Beulas Recasens hubiera cumplido 100 años, me gustaría recordarle como ese hombre, oscense de adopción, que supo mostrar mejor que nadie la esencia de una tierra que, generalmente, pasa desapercibida al viajero que transita por ella, sin prestar atención a esa naturaleza quemada de lejanías inabarcables.

No sospechaban los Monegros, allá por los años 20, que esa imagen trágica de desierto silente, campos yermos y polvorientos, iba a ser la esencia de la obra del que por entonces era un chiquillo cuyos ojos descubrían la luz en la exuberante comarca de La Selva, en Gerona.

Aunque el verdadero Beulas, nació los jueves. Los jueves daban clases de dibujo en el colegio, los profesores acompañaban a sus alumnos a dibujar al bosque y él llegaba allí, antes de que abrieran las puertas.

Viéndose obligado a viajar a Huesca, a los 21 años, para cumplir con el servicio militar, su, hasta entonces, estrecha relación con la naturaleza le lleva a salir al campo, a disfrutar de los paisajes de la Hoya, la belleza del Somontano y, sobre todo, el árido paisaje de los Monegros.

Beulas elige paisajes, fragmentos españoles de expresión dramática, más que una selección de lugares, es una selección de intemperies, de aridez descarnada, lugares desnudos, carentes de sombras.

Se convierte en ese Predicador extravagante, en medio del desierto, que cambia la Biblia por los pinceles, buscando una excusa para borrar el desconsuelo de una tierra devastada por el sol. Borrar un silencio impenitente, bajo un cielo que parece asolar cualquier esperanza de vida. Ese Predicador que, sintiendo la tierra, la hace suya convirtiéndola en un hermoso lugar acariciado por los surcos de los arados y una suave melodía de horizonte infinito. Cada lienzo tiene su alma propia.

Un paisaje que intenta captar con mayor simpleza en cada nueva obra que acomete. Pasa horas contemplando los páramos yermos, memorizándolos, destilando su esencia, para plasmar ese recuerdo. Tal y como señaló el poeta José Hierro: el paisaje debe ser vivido tanto como visto. Sentido hasta lo profundo. Recordado, como un sueño, hasta que el artista sienta que en su retina y en su espíritu queda solo lo esencial.

Consigue exactamente la luz y la tierra de cada paisaje a fuerza de deshojar los elementos de cada lugar, de estudiar como el sol desarrolla todos los colores. Esos colores que están agazapados entre los riscos del Mondarruego o entre las viejas casas de Torla, entre las viejas fachadas de Toledo, los brillantes campos gerundenses o entre la inmensidad de la llanura monegrina. Su pintura nos revela el secreto de esa difícil sencillez, inanimada quietud, tiempo infinito, soledad y silencio, un sol abrasador devorador de sombras.

Josep, un hombre tranquilo, de sonrisa amable, ojos pequeños pero llenos de vida que recuerdan a ese Mediterráneo que tanto amó, ojos que supieron ver como nadie las colinas calcinadas, blancas de cal y sol. Manos, que, con gestos rápidos como el cierzo monegrino, empapaban el pincel para luego descargarlo arañando la tela y dejar plasmado el recuerdo de esos paisajes vividos, sentidos, soñados… sus paisajes son suyos y de nadie más.

Josep, hombre generoso, de porte noble, allá donde quiera que estés, seguirás descubriendo, viviendo, sintiendo nuevos horizontes de los que algún día podremos disfrutar.

 

 

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