Barbastro. Foto Gemma Ferrer

El prestigioso periodista navarro Javier García Antón ha hecho la observación de que la condición de barbastrense no se adquiere solo por nacimiento, sino que los hijos de la Muy Noble, Leal e Insigne Ciudad de Barbastro – tienen el derecho de nacer donde se les antoje.

No puedo estar más de acuerdo; ahí está el  caso del prohombre de Isabel II, don Pascual Madoz, quien se dispensó  a sí mismo de nacer en Barbastro, habiéndolo hecho en Pamplona, pudiendo haber  escogido cualquiera de los doce mil pueblos y ciudades que magistralmente describió en 1848 en su  “Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España” .

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También fue hijo adoptivo don Manué, célebre radiofonista de los años 60, nacido  en Granada y creador del celebérrimo concurso  Operación Pañuelo de imborrable recuerdo y creador de nostalgias navideñas.

No es menos importante el caso de la monja Santa Teresa de Jesús Jornet (1843-1897) quien siendo leridana de Aitona fundó en Barbastro la primera de su centenar largo de   casas de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Siendo muy consciente de lo que se le venía encima y conociendo al personal, dejó por escrito que en su orden no quería santos y menos “santas”. Pero le salieron rana  y a pesar de ella misma, hoy es santa .

O el socio de esta misma  Santa Teresa, co-fundador de su orden, don Saturnino López Novoa (1830-1905) hombre santo asimismo quién aun habiendo nacido en Sigüenza, ciudad de Guadalajara, ello no le impidió convertirse en barbastrense. Investigador riguroso, le debemos los dos tomos de la “Historia de Barbastro”. Los escribió a la luz de las velas, comenzando por el romano que la refundó, Decio Bruto y también explicando la vida milagrosa del obispo patrón San Ramón. Ambos  son temas necesarios de conocer que  narraremos en otra crónica de este mismo libro y que el lector tiene  ahora en sus manos.

Y para finalizar este elenco, el mismísimo Conde Armengol III ( m. 1065) al que el rey D. Sancho Ramírez hizo llamar Armengol de Barbastro” en razón de sus méritos militares  y su heroica muerte defendiendo la ciudad de la que recibiría después  el sobrenombre. Era un conde importante de Urgel, territorio catalán, y Señor de la ciudad de Barbastro, la  que había ayudado a recuperar para el rey. Pero el título de Armengol de Barbastro hubo que añadírselo para que  en los libros de Historia se le distinguiera de otros muchos condes con este nombre.  Fue la suya una pérdida muy sentida en Aragón, que sucedió en una incursión rutinaria  contra los sarracenos,  una flecha   perdida  acabó con su vida. Tenía la edad perfecta para la muerte de los héroes que lo hacen a caballo,  treinta y tres años.

Hubo muchas otros personajes, quizás  menos conocidos,  que adoptaron la identidad barbastrense y aún más que eso, que se convertirían en paradigma, la quintaesencia del Vero, considerados como naturales de allí, con pleno derecho.

En el mestizaje de personas nacidas aquí, en la vega del Vero, y los visitantes que por enamoramiento  se quedaron  en ella, está el secreto de esta manera  de ser, un carácter singular, una aleación humana que define y explica algunas  cosas.

Este sentimiento no es reciente;  al contrario, a poco que se estudie la Historia de la pequeña ciudad, enseguida vemos que esta  mezcolanza  hunde sus raíces en los siglos y se repite a través de ellos con ejemplos  como las ya citados, pero alcanza su más alto grado de representación en la figura de su santo patrón, Raymon, al que casi todo el mundo da hoy por sentado que era aragonés por haber sido el mas famoso  obispo de la Ribagorza, cuando era de origen francés, nacido en Durban –Ariege- descendiente de los reyes de Toulouse.

Era Raymond un joven que cambió sus  brillantes  estudios científicos  por la carrera  militar,  y dejando  esta   aparcada, volvió a los  estudios. Y luego, al fin, se decidió por la práctica religiosa. Era ya popular en Francia como párroco cuando su fama llegó a oídos del rey de Aragón. A petición del pueblo y el propio clero del Somontano,  a sus  cuarenta años  el rey  Alfonso I le nombra obispo de Barbastro y Roda. Al principio -humilde hasta la médula- se negó. Consideraba que no era merecedor del cargo pero al final no le quedó otro remedio  que aceptar. El que después sería San Ramón era una persona muy inteligente y por ello tal vez justo y misericordioso; se negó a unirse a otros obispos  que habían acudido al asedio  de la ciudad de Zaragoza por orden del rey Alfonso. Era una cosa corriente en aquella época que los obispos persiguieran a los sarracenos -eran generales con ejército propio y espadón en lugar de mitra- pero Ramón sabía que aquello se convertiría una masacre.  La muerte de cientos de mujeres y niños era segura, como había sucedido unos años antes en el asedio contra los musulmanes de Barbastro donde perecieron a miles de ellos (1065).

El rey Alfonso I no le perdonó aquel desplante al quisquilloso y este tendría que soportar su malquerencia y además la de sus ambiciosos colegas obispos, el de Urgell y en particular del de Huesca.  Estos bravos señores apetecían su territorio, sus prebendas y sobre todo su silla de obispo; se aprovecharon descaradamente del pobre Ramón.  El prelado de Huesca, Esteban, con el auxilio activo del monarca y gente armada -algunos dicen que había comprado a traidores de la ciudad- logró echarle de Barbastro con muy malas maneras. El desolado obispo lloró desde una colina en las afueras que hoy ocupa su ermita y dos días después se refugió en su otra sede de la que era titular, ubicada en la pequeña ciudad de Roda, donde existía una recoleta catedral románica. Ramón, que ya había dado pruebas de su carácter, bondadoso y honesto, fue recibido por los vecinos con gran entusiasmo.

Pasaron los años y después de muchas vicisitudes, por alguna razón Ramón  cambió de criterio y combatió con bravura junto al rey en las luchas moras de Andalucía.  Y cuando ya muy cansado regresaba a su diócesis desde Málaga empeoró su salud a su paso por la ciudad de Huesca. Ya era mala suerte, morir en la plaza de su mayor enemigo. Parece que sus hombres le sugirieron que tomara la extrema unción “Por favor, no avisen a Esteban, suplicó”. A mi personalmente esta casualidad siempre me ha dado que pensar, pero ahí lo dejo.

La noticia de su muerte corrió como un relámpago y llegó a los habitantes de Barbastro, que le recordaban como su verdadero obispo y gran valedor de los pobres. Entonces se supo que el gran rey Alfonso -que tanto le había negado- se entristeció como el que más, sabiendo de su valor y fidelidad. Había sido su mejor consejero en la campaña y había comprendido muy tarde su error.

Fueron muchos los hombres de todo el territorio que viajaron a Huesca a recoger su cadáver para trasladarlo caminando día y noche camino arriba a su pequeña catedral pirenaica de Roda, pasando por Barbastro.  Los cientos de antorchas iluminaban los barrancos, las llanuras y las colinas y las multitudes salían al encuentro de la comitiva.  Su leyenda de gran hombre no dejó de crecer desde entonces hasta el punto que fue invocado en Aragón como santo muchos años antes de que el Papa lo hiciera oficial. Cuando años más tarde los conciudadanos del Vero consiguieron que el pontífice y el rey autorizaran el traslado a su catedral de Barbastro de  algunas de sus reliquias,   fueron cientos  los de la capital del Somontano que  en amplia comitiva fueron hasta  Roda para recogerlas y hacer el viaje de vuelta. Al llegar a la pequeña ciudad montañesa -situada en un altozano- les salieron al paso muchos de sus naturales, quienes se enfrentaron a los bien intencionados barbastrenses con palos, hoces y guadañas, con la idea de impedirlo. Luego, ya más calmados, reconocieron que Ramón había sido también obispo en Barbastro y depusieron su actitud. Fue el deseo general  que se  tuviera la fiesta en paz y así pasó.

En tal ambiente se decidió que la mayor parte de los restos quedara en Roda, lugar donde había sido acogido cuando le fueron tan mal dadas por la bellaquería del obispo de Huesca.  Se leyeron los edictos del papa y del rey  en la plaza y  a continuación extrajeron  un trozo  de hueso del cráneo y otro de una clavícula, siendo este gesto de mesura y prudencia muy apreciado por los de Roda.

El acompañamiento de vuelta de las reliquias del santo nacido en Francia duraría tres días. Y luego el recibimiento que tuvo lugar en Barbastro fue la fiesta más solemne   que recuerdan los siglos, con ceremonias y actos populares. Eso fue en el año del Señor de 1595 y desde entonces las reliquias del santo reposan bajo el altar de la catedral. El francés Raymon fue nombrado santo Patrón de Barbastro en 1842, y en su honor  se encienden hogueras en el día de su fiesta por toda la ciudad. Un sin fin de lugares privados y públicos llevan su nombre: San Ramón.   

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Esteban, el prelado oscense que había usurpado su silla a la fuerza, había muerto rico, pero sin pena ni gloria en el año 1130, cuatro años más tarde que San Ramón.  Además de obispo de Huesca, fue enterrado como obispo electo de Barbastro y Roda de Isábena. Después,  en 1917,  el historiador Ubieto, desveló que también había conseguido acumular otros obispados, como los de Jaca y Zaragoza.  Nadie sabe bien todavía hoy como lo hizo, pero el obstinado acaparador de mitras, algún talento tendría para la política y la guerra.  Sin embargo, no valía para santo y es un hecho   que en la lista de obispos de la diócesis de Barbastro -depositada en el Archivo de la Catedral- su nombre como no ha figurado nunca.

Es como si no hubiera existido. Que nadie piense que es venganza.

A Ángel Huguet. El Mayor Cronista de la noble Barbastro-   por exclusivos méritos acreditados durante más de medio siglo en el Cruzado Aragonés , El Diario del Alto Aragón y Ronda Somontano.

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