Como padres damos a nuestros hijos todo lo que creemos que es mejor; pero entregar todo lo mejor no siempre es dar lo que realmente necesita el niño. Lo que los niños necesitan es presencia, mirada, atención, en definitiva amor. Sentirse amados por lo que son, al margen de lo que hacen, es una necesidad vital y esto a los padres nos resulta tan difícil…

Cuando les damos lo que creemos que necesitan, amamos con la cabeza. Actuamos bajo el peso de nuestras creencias y proyecciones, dando desde lo que a nosotros nos hubiera gustado recibir. Decepcionándonos cuando nuestros hijos no son capaces de valorar nuestro esfuerzo o cuando la conducta de éstos no responde a las expectativas depositadas.

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Amar con el corazón es amar lo que es, aceptar a nuestros hijos y mirarlos desde su plenitud, desde el ser maravilloso que habita en su interior. Si sabemos qué es lo que necesitan los niños ¿por qué nos resulta tan difícil amarlos incondicionalmente? Sencillamente porque nadie puede dar lo que no que no tuvo y dar amor incondicional  cuando uno no lo recibió de niño, resulta complicado. Antes de ser padres, tendríamos que haber aprendido a cuidar al niño más importante de nuestra vida que no es otro que nuestro niño interior. Éste representa las emociones que quedaron atrapadas en nuestra infancia y de vez en cuando, para hacerse notar, grita y patalea a través de nuestras reacciones emocionales.

Hemos de perder el miedo a sentir puesto que el dolor es el sentimiento que cura. Cuando comenzamos el viaje hacia el interior y nos permitimos sentir, vamos descubriendo nuestros rotos y descosidos. Si nos atrevemos a entrar en ellos, nos sumergen en otro tiempo: nuestra niñez.  Es así como vamos abriendo puertas que antes permanecían cerradas, liberando recuerdos y emociones reprimidas. De este modo volvemos a  tejer el tapiz de nuestra vida, pero esta vez con colores más bonitos.

Sanar es uno de los mayores actos de amor que  podemos hacer por nuestra descendencia.

Cuando salimos de nuestra jaula emocional y nos ocupamos de sanar las heridas de nuestra infancia, dejamos de perpetuar el dolor  liberando a nuestros hijos del peso de cargar con nuestras heridas y de tener que mostrárnoslas. Amenudo los niños hacen de altavoz puesto que están muy conectados a nuestro campo emocional. Si estamos bien y nuestras reservas de amor están llenas podemos darles lo mejor de nosotros de forma natural y sin esfuerzo.

La vida se vive hacia delante pero para comprenderla es preciso mirar hacia atrás.

 

DPH

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