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Hablarle a la juventud de principios del siglo XXI de hechos que fueron determinantes en su vida de hoy desde la revolución del 68 (la única que se hizo, hicimos, no para aplastar al adversario y sentarnos en el machito, sino para mejorar la vida de todos y que llevó a España, a finales del siglo XX, al mejor momento de su historia), tales como la crisis del petróleo, el real compromiso de garantizar a todos la libertad y el derecho (que desembocó en la Constitución de 1978), parar la tejerada,  el ingreso en la Unión Europea, poner de relieve a Barcelona en el Mapamundi (hasta 1992 sólo era una ciudad de discreto tamaño y relativa importancia), el lanzamiento y reconocimiento mundial de la alta velocidad ferroviaria española, y tantos otros que aquí no tienen cabida. Hablarles de eso sería, para muchos, lo mismo que hablarles en chino.

Así se aprovechan algunos ignorantes espabilados, que no conocen la historia pero la inventan y le ponen la etiqueta de una memoria que no tienen. Luego se mete en la coctelera de la fábrica de clónicos que ellos llaman educación, y ya tenemos al pueblo llano listo para creer en su nueva trinidad santa: dinero, ocio y Santo Google.

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Ciertamente que esto supone hoy una gran economía de medios mentales. No hay que escuchar a otros, no hay que creer en otros, no hay que comparar con otros ni hay que pensar ni decidir por uno mismo.

Preguntarse por qué en esos planes de educación se las apañaron los espabilados solos y no intervinieron profesores o pedagogos con años de experiencia, estudios y trabajo a sus espaldas, es tan ocioso como preguntarse por qué el covid se lo cocieron también ellos sin dejar espacio a los profesionales que estudiaban la nueva patología, desconocida para casi todos pero jugosa desde el punto de vista de la rentabilidad política.

Que jugar bazas políticas con el covid haya costado cien mil muertos se olvidará pronto (si no se olvidado ya) y que los planes de enseñanza asfixien el futuro de generaciones enteras ni se sabrá, y si se sabe se explicará como cuestión de principios, inevitable porque los principios no se discuten. El pueblo llano hace encajes de bolillos para poder pagar la factura de la luz, pero ¿ha oído alguien algún debate sobre nuestro modelo energético? ¿Me pueden decir qué comisiones de ingenieros especializados y expertos (juro que los hay, porque los conozco) intervinieron en el desarrollo de ese modelo por encima de los políticos? Escuché, en Copenhague, a un turista español que miraba los grandes generadores eólicos:

  • ¿Ves un país civilizado? Todo limpio. La luz se saca por medios renovables.

El oyente era su hijo, un niño de corta edad al que estaba educando. Eso era doctrina, y ante la doctrina no hay nada que añadir. Entonces aun se decía renovable. Por supuesto, no podía decir a su hijo lo que seguramente él mismo ignoraba: que Kattegat tiene medias de vientos de 25 Km/h que generan el 33% de la energía correspondiente a la potencia teórica máxima instalada, cuando en España andamos por el 20% y con vientos medios de unos 10 km/h, aprovechando hasta el último watio que se pueda, ya que es la prioridad de nuestras prioridades.

Esto no sucede en Dinamarca, por muchos turistas que se queden admirados, donde la prioridad energética son las turbinas marinas, pues aunque sus aires tengan muchas corrientes, sus aguas tienen más aún. Llamar aquí renovables o sostenibles a ciertas formas de producción, en un país pobre en viento y agua, suena algo irónico. Y con desiguales repartos que nadie quiere corregir.

Aquel pensador aragonés, Joaquín Costa, quien vaticinó que España despegaría cuando hubiera escuelas para que sus cerebros no se perdieran en la ignorancia y obras hidráulicas para que sus aguas no se perdieran en el mar, debe estar removiéndose en su tumba oyendo a tanto paleto ilustrado diciendo que el entorno natural no hay que tocarlo. Pero aquello es ciencia, que siempre ha tenido dificultades para entenderse con la doctrina. Así que, a seguir pagando la factura. Y, si no, a alumbrarse con velas y a calentarse con mantas.

En 2018 Monsieur Macron prometió reducir su amplio parque nuclear (más del 70% de la producción eléctrica de Francia), con el que amortigua los vaivenes del mercado de combustibles fósiles y saca buenos dineros por la venta de kw-h (entre otros a España), para dejarlo por debajo del 50%. Significaba, contundentemente, suprimir 15 reactores. Y también seguir estudiando otras opciones de futuro, que el buen entendedor suponía renovables, aunque un rinconcito menos contundente siempre quedaba para seguir los pasos de la nuclear. Parece ser que no le entendieron bien, que no quiso decir reducir sino renovar. Francia (y Alemania y otros) miran hacia el creciente parque de generadores nucleares de agua presurizada, originario de los submarinos y de cuya versión industrial ya existen unidades funcionando, que mejora la seguridad impidiendo la vaporización del agua.

Pero en España se aprovechó la rentabilísima política del miedo para crear doctrina: la impagable moratoria nuclear de 1984 (la factura de la luz no ha dejado de pagarla), doctrina que dos años más tarde el accidente de Chernobyl (causado por una sobredemanda irresponsable de electricidad cuando el reactor llevaba cuatro años reclamando una parada) convirtió en sacrosanta. ¿Han oído algún mensaje político consistente que intentara explicar al pueblo llano lo que realmente sucedió en Chernobyl?

El miedo es mucho más rentable, aunque abra camino a la mediocridad hacia el poder. Crea esclavos. Aquél que padece miedo nunca será realmente libre.

Ante este sombrío panorama, lo mejor que nos queda es confiar en la juventud. En una juventud rebelde que no se someta a la nueva fórmula ni a los nuevos dioses ni a sus nuevos apóstoles, sino que se empeñe en el talento, en el trabajo, en el esfuerzo y en la recuperación de esos valores, cuyos valedores van menguando a fuerza de hacerse viejecitos. Cierto que el mundo político no pide ya grandes lumbreras y eso lo sabemos todos, hasta el papado. El propio Papa actual, que parece mirar a los medios más que a la misión, se adapta bien a los tiempos, algo sandunguero, y a veces se nos ha salido por peteneras. Pero el pecado de Su Santidad (si pudieran pecar los santos) no está en sus complacientes veleidades folclóricas, acaso orientadas a maquillar la edad, sino en haberse ajustado tanto a la moda actual que ha hablado desde la ignorancia de la historia, desde una memoria que no existe. La dimisión de Ratzinger por incapacidad para su cargo dejó bien claro que el Papa no necesita hoy una especial estatura intelectual, aunque saber algo de lo que se habla tampoco ocupa mucho espacio. Cierto que existe otra Iglesia, la de Antonio de Montesinos, Bartolomé de las Casas, Oscar Romero, Vicente Ferrer, Teresa de Calcuta, Pilar Gullón, José María Gran, Nieves Sancho… y miles y miles más, que nunca estarán en primeras páginas. En cambio, si Bergoglio se nos vuelve a arrancar por rancheras, ocupará, seguro, algunas.

Nadie que quiera primeras páginas puede permitirse el lujo de un descanso, porque la actualidad es voraz y rabiosa. Un volcán lleva tiempo destruyendo una isla. Tanto que está dejando de ser noticia. No hace mucho ardían los montes de Ávila y sus cenizas podían alfombrar suelos a veinticinco kilómetros de Madrid. No sé qué hicieron los bomberos pero difícil lo tienen cuando los caminos de acceso están salvajes y sin desbrozar por disposiciones que no permiten tocar la naturaleza, emitidas, por supuesto, desde sillones progres, urbanos y confortables, y no de agricultores, cazadores, ganaderos… En fin, de gente que entienda de los campos y los montes. En cualquier caso, para el pueblo desmemoriado dejó pronto de ser noticia. Puede que el volcán sea una venganza de la naturaleza, lanzando una fuerza terrible de la que no cabe culpar a nadie porque sólo Dios podría pararla. Quizá sea un aviso para despertar a una sociedad sometida y adocenada, en la que cualquiera que se enfrente a sus modas y a sus miedos pasa de inmediato a engrosar la nómina de los viejecitos caducados. Pero si la naturaleza quiere ser respetada no debería ensañarse con gente inocente, como está haciendo, sino con los de los sillones confortables.

Dicen crónicas (no sé si ciertas) que Miguel de Unamuno murió de un súbito infarto cuando, en aquel invierno infausto de mil novecientos treinta y seis, Bartolomé Aragón Gómez le dijo: “Dios le ha vuelto la espalda a España”. A veces dudo si no será que Dios también se está volviendo viejecito.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NAVIDAD GOB ARAGON mitad

2 Comentarios

  1. Buenos días José Luis, siempre leo con atención tus narraciones y comentarios, porque te considero un espíritu inquieto. Con razón, a veces y otras sin razón, ya que no somos teules o dioses, solo desearte, una cosa, sigue con ese espíritu inquieto. Significa mucho, para uno,

  2. Hola Jose Luis,llevas toda la razon en lo q nos cuentas en tus articulos,ya sabes q soy una seguidora tuya en todo lo q escribas,gracias.Un abrazote.

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